¿Sufres el síndrome de la impostora?

Lola Fernández
¿Sufres síndrome de la impostora?

Nuestra cerebrito particular, una extraordinaria mujer, brillante investigadora en el campo de la biología, le ofrecen postularse a un importante puesto en un proyecto europeo. ¡Que se nos va a París! ¡Terremoto en el grupo de WhatsApp! Ni por un momento se nos pasó por la cabeza que no fuera a conseguir tal reto. Por eso, el cubo de agua se sintió doblemente frío sobre nuestras cabezas cuando nos confesó que no pensaba participar en la carrera. A través del móvil, trató de convencerse y de convencernos con una maraña de razones: “No tengo tiempo para prepararme”, “seguramente está dado”, “me han llamado por la cuota femenina”, “soy muy mayor para trabajar las horas que requiere el cargo”... Sus amigas y fans no dábamos crédito: ¿de verdad iba a rechazar la oportunidad profesional de su vida? Ante un café, mirándonos por fin a los ojos, hablamos entre todas de esta cuestión y de retos similares que tuvimos que manejar en los últimos años. Sorprendentemente, nuestra actitud no había sido precisamente 'torera'. Los relatos de inseguridad, prevención y, a veces, miedo eran tan calcados los unos a los otros que no podían resultar de una casualidad. ¿Qué nos pasa a las mujeres cuando nuestra carrera quiere despegar? ¿Por qué nos arrugamos ante los desafíos?

Síndrome no médico
La respuesta de San Google ante esta cuestión fue inmediata: nos puede el llamado síndrome de la impostora. Cuidado: no se trata de una enfermedad a pesar de utilizar un término médico, sino de un conjunto de síntomas o circunstancias que explican que tengamos un determinado comportamiento o forma de ver las cosas.

Se describe en la literatura científica a partir de los años 70, aunque lo conocemos como tal desde 1978, cuando las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne A. Imes descubrieron que mujeres de éxito no eran capaces de reconocer internamente su triunfo. “A pesar de contar con logros académicos y profesionales extraordinarios, están convencidas de que en realidad no son inteligentes y de que han engañado a quienes creen que sí lo son. Creen que su éxito ha sido cuestión de suerte y que, salvo que realicen un trabajo hercúleo, no podrán mantener el engaño”.

Aida Baida Gil, coach de mujeres profesionales y emprendedoras y autora del libro Cómo superar el síndrome del impostor, enumera los siguientes síntomas: “Trabajar más de la cuenta por temor a no estar a la altura. Desaprovechar oportunidades por el miedo a no lograrlas. Rechazar responsabilidades o nuevas tareas. No pedir aumentos de sueldo o no con la seguridad esperada. No ser capaz de aceptar cumplidos o minimizarlos con un 'Lo podría haber hecho mejor' o 'Lo puede hacer cualquiera'. Quitarse méritos. No expresar las propias opiniones por miedo a parecer poco inteligente. Tratar de buscar la aprobación de los demás y de impresionar para que otros confirmen lo que tú misma no te crees: que eres buena profesional. Dejar las tareas para el último momento o posponerlas como excusa para protegerte de las críticas: si no las terminas o las haces a toda prisa, no podrá demostrarse fehacientemente que no sabes llevarlas bien a cabo”.

¿Sufres síndrome de la impostora?

Sin género
Baida Gil reconoce que la cuestión “no está en la cultura ejecutiva” y que las mujeres desconocen que lo que les ocurre tiene un nombre y una solución. Sin embargo, no puede explicar exactamente por qué tanto su libro como la literatura reciente hablan de síndrome del impostor en vez del de la impostora, borrando la distinción de género que se marcó en los años 70. “En principio se pensaba que afectaba más a mujeres y ahora se ha visto que no, creo... No sé por qué se ha borrado la distinción de género. Mi impresión es que es más frecuente en mujeres porque, por nuestro carácter, somos más inseguras que la mayoría de los hombres”. ¿Más inseguras por nuestro carácter?

Resulta sospechoso que un problema cuya prevalencia en mujeres se afirmó hace tanto tiempo no se considere ya una cuestión femenina. Sobre todo en un momento en el que el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad se ha convertido, no ya en una exigencia política, sino en una condición de posibilidad para las mismas empresas, terriblemente urgidas por la necesidad del talento que conlleva la diversidad.

Encarna Maroño, experta reclutadora de personal y directora de Recursos Humanos de Adecco, no respalda mi sospecha. “No hay diferencia entre hombre y mujer: su actitud es la misma desde el momento en que piensan que esa posición la pueden defender perfectamente y están preparados. La inseguridad puede afectar por igual a ellos y a ellas, aunque al tener más mujeres que hombres buscando empleo, la frecuencia femenina sea mayor”. ¡Qué lío! ¿Somos iguales o somos diferentes? ¿Nos sentimos inseguras por nuestro carácter o se nos escapan más razones?

En Hays, empresa de reclutamiento especializado, Noelia de Lucas, directora comercial fuertemente comprometida en la lucha contra la brecha salarial, aporta más matices. “Desgraciadamente, muchas mujeres profesionales nos vemos reflejadas en ese síndrome. Mantener una posición de responsabilidad y, a la vez, ocuparnos del cúmulo de tareas que conlleva una casa, ser madre y atender a nuestros mayores, te lleva a tener una sensación de estar en todo y en nada y eso crea cierta inseguridad. A veces hasta crees que no te mereces el cargo, que estás puesta por el ayuntamiento, por casualidad, más que por haber luchado”.

¿Sufres síndrome de la impostora?

Nombre con trampa
Acudo a María Dolores Rubio Prats, psicóloga y presidenta de la Asociación de Psicología Feminista, para que me aclare definitivamente la cuestión. Si, como dice Noelia de Lucas, tal síndrome tiene que ver con la multiplicidad de tareas que recaen específicamente en las mujeres, ¿por qué se atribuye ahora a los hombres? Como sospechaba, la cuestión del nombre tiene trampa. “Cuando se masculiniza una cuestión que, necesariamente, ha de explicarse teniendo en cuenta la distinción entre los roles que se asignan a mujeres y hombres, lo que se pretende es invisibilizarla. Ya no estaríamos hablando de una circunstancia que afecta a las mujeres por su particular posición en el mundo laboral, sino de una situación emocional que le puede sobrevenir a cualquier persona. ¿Qué sucede? Que así descargamos a la sociedad y a las empresas de responsabilidad. No podríamos hablar de injusticia para con las mujeres en un mundo de hombres, sino simplemente de una situación de inseguridad. Al borrar que es un síndrome que se da con mucha más frecuencia e intensidad en mujeres, dejamos de preguntarnos el porqué y de exigir soluciones”.

Rubio Prats explica cómo esta inseguridad y miedo a no cumplir las expectativas, a dudar de una, nos atenaza sobre todo cuando ejercemos tareas que tradicionalmente se consideran masculinas: cuando entramos en territorio simbólicamente vedado. “No somos conscientes de la cantidad de esfuerzo que nos costó que las mujeres entraran en las universidades. ¡Y eso fue antes de ayer! El siguiente paso, afianzarse en el mundo profesional, está por hacer. Somos las últimas en llegar al espacio público y laboral y nos encontramos, como los niños que se incorporan más tarde a la clase, que los grupos ya están hechos. Nos sentimos aisladas, inseguras. El espacio no está configurado para nosotras, sino que nos resulta inhóspito. Por eso este síndrome no suele darse en mujeres que se desenvuelven en profesiones o tareas que tienen que ver con la vida doméstica o el cuidado: porque ese es el espacio que tradicionalmente nos otorgó la cultura”.

Situaciones diferentes
En las oficinas y despachos, las mujeres nos enfrentamos a situaciones terriblemente paradójicas que ponen de manifiesto el gap que existe entre el rol profesional que hemos de desempeñar y lo que, por nuestro rol de género, se espera de nosotras. “Se nos pide más agresividad para negociar un salario igualitario y, a la vez, se nos penaliza esa actitud por poco 'femenina'. Si somos líderes, se nos tacha de 'mandonas'. En general, se supone de las mujeres que atendamos al bien del grupo y no a la propia conveniencia. Se nos ha inculcado tanto la misión de agradar, de crear buen ambiente, de no herir, que preferimos un segundo plano a provocar un disenso o crear en el otro la sensación de amenaza”.

Imposible no reaccionar con inseguridad, retraimiento o indecisión ante tanta ambivalencia de expectativas. Al terminar la iluminadora conversación con María Dolores Rubio, me dice: “De todos modos, por email te puedo enviar documentos y estudios que aclaran más cosas, porque así por teléfono, a bote pronto, no acierto a explicar totalmente...”. La psicóloga no termina la frase. Se queda un momento pensativa y concluye: “¿Ves? Esto es el síndrome de la impostora”.

Impostoras famosas

Descubrimos 6 celebrities que han afirmado haber sufrido o sufrir los síntomas del síndrome de la impostora:

Renée Zellweger

“Tras Bridget Jones me veía incapaz de aceptar que yo tenía algo que ver con las cosas buenas que me estaban ocurriendo”.

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