Siri Hustvedt: "El feminismo es abrir la puerta a la libertad humana"

Tiene las respuestas porque no deja de hacerse preguntas. Sobre cualquier tema. En su último libro, Siri Hustvedt analiza a la mujer en el arte y estudia los entresijos de la mente. Esta es su posdata.

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Siri escucha. Ríe antes de que la traductora haya terminado de procesar la frase. Tiene la risa cálida y la altura nórdica. Sus padres son noruegos, pero ella nació en Minnesota hace 62 años. Engancha el codo en el reposacabezas del sillón y mueve las manos como si intentara encapsular el aire.

Cose las ideas con ligereza e hilvana las palabras con aplomo, como los mejores profesores de universidad. Ella a veces también lo hace. Da clases. En enero participó en unas conferencias del Hospital General de Harvard y es habitual de la Facultad de Medicina Weill Cornell de Nueva York. Allí acude con frecuencia para impartir charlas de neurología y psiquiatría. No importa que no cuente con los títulos universitarios: lleva más de 20 años leyendo sobre el tema. Tampoco el prisma desde el que lo trata es el común. Hustvedt se aproxima a la neurología desde las humanidades.

Es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Columbia y doctora honoris causa por la Universidad de Oslo. En 2012 le concedieron el Gabarron International Award de Pensamiento y Humanidades.

Sus ideas se almacenan en novelas y ensayos. De las primeras ya van más de doce, y con los segundos ha compuesto su último libro, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, un compendio de conferencias transcritas entre 2011 y 2015. Las ha agrupado en dos. La primera parte aborda el papel de la mujer en las humanidades. La estudia como el objeto en el que la convierten los artistas. De Picasso dice que era un sádico. Cortaba a sus protagonistas, disfrutaba al verles llorar. Si tiene que elegir retratistas femeninos, se queda con Goya y Vermeer.

En la segunda mitad del libro, se sumerge en las ciencias. La interdisciplinariedad es la que le permite "ver lo que los expertos a menudo no cuestionan".

Hustvedt tiene una misión: quiere construir un puente entre las dos ramas principales del conocimiento. "Es importante que se entienda que esta información es accesible, pero exige un poco de esfuerzo por nuestra parte". Pretende acercar y preguntar.

Busca demostrar a los lectores que "una parte considerable de lo que les llega a través de libros y medios como verdades categóricas es, en realidad, cuestionable".

Dice que la divulgación de los periódicos es "bastante mala". A la literatura, en cambio, no le cuelga epítetos. Que los libros más vendidos los firmen youtubers y tuiteros no le parece una hecatombe cultural. Recuerda que existen diferentes tipos de literatura y que el éxito es síntoma de que están floreciendo distintas comunidades de lectores.

"El fenómeno de un best-seller", razona, "tiene que ver con algo más allá del contenido del texto. Es el deseo de moldearnos en una experiencia colectiva que sobrepasa la intimidad entre libro y lector. Harry Potter es un buen ejemplo. Parte de su encanto es que mucha gente lo lee. Ver un blockbuster no es solo ver una película, sino la experiencia de verla sabiendo que el resto también lo está haciendo y que cuando vayas a cenar, tú y tus amigos podréis hablar de ella".

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Pero tampoco, reconoce, sabe demasiado acerca de la cultura pop. Apenas usa internet y cuando lo hace es para investigar. Tiende a evitar lo mainstream. Si eso fuera todo lo que consume, no sería capaz de apreciar "la sensibilidad de Emily Dickinson o Cervantes. Si no cuentas con un filtro mental bien equipado, te pierdes muchas cosas". Eso explica su gusto por el cine de los años 30. Entonces, defiende, se hacían películas con mujeres "complejas, vulnerables, poderosas e interesantes. Hoy el cine es para quinceañeros.

"Las mejores representaciones de mujeres ahora mismo están en la televisión, que es para adultos". Rescata a las chicas Almodóvar. Ellas se salvan del prejuicio más incrustado en nuestro ADN cultural: que el cuerpo es una cuestión femenina y la intelectualidad, masculina.

Hustvedt construye su discurso con frases de cemento. Una de ellas la repite desde hace meses: la misoginia ha encumbrado a Trump. "Los hombres blancos creían que todo les pertenecía, pero las mujeres y los inmigrantes han erosionado ese estatus. Eso ha creado ira y vergüenza. Para ellos, Trump ha sido su ruta de vuelta al orgullo". Lo enlaza con el ascenso de los populismos en Europa y el feminismo. Si la feminidad se entiende "como un estado –te puedes quedar embarazada–, la masculinidad tiene que ser constantemente demostrada. Para un hombre, reconocer la autoridad femenina supone destruir su masculinidad. Hace unos días una chica en Barcelona me dijo que había leído un artículo sobre mí. Me contó que solo hablaban de mi marido (el novelista Paul Auster). Mis doctorados no se mencionaban. La gente no es consciente de que hace eso, pero pasa a menudo. Para los hombres, reconocer la autoridad de una mujer supone una supresión de su masculinidad. Hasta que no lo superemos no vamos a progresar".

También habrá que esperar a que las mujeres dejen de relacionar el feminismo con una pérdida de feminidad. Es, intuye, lo que provoca que algunas lo rechacen. "El feminismo no es una historia de progreso incremental. Es un error asumir que las mujeres no tienen prejuicios con respecto a las mujeres. Trump existe, pero el miedo al cambio cultural causa retrocesos. El feminismo es abrir la puerta a la libertad humana".

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