Cámbiame la vida: una semana de caminatas, terapia salvaje y comida sana

En las montañas de Grecia para encontrarse a una misma. Esto es lo que hizo una de nuestras redactoras a las órdenes de una 'coach' con un método un tanto especial. Te lo cuenta en primera persona.

Cámbiame la vida: una semana de caminatas, terapia salvaje y comida sana

Esta que les voy a contar es una historia real. Empieza cuando Alex Panayotou, ex ultra maratoniana y coach nos concede una entrevista. Ella se dedica a hacer charlas motivacionales para empresas, campamentos de running y retiros de diferente duración e intensidad para ayudar a personas que se encuentran en una encrucijada vital o profesional a encontrar el camino. Su Retiro de Transformación Esencial de una semana de duración en entornos naturales de Grecia o Cataluña es el más intenso de todos. Implica actividad física, terapia y una dieta sana y energética. Es una manera de hacer una pausa e interrumpir la rutina que a veces nos arrastra a resolver lo urgente en lugar de lo importante. "Así que haces campamentos de caminar, comer brócoli, llevar ropa deportiva horrible y hablar de sentimientos", le dije a Alex después de nuestro primer contacto. Afortunadamente esta coach irlandesa de origen griego tiene un excelente sentido del humor. Otra persona que también lo tiene es mi directora, ya que fue a ella a quien se le ocurrió que sería interesantísimo enviar a su redactora treintañera sin hijos, cínica (esto lo digo yo) y sin rumbo vital aparente, a un retiro de una semana de buena alimentación, actividad física al aire libre, coaching y abstinencia de cócteles, eventos sociales o cualquier actividad urbana. 

Día uno

Son las seis de la mañana y ya estamos delante de un desayuno que incluye un bizcocho casero de avena, plátano y nueces, las actividades del día justifican la bomba de calorías. A partir de este momento, nuestros menús estarán adaptados al ejercicio físico que hagamos. Nos espera una caminata de unos 20 kilómetros por el cañón de Vikos. Antes de emprenderla, Alex nos hace parar, en el pequeño anfiteatro de una aldea, a las dos mujeres, ambas norte europeas, que me acompañan en este retiro. Tenemos que salir a escena y decir en voz alta lo que nos comprometemos durante esta experiencia. Llevo alrededor de un mes hablando con Alex por Skype un par de veces por semana. Le he planteado mis problemas reales: una crisis sentimental bastante barroca con mudanza incluida y, sobre todo, una falta total de autodisciplina y compromiso con mis propios proyectos creativos. Decidimos centrarnos en esto último. Quiero escribir desde que tengo uso de razón, pero el mundo está lleno de distracciones y yo, por lo visto, vacía de fuerza de voluntad. "Verás, Alex", le dije en nuestra segunda charla,  "mi dentista ha escrito una novela de ciencia ficción de 700 páginas y eso me atormenta. ¿Crees que podemos solucionar ese tema?". Ella me dijo que sí, pero que tenía que escucharla y hacerle caso, así que no me queda más remedio que superar el pudor y abrirles mi corazón a estas tres mujeres que no conozco de nada. Salgo al centro del anfiteatro y me comprometo a dejar de posponer mis verdaderas ambiciones y ponerme a trabajar. 

"Las herramientas mentales y emocionales, que se usan para resistir en el deporte, se filtran en la vida", me dice Alex. Guiar al grupo en las caminatas, ponerse de acuerdo con los tiempos de parada, resistir o descansar, es parte de la terapia, el material de trabajo de la coach, su manera de probarnos y observarnos.   

En las dos primeras paradas en el camino nos pregunta quiénes somos y quiénes queremos ser, para responder a la segunda nos da unos cuantos kilómetros de ventaja. "Andar en la naturaleza y pensar sobre tus asuntos durante seis días", pienso con horror. 

Día dos

Cámbiame la vida: una semana de caminatas, terapia salvaje y comida sana

La caminata del día es ligera. Nos dirigimos a Monodendri y pasaremos por un pueblo medio abandonado con su misteriosa iglesia ortodoxa y por un bosque musgoso de cuento de hadas. En una de nuestras primeras sesiones, la coach me dijo que todos somos como ollas en los que todo está mezclado: los lastres del pasado, el trabajo, los problemas sentimentales... "Yo voy sacando y separando los ingredientes para que sea más fácil trabajar con ellos uno a uno". Alex está convencida de que puedo superar mi pereza y mi autoindulgencia. Pararte a pensar de dónde vienes y hacia dónde vas, sobre todo cuando tu costumbre es ir por la vida alegremente como un pollo sin cabeza es una desagradable novedad, así que a mitad de camino, cuando Alex me pregunta: "¿Cómo te sientes?", cometo la imperdonable cursilada de ponerme a llorar. Nadie lo nota porque llueve torrencialmente y todas estamos mirando al suelo para no tropezar con ninguna raíz y caer al barro.

Las tardes de ejercicios son mucho más duras para mí que el trekking bajo la lluvia. Las cuatro nos reunimos en los sofás con nuestras mantas y nuestros cuadernos, como en una fiesta de pijamas terapéutica para adultas. Hoy hablamos de nuestras enemigas interiores. "Si algo te asusta, te entristece o despierta tu rabia, es señal de que tienes que enfrentarte a ello", dice Alex. Las enemigas interiores de mis compañeras son controladoras y las paralizan en sus momentos de alegría o espontaneidad, impidiéndoles ser las mujeres cálidas y divertidas que en realidad son. La mía es la vocecita seductora que me dice que estoy mucho mejor en el sofá viendo una serie o de cañas con mis amigos que escribiendo. La coach escoge a las personas que comparten retiro en función de su personalidad y los objetivos que quieren alcanzar. Somos tan opuestas que se nos ocurre comerciar con algunos aspectos de nuestras formas de ser. A mí me gustaría poder comprar parte del control mental y la claridad de objetivos de mis compañeras y a ellas mi falta de inhibiciones y mi capacidad para reírme de mí misma. Un día más caigo inconsciente en la cama antes de las diez de la noche. 

Día tres

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Hemos empezado el trekking de la mañana cruzando un riachuelo crecido con agua hasta la cintura. Cuando el cielo se despeja nos encontramos caminando entre flores y árboles centenarios. Los paisajes del parque, en los que casi siempre caminamos solas, quitan el aliento. Ya de regreso en el hotel, nuestra guía ha preparado acuarelas y pinceles y nos encarga dibujar cómo nos sentimos en ese momento.   

Soy una mujer  adulta con un forro polar y una taza de té haciendo manualidades basadas en mis sentimientos. En este momento estoy a varios vuelos transoceánicos de mi zona de confort. Resisto la tentación de hacer un monocromo a lo Yves Klein y pongo de mi parte. El resultado es un borrón colorido de aire preescolar con el que trato de decir al mundo: "Quiero dejar de desaprovechar mi tiempo y mi talento. Quiero comprometerme conmigo misma y ser capaz de terminar algo. Y, por último, quiero un filete y un vodka con tónica". A estas alturas he tomado bastante confianza con mis compañeras de viaje, que me toman el pelo con frecuencia y toleran mi constante resistencia a "hablar de sentimientos otra vez",  o que les espete "Don't mindfulness me!" (no me mindfulnees) cada vez que tratan de motivarme y ofrecerme su visión positiva.

Yanna, la madre de Alex, prepara espectaculares y abundantes menús vegetarianos con algunos platos tradicionales griegos. Ella nos acompaña en las comidas, es divertida, inquieta y cosmopolita, pasa del inglés al griego en su charla. La comida de Yanna y el impresionante paisaje nos dan altas dosis de placeres sencillos. Físicamente me encuentro mejor que nunca.

Día cuatro

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Por lo visto, lo realmente reseñable no es que el mundo esté lleno de distracciones, sino que yo estoy llena de excusas. A estas alturas de la película eso va quedando bastante claro. Hasta ahora todo me ha parecido una extenuante gymkana emocional con sus pruebas físicas y mentales. Hoy se nos propone una gymkana de verdad, un juego. Alex nos deja a las tres instrucciones escritas, cada una solo lee las suyas sin que las demás las vean, tenemos dos horas para cumplirlas. Mi misión es hacer una composición escrita para divertir a las demás, por lo visto tengo vacaciones para hurgar en mis profundidades. Aunque tengo que confesar que voy sintiéndome cómoda con la terapia, ya casi no pongo los ojos en blanco ni susurro "por favor mátame y acaba de una vez con mi miseria", cuando se habla de cosas como el niño interior. Compongo un poema, el tema: animar a mis compañeras a machacar a sus demonios y una propuesta formal a Alex para que cambie su modelo de negocio a campamentos temáticos consistentes en  ver series de HBO junto al fuego y comer albóndigas. Lo escribo en cartulinas con grandes letras de colores y se lo recito a mis compañeras de retiro. El público enloquece. Por fortuna, lo que pasa en el Tsouka Rossa, se queda en el Tsouka Rossa. "Has empezado y terminado algo, has escogido el camino más difícil, yo no te dije que fuera una poesía por ejemplo o que fuera en inglés", me dice Alex.  
Ella sí ha logrado escribir un libro, quitándose horas de sueño, también ha completado carreras de cientos de kilómetros de días de duración, y todo esto empezando a correr a los 30 años en medio de una crisis vital. Parte de lo que hace en el retiro es compartir su ejemplo para demostrar que si se quiere, se puede. 

Día cinco

Tenemos por delante una despedida a lo grande, la subida del monte Astraka, de 1.950 metros de altura, que nos llevará ocho horas entre la ida y la vuelta. Cuando creíamos que el paisaje que ya habíamos visto era insuperable, podemos contemplar la garganta de Vikos desde arriba, las gamuzas (rebecos) salvajes corriendo entre las rocas y la montañosa frontera con Albania. Las cuatro somos fuertes, más aún después de casi una semana de aire puro y berenjenas de Yanna, y subimos hablando y disfrutando. Solo el último tramo se complica porque hay zonas con una capa gruesa de nieve que hay que evitar porque a menudo ocultan agujeros y desniveles. Disfrutamos de la cima solo unos minutos, el tiempo para unos abrazos y un selfie triunfante. Alex está inquieta porque una masa de nubes se acerca rápido al pico y si llega hasta nosotras no podremos ver las marcas en el camino para volver. Tenemos que bajar ligeras. A estas alturas, Alex ha demostrado ser una excelente guía en todos los sentidos y emprendemos la bajada sin rechistar. "Escuchad chicas (les digo a mis compañeras), sin que sirva de precedente voy a compartir mis sentimientos voluntariamente". Mis compañeras se ríen y vitorean. "La verdad es que después de esto me siento más fuerte, más entera y con confianza para hacer algo por mi cuenta". Lo cierto es que durante un tiempo he sentido que tenía tanto control sobre mi vida como una persona que está rodando colina abajo y ahora al menos hay algo importante y claro en el horizonte. 

En el aeropuerto de Ioanina, de vuelta a casa, me sorprendo escribiendo en un papel en letras bien grandes: "Ponte a trabajar. Organiza tus prioridades. No pierdas el tiempo". Alexandra me recomendó que llevara este tipo de mensajes conmigo en la cartera o que los pusiera en post-it por la casa. Desde entonces, cuando amenaza la pereza, uso los trucos de Alex. Y funcionan.

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