Cuando Florence (and the Machine) se merendó Madrid

Cantó como nadie, corrió, besó... La artista británica derrochó talento y capacidad de seducción en su paso por la capital.

Florence

Vino, vió y venció. Dos horas de show confirmaron lo que muchos ya sabían: que el directo de Florence and the Machine es uno de los más apabullantes que se pueden ver en la actualidad. Mientras el público y hasta el cemento del inhóspito Palacio Vistalegre se sacudían al ritmo de unas percusiones casi tribales, todos los elementos para crear una noche especial se mantenían firmemente en su sitio. Una elegante tramoya visual colocaba un enorme fondo de píxeles, casi siempre dorados y creando un efecto de lentejuelas o bola de espejos, sobre el que se perfilaba la banda. Cada nota sonaba exacta en manos de un combo de músicos que funcionaba como un reloj y en el que mandaban las chicas, en una formación que tiene incluso la sección de vientos a cargo de tres mujeres, algo casi inaudito y que podría parecer un singular alegato feminista. Incluso la bochornosa acústica del recinto parecía rendirse al poderoso sonido de la banda. Pero la protagonista era aquella mujer espigada, de porte aristocrático, cuya voz no fallaba ni en los momentos más trepidantes y que desplegaba sus encantos con un estilismo perfecto. Florence Welch, la culpable de todo esto, es la nueva imagen de Gucci, y ayer tocaba lucirlo. Un vestido casi transparente de la firma italiana y los pies descalzos le daban a la pelirroja londinense ese punto de musa etérea y hippy chic que ha convertido en marca de la casa.

El espectáculo arrancó a pleno sentimiento, con los versos de What the Water Gave Me anticipando lo que vendría a continuación: un sortilegio musical lleno de trucos bien pensados, a base de crescendos que enardecen a la masa y estribillos repetidos como mantras, tantas veces como sea necesario, en unas piezas que parecen pensadas para que hasta los que no se saben las canciones puedan llegar a cantarlas con soltura en el plazo de los tres o cuatro minutos que duran. A día de hoy, a Florence y su banda le sobran tantos hits que pueden colar el pegadizo Ship to Wreck, tema estrella de su último disco, como segunda canción del concierto, sin esperar a ese tramo final en el que los artistas suelen colocar toda la artillería. Al público casi no le había dado tiempo a precalentar y ya le habían empujado al baile, al grito, a la euforia de saberse en una comunión musical extraordinaria. Un ejercicio ritual con la protagonista entregada, sincera en su complicidad con la audiencia, haciendo constantes llamadas a que esta se besase y abrazase, a que llevase su mensaje de amor a un mundo cada vez más cruel y patas arriba. A un momento intimista de torch song iluminada por la luz solitaria de un foco le sucedían trepidantes carreras cuando los ritmos se animaban y el escenario se bañana en un dorado deslumbrante. El público le tiraba flores y ella respondía con una confesión o un mensaje de cariño; alguien le lanzaba una bandera gay y la cantante la ondeaba convencida, sin que asomara una gota de impostura. El momento álgido fue cuando bajó del escenario y cruzó corriendo la pista, siempre descalza y dando saltitos como si lo hiciera por una bucólica pradera. Se subió a una pequeña plataforma y desde allí siguió cantando y tocando al público, para entonces ya sumido en el delirio, con beso incluido a una joven fan en silla de ruedas (momento que puedes ver en el vídeo). Ni siquiera ella había podido reprimir el baile, brazos al aire, durante todo el concierto.

Después del bis, cuando las luces se encendieron, fue difícil volver a una realidad lejana a ese mundo casi de hadas que Florence Welch ha construido con su música y su puesta en escena. Hasta los 50 euros de la entrada media parecían de repente un precio justo. Aquello había sido más que un concierto. Quizá una performance, un viaje, una ceremonia casi religiosa donde los mensajes de amor al prójimo sonaban, aquí sí, sinceros.

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