El poder de Julianne Moore

En la piel de una activista por los derechos de los homosexuales o en la de una enferma de Alzhéimer, Julianne Moore, ganadora de un Oscar, no huye de los personajes complicados. Igual que en la vida real, donde no tiene ningún miedo a decir las cosas sin tapujos. Este icono de Hollywood rema a contracorriente y va de frente por la vida.

El poder Moore

El Café Cluny se encuentra encajonado en un pintoresco rincón de la zona más hipster del West Village, en Manhattan. Es un pequeño bistró muy acogedor, con una decoración un poco recargada. Su clientela habitual parece buena gente, con aspecto formal y con un punto de creatividad –los hombres con jerséis de nudos en tonos gris o beige, y las mujeres en tonos negro o pastel–. Una vez dentro, uno tiene la impresión de que le suenan muchos de los ahí presentes, como si cualquiera pudiera ser un actor o una actriz de una película independiente, que es lo que probablemente sean, puesto que este es exactamente el lugar donde los famosos van para pasar desapercibidos, Aquí, Julianne Moore, que es cliente habitual, no parece la actriz ganadora de un Oscar acostumbrada a  recorrer la alfombra roja. Su afamado tono rojizo de pelo se vuelve más castaño, recogido en un moño deslavazado. Sus pantalones negros están descoloridos y le quedan algo amplios, y lleva un top azul marino de lunares pequeños.

A modo de introducción me suelta un “Hola, soy Julie” de lo más natural, y con una sonrisa en la cara, me da la mano. Es cálida y amable y, toda la ansiedad que pudiera haber sentido a priori por tener que entrevistar a una de las actrices más destacadas de su generación, se desvanece como por arte de magia. Moore es una mujer que está a gusto consigo misma, y quiere que yo también me sienta cómoda. “Voy a comer. ¿Quieres comer conmigo?”, me pregunta.

La positividad de Moore contrasta poderosamente con los personajes profundamente conflictivos que tantas veces interpreta en sus películas –y cuyo ejemplo más reciente es el personaje de Laurel Hester en Freeheld, un amor incondicional. La película [que se estrenará en España el próximo mes de mayo] está basada en hechos reales y cuenta la historia de Hester, una detective de la policía de Nueva Jersey que, al enterarse de que sufre un cáncer terminal de pulmón, se enfrenta a los funcionarios del condado para conseguir que Stacie Andrée, su pareja de hecho (interpretada por Ellen Page) sea la beneficiaria de su pensión. El caso tuvo mucha repercusión hace diez años en Nueva Jersey, y ayudó a allanar el camino para el matrimonio entre personas del mismo sexo en ese estado y, finalmente, en todos los Estados Unidos.

Películas para reflexionar

Es una historia sencilla de dos mujeres que luchan por obtener la igualdad de derechos. Pero de lo que no cabe duda es de que no hay nada de sencillo en cómo Moore da vida a sus personajes; en este caso construye un retrato muy elaborado de una mujer que se enfrenta a una serie de conflictos que se superponen. En el transcurso del filme vemos cómo Hester pasa de ser una encorsetada agente con 23 años de antigüedad en el cuerpo de Policía de Nueva Jersey, a convertirse en una activista en favor de los derechos civiles, y que al mismo tiempo tiene que lidiar con una salud cada vez más deteriorada. Lo único que no cambia es la fuerza de Hester, que resulta muy convincente en la película, incluso cuando proclama su alegato en favor de la igualdad de derechos, con respiración asistida y sin pelo. Cuando a Moore le preguntan lo que espera que la gente saque en claro una vez vista la película, contesta que “no tengo una agenda política ni una agenda personal. Solo tengo la esperanza de que la gente la vea. Las películas nos dan una oportunidad para que reflexionemos sobre nuestras vidas y sobre nosotros mismos, sobre quiénes somos, a quiénes amamos, lo que queremos y sobre lo que podemos llegar a ser”. La película incita a reflexionar en el camino recorrido desde que ocurrieron los hechos que se narran (entre 2003 y 2006) hasta la actualidad, en donde solo han transcurrido diez años.

El poder Moore

De hecho, durante los dos años de producción y lanzamiento del filme, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos el matrimonio de parejas del mismo sexo ha sido legalizado. Esta realidad puede hacer que la película parezca más una obra histórica que una producción que refleja hechos actuales. Pero cuando le planteo a Moore este punto de vista, se apresura a reseñar que “no todo ha cambiado. Creo que es muy fácil para nosotros en Nueva York decir '¡Sí, las cosas han cambiado', pero muchas cosas no lo han hecho. Hay gente a la que todavía se le discrimina en el trabajo o cuando quieren conseguir una vivienda. En algunos estados pueden perder sus trabajos por ser gays; se les pueden negar oportunidades”. Esto sucede incluso en Hollywood, donde los actores y actrices temen que se les encasille –o peor aún, que se les deje de lado– si resulta que no son heterosexuales. Incluso también a Ellen Page, coprotagonista de la película, cuya audaz salida del armario en febrero de 2014 mientras daba un discurso en un evento de la Campaña de Derechos Humanos, se debió en parte a su participación en esta película; hecho que ha sido casi tan relevante para el lanzamiento de Freeheld como la legalización del matrimonio gay. Moore cuenta que “Ellen era tremendamente infeliz. Fue muy franca conmigo respecto a su propia experiencia –sobre lo que se siente, sobre cómo una no está a gusto consigo misma... Conozco a mucha gente que salió del armario hace mucho tiempo. Pero ninguno de mis amigos eran famosos cuando lo hicieron, estaban en la universidad. En definitiva, que ahí estaba yo, hablando con una jovencita que acababa de salir del armario, de vivencias suyas muy recientes, lo que hacía que esa conversación fuese totalmente distinta a otras que haya podido tener sobre el tema”.

Activismo y compromiso

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Los derechos de los homosexuales han sido desde hace tiempo un asunto importante para Moore, de hecho desde que era una joven actriz de series televisivas y vivía en Nueva York a principios de los años 80, en pleno apogeo de la epidemia del sida. Recuerda que “tenía 23 años y la gente no paraba de morirse, y muchos eran amigos míos. Afectó al gremio de actores. Fue devastador. Supongo que eso fue lo que me hizo tener conciencia política”. Sin embargo, no se trata solo de política, porque si nos fijamos en la mayoría de sus interpretaciones, la temática gay es recurrente.

Ha actuado en siete películas que giran entorno a la vida de personajes gays, incluidas Las horas y Los chicos están bien, pero cuando le pregunto por qué se siente atraída por esas historias, vacila: “Creo que se le ha dado mucha importancia a que haya participado en siete películas con personajes gays o temática homosexual, cuando he rodado sesenta y pico películas. No es un porcentaje muy alto, sin embargo, la gente siente la necesidad de hacer comentarios al respecto. Eso no dice nada demasiado bueno de nosotros mismos”. Moore habla en un tono muy bajo; muchas veces resulta difícil oírla por encima del estruendo del restaurante. Puede que esto no resulte sorprendente, dado que ella borda los papeles tranquilos. El año pasado obtuvo su primer Oscar por Siempre Alice, en la que interpretaba a una mujer en las fases iniciales de Alzhéimer. Era su quinta nominación. Hollywood no suele ser amable con sus estrellas femeninas cuando estas tienen más de 40 años, pero Moore, que tiene 55 años, parece tener mucha capacidad de resistencia. Todo ello resulta aún más impresionante si se tiene en cuenta que su carrera realmente no despegó hasta 1993, cuando apareció en Vidas cruzadas, de Robert Altman.

Moore es siempre de lo más pragmática, sobre todo cuando habla de cómo cuadrar su profesión con la realidad del mundo del espectáculo. Este tema sale a relucir varias veces durante la entrevista, sobre todo cuando hablamos del tema #AskHerMore. El año pasado, un grupo de actrices de primera fila –liderado por Reese Witherspoon– usaron este hashtag para exigir que se les hiciera preguntas más importantes en la alfombra roja, y que se salieran de la típica “¿de quién vas vestida?”. Moore fue una de las que se implicó en esta iniciativa, y se negó a subirse un poco el vestido para enseñar los zapatos que llevaba cuando estaba en la alfombra roja de la gala de los Oscars. Cuando le saco el asunto, parece menos ofendida por todo ese tema. “Pongo el límite en no subirme la falda y no enseñar mis zapatos, pero no me importa hablar de ello. Para nosotros, los Oscars resultan muy emocionantes y son importantes para nuestra industria, pero para la gente que sigue la ceremonia desde sus casas por televisión, solo representan diversión y entretenimiento. Es un espectáculo, un show. Y nosotros estamos allí para entretener a la gente; creo que es importante no perder eso de vista”, cuenta Moore.

El poder Moore

Esta actitud tan práctica acerca de la relación entre el arte y el negocio constituye un soplo de aire fresco y de gran franqueza, sobre todo cuando proviene de una actriz de su importancia. Pero es que Moore transmite una gran sensación de calma, de que lo único que realmente quiere en la vida es poder hacer su trabajo y luego irse a casa a vegetar con su marido, el director Bart Freundlich, y con sus dos hijos adolescentes –una hija de 13 años y un hijo de 18–. Ese énfasis en la importancia de sacar tiempo para estar con la familia es la razón por la que insiste en que toda película independiente en la que participe se ruede en Nueva York; no es la única limitación que se ha impuesto. “No contesto correos de trabajo por la noche, ni llamadas de teléfono, a no ser que sean verdaderas emergencias. Y si tengo que leerme un guión, o tener una reunión, o hacer una entrevista, lo hago en horario escolar. Creo que nunca en mi vida he concedido una entrevista más allá de las 3 de la tarde; incluso intento limitar mi vida social al horario escolar porque quiero estar en casa cuando mis hijos estén allí. Quiero cenar con ellos”, afirma la actriz.

Arraigo familiar

Este arraigado sentido de la familia también sale a la luz cuando habla de su madre (que falleció, repentinamente, hace siete años). Moore tenía 7 años cuando su madre, nacida en Escocia, se vio obligada a renunciar a su nacionalidad británica para adquirir la norteamericana. Afirma que “para ella, fue muy duro, por lo que, cuando cambió la ley en 2009 y se permitió a los descendientes de mujeres británicas recuperar la nacionalidad británica (un derecho que anteriormente solo estaba al alcance de aquellos que tuvieran padres, no madres, británicos), Moore aprovechó la oportunidad. “Lo hice por mi madre”, nos confiesa. Y de repente, Moore me dice que se tiene que ir, que tiene que acercarse hasta Brooklyn para cortarse el pelo. La que se lo corta es una estilista amiga suya que tiene un niño pequeño, por lo que Moore, que sabe lo complicada que puede llegar a ser la vida cuando se tienen niños pequeños, se ha ofrecido a ir antes para que así se pueda organizar mejor. Se pone un jersey negro, una mochila de cuero negro muy elegante, me dedica una de sus cálidas sonrisas y amablemente me dice el placer que para ella ha resultado la entrevista. Moore sale por la puerta, sola, y una vez más, se diluye entre la multitud.

(Artículo original publicado en Marie Claire UK)

Etiquetas: actrices, hollywood

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