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Una influencer con dos millones y medio de seguidores no logra vender ni 252 productos de su marca

Arii es una influencer con más de dos millones y medio de seguidores y, por supuesto, su propia marca de ropa. Pero, pese a tener un listado de followers más grande que el censo de París, no ha conseguido vender, siquiera, 36 unidades de cada uno de sus siete diseños. ¿Ha explotado la burbuja de los influencers?

INFLUENCER ARII camisetas
Instagram de Arii

 


Arii tiene más de dos millones y medio de seguidores en Instagram. Comenzó su carrera en la plataforma musical.ly, donde se grababa a haciendo playback, pero Arii no es actriz ni cantante ni gimnasta ni modelo ni instapoeta ni ilustradora ni youtuber ni monologuista ni nutricionista. Arii es influencer, emprendedora de sí misma. Una que ha llegado al penúltimo estadio del influencerismo: tiene a su nombre una tienda de ropa y accesorios. O ha tenido. La compañía que se encargaba de la producción de sus diseños no podrá llevar a cabo el pedido. Arii no ha cumplido los requisitos exigidos. No ha logrado vender el número mínimo de unidades: 36 de cada uno de los siete productos que ofrecía.

Lo ha contado ella. En un post de Instagram, la joven estadounidense de 18 años explicó que la empresa con la que Era, su marca, se había aliado trabaja según las indicaciones de las primeras ventas. Cuando no alcanzó la cantidad mínima acordada, el pedido se tuvo que cancelar. A quienes sí compraron, aclaró, el dinero les será devuelto. El post ya ha desaparecido de su perfil de Instagram.

“Hola. Me rompe el corazón tener que escribir este post. Como ya sabéis, he lanzado mi propia marca. Me he dejado el corazón en ella. Para el reportaje fotográfico, fleté a un fotógrafo y un maquillador profesional y tenía todo planeado desde hacía semanas y tuve suficiente suerte como para reunir a varias amigas que posaron para mí. Alquilé un estudio enorme para poder tener el mayor número de fotos y de tomas de vídeo posible. (...) Desafortunadamente, la empresa con la que trabajo basa la producción en las primeras ventas tras el lanzamiento. Para que pidan y fabriquen mis productos (incluso para continuar trabajando con ellos) tengo que vender al menos 36 unidades (siendo consciente de que me he convertido en alguien superirrelevante, ya sabía que iba a ser difícil), pero estaba recibiendo comentarios buenísimos de que a la gente le encantaban e iba a comprar. Nadie ha mantenido su palabra, así que ahora la empresa no puede mandar los pedidos a quienes sí habían comprado y se me rompe el corazón (no os preocupéis, se os devolverá el dinero). Mandé packs promocionales a mis amigos, pero no recibí comentario alguno por su parte (y lo entiendo, todos estamos ocupados y no espero ser su prioridad número uno). Al margen de eso, la gente que pensé que me apoyaría ni lo hizo ni compartió ninguno de mis posts (eso fue todo lo que pedí). Suena rencoroso, pero no pretendo que lo sea. Yo he apoyado la música de todos, o lo que me hayan pedido, y ni siquiera he conseguido recibir lo mismo de vuelta. Pero no pasa nada porque solo lo veo como un contratiempo y una llamada de atención para trabajar más por lo que quiero y nunca rendirme. Este no es el final de mi marca. Esto solo es un contratiempo menor y me tomaré este tiempo para mejorar mi marca para todos vosotros. Gracias a los que sí me habéis apoyado. Lo aprecio desde el fondo de mi corazón”. 


Sus seguidores respondieron. Le recriminaron no haber posado con su propia ropa. Eran otras quienes aparecían en las imágenes. No había hecho, le reprocharon, suficiente promoción. 

El caso se hizo viral y, un día después, Arii respondió. Los medios habían asumido demasiado. La condición no era vender "solo 36 camisetas", como todos aseguraban. Debía vender 36 unidades de cada uno de sus productos. Y entre ellos ni siquiera había camisetas. 

Pero el debate ya estaba cociéndose en los hilos de Twitter y en los tablones de comentarios de los periódicos digitales. La burbuja de los influencers, aseguraban algunos, ha comenzado a explotar. La promiscuidad comercial de los instagramers no convence. Demasiadas marcas en muy poco tiempo. Cada semana una crema le regala al cutis las ocho horas de sueño que no han dormido, cada sábado no pueden salir sin un brillo que resiste 36 horas inmaculado sobre el labio, esta pasta de dientes con carbón activo les ha ahorrado, de verdad, de verdad, un blanqueamiento profesional en el dentista y con este té herbal han perdido tres kilos, así, pim, pam, pum, desde el lunes. Y es miércoles.

Y el 47% de los usuarios, según un análisis de la empresa de marketing digital Bazaarvoice, desconfía. Sienten que proporcionan contenidos de baja calidad. El 54% de los encuestados cree que distorsionan la vida y 4 de cada 5, asegura el estudio, confía antes en la recomendación de un consumir anónimo que en la de un influencer. "A medida que los influencers 'abusan' de su poder de prescripción”, explica Sílvia Sivera, directora del máster de Estrategia y Creatividad en Publicidad de la UOC, “los usuarios desconfían porque perciben que no se trata de recomendaciones sinceras, sino fruto de acuerdos comerciales”. “Algunos”, añade Neus Soler, profesora del máster de Marketing Digital también de la UOC ,“ya se han convertido en verdaderas celebrities. Muchos promocionan marcas que no concuerdan con su estilo de vida, con sus creencias y valores, y cuando esto ocurre, la audiencia se desconecta".

Quienes ostentan ahora la confianza internetil son más pequeños. No alcanzan los diez mil seguidores. En ocasiones, ni siquiera el millar. "Los micro y los nanoinfluencers llegan a un público más reducido, pero resultan más creíbles; tienen un grado de implicación muy alto con sus seguidores, humanizan la marca, generan confianza y una alta interacción. Su publicidad es más natural y, en consecuencia, menos invasiva". Con ellos, el público interactúa y de ellos se fía. Sus comentarios y reseñas, explican, se perciben más auténticos que los del influencer. Menos es más. En la vecindad playera, en el contador de seguidores y en los dedos que pides que te recorten en la peluquería.

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