Daniel Guzmán en la noche mágica del cine español

La del 6 de febrero es la noche del cine español y Daniel Guzmán es uno de los protagonistas de unos premios Goya llenos de revelaciones, poco predecibles y, por lo tanto, excitantes.

La noche mágica del cine español

Parece que por fin los Goya, cuando cumplen 30 años de historia, comienzan a acercarse a los premios que siempre quisieron ser. En algunas ocasiones, no las más habituales, crítica y público se dan la mano en una comunión que provoca el éxtasis de la industria y los espectadores. Pero otros años, como el que nos ocupa, eso no ha ocurrido, y los premios sirven para que el público descubra que, al margen de las superproducciones publicitadas por la televisión como si no hubiera un mañana y los arrebatos puntuales que convierten películas en fenómenos sociales, hay un cine que tiene en el escaparate de los Goya su mejor pasaporte al éxito. Pero ocurre, además, otro hecho único: la mayor parte de estas películas son algo más que películas. Este es el caso de Daniel Guzmán que tenía una história que le tocaba tanto hasta el punto de tener la necesidad de contarla.

Auntenticidad y riesgo

Hace diez años, en el apogeo de su carrera como actor, ganando dinero y reconocido por sus compañeros, dejó su vida tal y como la conocía para levantar lo que se convirtió en su primera película, A cambio de nada, que además de dirigir ha escrito y producido. "Para el mundo será una película, pero para mí no. Tiene unos componentes que van mucho más allá. Y al final está resultando mágico", cuenta mientras con la mirada busca a su abuela, Antonia Guzmán, que con 94 años puede presumir de ser la candidata con más edad en optar a un Goya, y encima como actriz revelación. Reconoce que había hecho varios pronósticos: optimista, normal y el pésimo, y que con seis candidaturas (película, director novel, guionista y tres actores) la previsión entró en el mejor de sus sueños. 

Estrellas insospechadas

Antonia se acerca. Lleva un vestido que se ha hecho ella misma, ya que ha cosido toda su vida. "Me levantaba a las siete de la mañana para estudiar, y no debí hacerlo mal porque me salían todas las escenas a la primera", dice seria. "Mi nieto tiene carácter, pero conmigo no. Y si lo saca lo mando a hacer gárgaras". Antonia es todo un personaje en sí misma. Le pregunto si quiere hacer otra película. "Ay, si hubiera tenido 20 o 30 años menos… Me falla la memoria", a lo que su nieto le dice que cómo ve si se da prisa con el siguiente guión. "Si me lo puedo estudiar, vale. Pero hacer el tonto, no". Antonia no se anda con rodeos: "Me gustaría que me lo dieran, para qué te voy a decir otra cosa. Si no me lo dan no lloraré, pero me llevaré un buen disgusto. ¿O no, Darío?" Antonia mira a Miguel Herrán, al que llama por su nombre en la película y al que más ha cambiado la vida tras pasar por esta película. Se cruzó por la calle con Guzmán mientras bebía unas litronas con los amigos. El director había probado a cientos de chavales, pero aquel joven tenía algo que ni él mismo sabía. Miguel vivía una vida sin rumbo fijo, ni ambiciones ni una vocación clara. Confiesa que antes no se podía hablar con él, estaba enfadado con todo y todos, metido siempre en peleas y con un conflicto interno muy potente. Pero Daniel le pidió aquella tarde el teléfono, lo llamó y se vieron varias veces. A partir de la cuarta, Miguel se dio cuenta de que aquello era una oportunidad para cambiar de vida, y que podría aprovecharla. Así que rompió con toda su vida anterior, se preparó aquel personaje y hoy estudia cine, ha cambiado su vida y, para él, Guzmán es ese Dios al que los católicos rezan todos los días.

La de Daniel Guzmán es solo una de las muchas historias que nos contaron algunos de los nominados con los que hablamos. Si quieres conocerlos o saber más acerca de cuales son las películas que optan a los principales premios, lo encontrarás en nuestro número de Febrero.


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