Muere Karl Lagerfeld, el hombre que siempre estuvo ahí

Karl Lagerfeld, el cerebro y los ojos de Chanel: las excentricidades del genio eterno

A los 85 años, el káiser de la moda ha fallecido. Repasamos algunas de las excentricidades de quien fuera el cerebro de Chanel durante los últimos 36 años.

El alemán Karl Lagerfeld en los últimos Prix de la Moda de Marie Claire 2012. Foto: Getty.

Solo su silueta era su nombre. El diseñador guionizó la leyenda de Coco Chanel y construyó, con “sentido del humor y algo de irrespetuosidad”, su fórmula para la fama, el mito Karl Lagerfeld. Con la reina Isabel II, logró formar parte de la inmortalidad terrestre y él solo cerró el pentágono de la globalización pop. En los otros vértices: Marco Polo, Internet, la Coca-Cola y Cristiano Ronaldo. La universalidad llevaba gafas aviador.

 Y lo hacía, explicó, porque una vez, en un club, el exnovio de una amiga le atacó en un arrebato de celos. Las gafas que regulaban su miopía le salvaron de integrar un parche negro en su uniforme. Desde entonces, los cristales lo enmascararon. Dicen que le divertía comprobar cómo Carolina de Mónaco lo sentaba frente a ella en las cenas para verse reflejada, de refilón, en las lentes del diseñador. 

Hasta la cama lo acompañaba una gomilla del pelo, siempre recogido en una cola baja. El champú de Klorane se quedaba fuera de su dormitorio. Donde fuera que fuese, habilitaba, cuentan, una habitación en la que se lo aplicaba. Lo necesitaba. El champú en seco era el secreto del tono blanquecino de su pelo, en realidad grisáceo. Cada día se aplicaba el spray en la melena y dejaba reposar el polvo blanco. Para sus bocetos, cuando buscaba la claridad, prefería el típex. Se secaba rápido y conseguía la textura que buscaba. Las sombras de ojo de Chanel pintaban el color. 

Compraba libros para cada una de sus casas (en unas recibía, en otras vivía). Hasta que se mariekondizó. Hace unos años se deshizo de sus casas y de sus libros. Vació estanterías y llaveros. 

Lo que continuó rellenando fueron las cuentas bancarias a nombre de Choupette, su gata de angora blanca. Cuando él muriera, explicó en 2015, su fortuna iría a parar al felino. 

A ella y a uno de sus guardaespaldas. Él no tuvo hijos. No quiso. Que salieran feos era un riesgo demasiado peliagudo. No estaba dispuesto a correrlo. No soportaría tener adefesios por descendientes. Y, además, en algún momento se harían adultos. Un hijo adulto es, sentenció, el complemento que más años pone encima. 

En dos ocasiones, Karl Lagerfeld asistió a los Prix de la Moda de Marie Claire España. La primera, en 2006. La segunda, en 2012. En una de sus visitas, no se quedó a dormir en Madrid. Tenía a Choupette lejos y no podía dejarla sola. En la otra, se hospedó en el Hotel Puerta América y pidió descansar en la planta diseñada por Zaha Hadid. Le interesaba la obra de la arquitecta. Quería ver y conocer todo lo que lo alcanzaba. 

Lagerfeld hizo la moda pop y la enlazó con el arte. Convirtió a las modelos que lo acompañaron, desde Inès de la Fressange a Lily Depp, en ramas de la firma. 

Él la descentralizó. Chanel salió de París mientras él fotografiaba campañas, rodaba fashion films, reinventaba la chaqueta de botones dorados y el little black dress. Con el alemán, el tweed renació y los zapatos bicolores volvieron a brillar. Su trabajo no era “hacer lo que ella hizo, sino lo que habría hecho”. Practicó la rebeldía de salón: cambiaba la forma, mantenía el contenido. Fue el primero, antes de que la palabra millennial sonara en las reuniones de los departamentos de marketing, que reconoció la importancia de las clientas menores de 35. Ellas eran quienes codiciaban el logo y la marca. La distancia de las gafas de sol le dejaban mirar al otro lado del presente. Fue pionero en el mercado asiático y el primero en aliarse con H&M en a través de una colección cápsula. El elitismo extremo no formaba parte de su plan. Sabía que del arte y de la vocación no se comía.

Y cerró la boca. Adelgazó porque quería entrar en los trajes de chaqueta de Hedi Slimane. Perdió 47 kilos en 13 meses. La decena de Coca-Colas diarias le ayudaron a encoger sus pantalones. No llevaba bien los kilos. Ni los propios ni los ajenos. De Adele dijo que tenía una cara muy bonita, pero que estaba demasiado gorda. La educación de las distancias cortas se deshacía en titulares que tentaban a la provocación: defendió la prostitución y ninguneó el #MeToo.

A los 24, sin ni siquiera haber acabado la educación secundaria, hijo de una aristócrata y del empresario que introdujo la leche en polvo en Alemania, diseñó un abrigo para el Concours de la Laine y obtuvo el primer premio. Así entró en la moda. Pasó por Balmain, por Fendi, donde pantentó el logo de la doble efe, y paseó, rápido, por Chloé. Salió sin anunciarlo. En el último desfile de la maison francesa, Lagerfeld no saludó al público. La ausencia puso a bullir los rumores sobre su salud. Al frente de la dirección creativa de Chanel, tras 36 años de lagerfeldismo, queda Virginie Viard, la colaboradora más cercana al genio alemán. 

 

 

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