No diga Bo Derek, diga belleza sexy e inmortal

La actriz cumple 63 años retirada del cine y disfrutando de los réditos de haber sido un icono del Hollywood de los años 70.

Bo Derek
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Son pocas las mujeres que pueden ser consideradas iconos de estilo y mucho menos las que logran hacerlo impasible al tiempo. Bo Derek es una de ellas. La actriz tuvo un auge muy potente en las décadas de los 70 y los 80, años en los que se convirtió en rostro muy conocido de Hollywood. Lo consiguió gracias a películas como ‘Tarzán, el hombre mono’ o ’10, la mujer perfecta’. Esa melena rubia con trenzas, abrazada por Dudley Moore, acabaría convertida en una de las escenas más recordadas del séptimo arte.

No obstante, su carrera no siempre estuvo vinculada a la gran pantalla. Brilló como modelo durante su adolescencia, pero conocer al director John Derek le cambiaría la vida profesional y también personal. Comenzaron una relación sentimental cuando ella tan solo tenía 16 años. Lo hicieron de manera furtiva en Alemania para evitar problemas legales ya que el tenía ¡30 años más! Cuando Bo cumplió los 18 se reubicaron en Estados Unidos y celebraron su boda en 1976, en Las Vegas.

Bo Derek
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De la mano como cineasta de su marido, Bo Derek logró hacerse un nombre y explotar su sex appeal. Tocó techo gracias a la mencionada ‘10’, que la aupó a la cúspide de las intérpretes y le valió una nominación a los Globos de Oro. Pero no todo ha sido vino y rosas. También ha probado el sabor amargo de la fama al haber recibido tres ‘premios’ Golden Raspberry como peor actriz del año. La muerte de su marido en 1998 hizo que la actividad cinéfila de Bo disminuye considerablemente en pro de apariciones televisivas.

Bo Derek
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No todo fue cine y televisión. Bo Derek también posó desnuda en varias ocasiones para la portada de la revista Playboy. Sus 1,60 metros no la privan de tener una planta imponente y ser considerada una belleza sexy e inmortal a la que, por cierto, le encanta la fórmula 1 y montar a caballo. Ahora disfruta de su plácida vida en un rancho en el valle de Santa Ynez en California, Estados Unidos, con el dulce regusto de haber sido una musa, tanto para hombres como para mujeres.

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