Rocío Márquez, un espíritu libre

La cantaora Rocío Márquez llevó los nuevos aires de su flamenco a un escenario tan ajeno como el Primavera Sound.

Rocío

"Ponme a Camarón", pide Rocío Márquez durante la sesión de fotos. Suenan los primeros compases de Como el agua y a la cantaora se le escapan las manos, que empiezan a describir volutas en el aire. Aunque es paya, rubia y con los ojos azules, Márquez lleva la condición de cantaora agarrada al ADN. Pero es una cantaora bastante particular. Su selección pasa de Camarón a Johnny Cash, y cuando, más tarde, ponemos su último disco –El niño–, el sonido tradicional de los fandangos o soleares que canta acompañada de un guitarrista se alterna con un soneto de Shakespeare salteado con sintetizadores o un tango de estirpe rockera.

"A mí me interesa la gente que, conociendo la tradición, se permite hacer propuestas. Tomarla como punto de partida y no como fin", dice Rocío de otros para referirse a sí misma. Tras la salida de El niño, en el que colabora el músico Raül Fernández –que comparte estudios y escenarios con Silvia Pérez Cruz o Christina Rosenvinge–, le llovieron las alabanzas, pero el sector más tradicionalista del flamenco se le echó encima. Aquello sonaba raro, moderno. El disco es un homenaje a otro heterodoxo, el gran Pepe Marchena, y se sienten los ecos del renovador Enrique Morente. "Si no dejamos al flamenco que siga andando, nos arriesgamos a que desaparezca. Lo que no está vivo, está muerto", advierte. Habla con fundamento. Además de cantaora, Márquez es musicóloga.

Ahora prepara su tesis doctoral sobre la técnica vocal del flamenco. Algo en lo que es una maestra, al menos en la práctica. Su madre la recuerda con 2 años cantando fandangos en su Huelva natal, mientras en casa sonaban Lole y Manuel o Carmen Linares. Pasó su infancia animando las peñas, las fiestas de las Cruces de Mayo o las galas benéficas, pero le quedaba tiempo para ser una niña "normal" de los 90 y jugar a ser Emma, la rubia de las Spice Girls. A los 15 años se fue a Sevilla, estudió cante y después la carrera. 2008 fue el año de su primera consagración: en el Festival del Cante de las Minas (La Unión, Murcia) se hizo con la lámpara minera, el Oscar del flamenco, y cuatro premios más. Aquello le abrió puertas, pero también puso mucha presión sobre ella. "Me pasé casi un año paralizada, yo que soy de hacer cosas nuevas", dice.

La voz de Rocío ha buscado desde entonces ensanchar el marco de esa postal folclorista que es a menudo el flamenco, "venga lunares, venga corales y venga límites que no contemplan toda la amplitud de este arte", se queja. Un mundo todavía bastante machista, sobre todo en ciertas letras. "Yo algunas me niego a cantarlas. ¡Mi marido me ha pegao porque quería que le diese papitas con bacalao!". Ese camino de renovación es el que le abrió las puertas de un festival hipster como el Primavera Sound, donde compartió cartel con Rosenvinge o Antony and the Johnsons, dos de sus artistas favoritos. Una ocasión para seducir a un público teóricamente ajeno. "Lo mejor para conquistar a alguien a quien no le gusta el flamenco es invitarle a un concierto. La gente lo rechaza más por la idea, el tópico que se vende, que por el arte real". La fuerza y la emoción del suyo son tan evidentes que no dudamos de su éxito. 

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