Una reflexión apresurada después de ver 'Zoolander Nº 2'

O de cómo Ben Stiller consigue que la moda se ría de su propia y cruel caricatura.

Wilson, Ferrell, Cruz, Stiller y Theroux

Sí, nosotros también fuimos la noche del lunes al fan screening de Zoolander Nº 2, gentilmente invitados por el vodka premium Cîroc. Todo un acontecimiento que bloqueó la Gran Vía con uno de los photocalls más espectaculares que Madrid ha visto en los últimos tiempos.

Por allí rondaban Mario Testino y Karlie Kloss, Verónica Blume con Roberto Torretta, Óscar Jaenada, Kira Miró, Juanjo Oliva o Rossy de Palma. Penélope Cruz, protagonista femenina de esta nueva entrega, deslumbraba con un Versace blanco, y el resto de sus compañeros de reparto (Justin Theroux, Will Ferrell, Christine Taylor y Ben Stiller, el jefe de todo esto) aparecían con unos looks formales y aburridos en comparación con los que lucen en las algo más de hora y media de una película que se regodea en el desparrame estético más excesivo. La excepción era Owen Wilson, con un psicodélico jersey que sí encajaba más con el modelo hippie y algo pasado al que interpreta en la cinta. Decía la rumorología que la noche anterior la había liado a lo largo y ancho de la noche madrileña, pero parece que había poca verdad en la historia. A Wilson le persigue una leyenda que seguro que el actor, uno de los rostros más divertidos de Hollywood, no perdería ni un segundo en desmentir.

Los protagonistas de la película

Pero olvidemos por un rato los flashes y el bling bling, y también los juicios críticos sobre una película más floja que la primera, pero donde todavía se consiguen algunos momentos de carcajada. Lo interesante de Zoolander Nº2 es cómo Ben Stiller consigue reunir en su reparto (los cameos del star system internacional son infinitos) y ante la pantalla (el lunes parecía que en el Cine Capitol pasasen lista) a todo el mundo de la moda para, sin ningún tipo de contemplación, reírse de él y dejarle a la altura del betún.

Como en la primera entrega, pero con más saña todavía. Es un fenómeno parecido al de aquellos nobles que hace 300 años asistían a las óperas bufas en las que artistas y clases populares aprovechaban para reírse de ellos: quizá era la forma menos arriesgada (entonces se cortaban cabezas) y de paso más divertida de expiar, en cierta manera, sus pecados. Cualquiera diría que de modo parecido lava ahora su conciencia el mundo de la moda: qué mejor que reírse de un gag donde una modelo es condenada a ser de tercera por tener un par de tallas más de sujetador, o donde un padre deja a su hijo en un orfanato porque está gordo, para olvidar que son faltas que en ese mundo se cometen a diario. Es verdad que el guión acaba dejando bien a casi todos, pero las bofetadas que se reparten a lo largo de la película son sonoras.

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