Tenemos el pendiente (versión low-cost) que Harry Styles llevó a la gala del Met

La extravagancia para Harry Styles fue la sobriedad. El cantante solo llevó color en sus manos y su oreja. Sin "s". Y tenemos el pendiente. Tiene el precio de dos cafés. No oyes un zumbido en los oídos. Oyes el triunfo del rastreo internetil.

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El pasado domingo la excentricidad renegó de su significado y se puso en el centro. Katy Perry paseó por la alfombra rosa de la gala del Met vestida de candelabro y luego, en la after party, de hamburguesa. Lady Gaga se deshizo de sus vestidos como si acabar de llegar a casa un 12 de agosto a las cuatro de la tarde: arrancándose la ropa. Aunque ni siquiera lo hacía ella. De pelarla se encargó su séquito de hombres de negro, impasibles como si el espíritu de las hermanastras de Cenicienta a la vuelta del baile hubieran tomado posesión de sus cuerpos. Batieron los apuntes de Susan Sontag con los de los Hermanos Grimm, Charles Perrault y Walt Disney. Normalidad para dos de las estrellas más excéntricas del pop. La sección masculina también llevó cohortes. Como Perry y Gaga, algunos solo acentuaron su extravagancia acostumbrada. El actor y cantante Billy Porter apareció tumbado en una cama dorada alzada por seis hombres de torsos desnudos. Jared Leto caminó con su propia cabeza en las manos, Ezra Miller tenía ojos para todos. Panem sin calorías et circenses sin animales enjaulados. Todo lo que necesitábamos.

Harry Styles también caminó sobre la saturación de su propio estilo. El británico feminizó lo masculino y masculinizó lo femenino. Desde la disolución de One Direction, la androginia ha sido el patrón de su armario. David Bowie y Mick Jagger han guiado la dirección de sus perchas. En sus giras, todas han caminado hacia Gucci. El estilista Harry Lamber se ha encargado de que no se desviaran. Por Oceanía, Europa y el Norte de América los estampados flores de la casa italiana se han subido con él (y los cuatro miembros de su banda) al escenario. Incluso en el videoclip de Kiwi, él y su miniyó visten, de cuello a pies, de Gucci.

El pasado septiembre, Styles se convirtió en la imagen de su colección crucero. Posó, en chaqueta y batín, rodeado de perros, dentro y fuera de un local de fish and chips al norte de Londres. Más tarde bajó de latitud. Llegó al norte de Roma. En Villa Lante, protagonizó las imágenes de la última línea de sastrería masculina de Gucci. Esta vez, de nuevo frente a la cámara de Glen Luchford, bregó y jugó con cerditos y cabritos.

Styles ya había tenido en los últimos años suficiente color. Las lentejuelas eran, lo sospechaba Lamber, lo que el público esperaba de él en la gala del Met. Su extravagancia aquella noche sería la sobriedad. Para que el cantante copresentara la gala, los Harry eligieron una camisa de tul negro que dejaba ver sus tatuajes y se arremolinaba sobre las clavículas en forma de volante. Los pantalones, de tiro alto, también eran de Gucci. Como los mocasines de charol negro. Como el pendiente, en singular, con el que coronó el conjunto.

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De la oreja derecha de Styles colgaba una perla blanca y oblonga enganchada al lóbulo por otra de resina enmarcada por cristales y metal envejecidos en forma de abeja. ¿Precio del par? 350 euros.

Y hemos dado con él. Con sus sosias. Con su replicante. Hemos viajado por los submundos más oscuros de internet (o sea, AliExpress), hemos pasado páginas, nos hemos atiborrado de cookies y ejercitado el pulgar scroll abajo hasta contraer una tendinitis, pero hemos dado con su alter ego. Tenemos el equivalente en bisutería del yogur helado con respecto al helado. Tenemos el pendiente que Harry Styles llevó a la gala del Met por menos del precio de dos cafés: 2,53 euros. Salvo por el logo. Pero tampoco quieres el logo. No hay que forzar las cosas.

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