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Aquellos maravillosos años 70 (o un vistazo a todos los mitos de nuestra infancia)

¿Cómo eran los veranos de los años 70, cuando las vacaciones estivales se llamaban "veraneo" y no "escapadita"? El escritor y jurista Mario Garcés indaga en sus mitos y refranes, encargados de conformar el mundo de toda una generación.

mitos y refranes
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Hay algunas personas que han dejado de ser las que eran a la entrada del confinamiento. Como hay personas que todavía andan confinadas en este mundo de curvas y nuevas normalidades. Hay quien no ha cumplido años mientras estaba encarcelada y hay quien le han caído veinte de una tacada. Y los hay que siguen anclados en el pasado, en un pretérito simple que ya nadie reconoce. Regresemos al futuro a través del pasado. Y para los más descreídos, el pasado se vincula emocionalmente a una forma de pensar y, ante todo, a una forma de hablar.

Un día cualquiera del verano de 1975 en un apartamento de una playa levantina, un niño de familia de colegio desconcertado, cuando todavía no existían los conciertos modernos, se despertaba breado por el sol del poniente. Todavía recordaba la última frase de su padre el día anterior que, con solemnidad y voz tronante, le había descubierto la norma anatómica de que existe una equivalencia entre el tamaño de los pies y de las manos, y el tamaño de la órbita sexual, de modo que el mozalbete no dejaba de estirar dedos y palmas para conseguir una longitud de la que estaba desprovisto.

Porque eran épocas en que no se indagaba en la razón de las afirmaciones de los padres pues eran dogmas primarios tan innegociables como el zumo de naranja recién exprimido del desayuno. Momento estelar del día y de la humanidad, porque como no te tomases rápidamente el brebaje, las vitaminas se evaporaban, de modo que no fueron escasos los casos de fallecimiento por atragantamiento vitamínico, que las pérfidas partículas se fugaban sin remisión. O morías por asfixia líquida o por bofetada olímpica, pues había que sorberlo en menos de lo que un velocista americano corría los cien metros lisos.

Imaginario familiar español

Según la tradición vernácula, además, la abuela había desayunado antes de las ocho de la mañana, porque ya se sabía que todo lo que se ingería antes de esa hora, no engordaba, y eso que, cuando la familia regresaba en el Simca 1000 un mes después, la yaya ocupaba dos asientos en vez de uno. No obstante, obedecía a una razón empírica también incuestionable, a una costumbre esta vez ligada a la dilatación de los cuerpos en verano, que se expandían sin oposición y sin declaración nacional de emergencia. Pertrechados con la sombrilla de Tío Pepe y el balón hinchable de Nivea, se tomaba posesión de la parcela en el arenal, con una buena bolsa de almendras y un paquete de chicles. Las adolescentes tomaban con fruición los frutos secos porque era sabido en esa etapa que hacían crecer los pechos, mientras que los zagales mascaban goma con prudencia, puesto que también era reconocido en la doctrina de los hechos inverificables que si te tragabas el masticable, quedaría enquistado al estómago toda la vida. Y así transcurrían las mañanas viendo crecer la ansiedad, pues lo demás crecía por extensión natural propia.

Cuando la solana se convertía en calima, y no había hijo del Salvador que aguanta- se el bochorno, era el momento exacto de deshacer el camino para volver al apartamento. Allí la abuela cocinaba unos macarrones al punto de cocción, pues entonces no se sabía que eran 'al dente' y, para comprobar que estaban en su momento óptimo, los arrojaba contra la pared con la destreza de Orantes y Santana juntos. Mientras se deslizaban pared abajo y caían sobre las baldosas ajedrezadas, las recogía apresuradamente antes de que se consumieran los cinco segundos de rigor, toda vez que era principio intratable en la enciclopedia de las verdades de aquella época que los microbios y las bacterias no infectaban la comida en el caso de que se actuara con habilidad en ese lapso de tiempo.

Mientras tanto, la adolescente no había tenido otra ocurrencia que ponerse a hacer 
mayonesa cuando tenía la regla, de modo que no quedaba 
ninguna duda que se cortaría. Y
 aquí, en este instante, se abría la voz de la sabiduría, el abuelo, que había leído varias entradas del Espasa Calpe, para recordar lo que escribía Plinio el Viejo en su Historia Natural: "El contacto con el flujo mensual de la mujer amarga el vino nuevo, hace que las cosechas se marchiten, mata los injertos, seca semillas en los jardines, causa que las frutas caigan de los árboles, opaca la superficie de los espejos". Visto de ese modo, la mayonesa era lo de menos, porque a la vista del otro Viejo, la menstruación era la causa de todas las plagas bíblicas.

Superada la prueba de la pasta y de la mayonesa, había que esperar dos horas para meterse en el agua, so pena de que pudieses palmarla por un corte de digestión. La moratoria dependía del día, o lo que es lo mismo de los ronquidos del padre, pues podía llegar a tres horas la siesta y, por consiguiente, la cuarentena para el baño.

Dogma y mito

Al extremo llegaba esta cautela que casi era uno de los mandamientos perdidos de Moisés en el Monte Sinaí, pues cuando se veía entrar a las cuatro de la tarde a un desaprensivo en el agua, pronto la prole imaginaba al intrépido con vómitos y escalofríos, a un tris de llamar a un vigilante de la playa, quien, para los más mitómanos, no llevaba entonces bañador rojo. Con todo, e incluso transcurrido el tiempo que dejaba la prudencia del sueño después de la comida, en un tiempo donde no había consolas y el único consuelo era una televisión en blanco y negro con menú oficial, cuando anclabas el primer pie en el agua se temía por la integridad del cuerpo, no fuera que hubiéramos descontado parte del tiempo obligado.

Y así llegaba el atardecer, y con la caída del sol, llegaban los petardos a razón de una peseta en el kiosko de marras. Como fuere que los padres temían daños colaterales, con prontitud reprendían al ritmo de "si juegas con fuego, te haces pis en la cama" que, al compás de la experiencia del abuelo, era una teoría que había desarrollado un tal Freud en un libro con un título parecido a Sobre la conquista del fuego. Y tan cierta era la creencia que algunos niños abandonaron la idea de ser bomberos en la convicción de que nunca podrían dormir sin orinarse en la cama. Y eso que todavía no había calendarios con hombres con mangueras para recaudar fondos para urinarios nocturnos, que la profesión y el riesgo así lo demanda. Para los más jóvenes, para los diestros en el manejo del Fortnite, todo esto quizá pueda parecer una ficción o un chiste malo. Pero, aunque no lo crean, ocurrió, y sigue habiendo vestigios en algunas familias porque los mitos, mitos son, por mucho que algunos se desvanezcan con el paso del tiempo. Aquellos mitos acabaron siendo timos de nuestra infancia, pero muchos perduran en nuestras consciencias. Y, si no, pongan a un cincuentón y a un adolescente delante de un vaso de zumo de naranja recién exprimido, y verán la diferencia. No hará falta la prueba del carbono 14.

 

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