Cinco formas de hacer tu vida un poco más eco (sin sufrimiento)

El ecologismo goza ya de la fuerza y la difusión de las religiones más poderosas. pero su mensaje, como el de aquellas, roza a veces el castigo divino. Estudiamos sus santos y sus dogmas en busca de maneras amenas de unirnos al culto.

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"¡Kylie Jenner tiene un jet!". La alerta saltaba el pasado mes de julio cuando, tras meses de continuos desastres ambientales, la pequeña del clan Kardashian tenía la ocurrencia de recorrer Estados Unidos en avión privado para presentar su firma de cosméticos. Su gesto, como si de una alarma nuclear se tratara, despertó en la comunidad online todo el fervor climático que no habían logrado suscitar los últimos informes sobre la crisis climática. "Y luego nos dicen a nosotros que no contaminemos", clamaban muchos usuarios de Twitter ofendidos por el gesto de la joven multimillonaria. Un tercer grupo, advertía: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. No les faltaba razón.

Quienes no tenemos un vehículo aéreo privado (es decir, el grueso de la población mundial) tendemos a pensar que nuestra máxima falta, en lo que a medio ambiente respecta, es dejar correr el agua del grifo hasta que sale templada. Una suerte de superioridad moral que solo sirve para esquivar responsabilidades individuales. Paradójicamente, este espíritu de evasión lo alimenta, muchas veces, el propio movimiento ecologista: oenegés y activistas que, frustrados ante la inacción general, recurren a cifras catastrofistas y previsiones apocalípticas para intentar provocar un cambio de mentalidad a escala planetaria. Nuestra respuesta rara vez les complace. Tendemos a pensar que, si los gobiernos no ponen medidas y las grandes corporaciones no se comprometen, poco puede hacer el ciudadano de a pie.

Esta mentalidad la resume con maestría la escritora Mary Karr en Iluminada, una de sus novelas autobiográficas, en la que se pregunta con sorna: "¿Por qué será que el tráfico son los demás?". La autora condensa, en menos de 10 palabras, uno de los dogmas sociales de nuestro tiempo: la culpa es, sistemáticamente, de otros. Si Karr fuera activista medioambiental, plantearía con ironía por qué la contaminación la produce siempre el vecino.


Entonar el 'mea culpa'


Por mucho que queramos buscar responsabilidades sin mirar al espejo, la realidad es bien distinta. Reciclar, despedirnos de esas duchas de 20 minutos en las que usamos la alcachofa como chorro de masaje y cambiar el coche propio por transporte público son acciones que nos corresponde poner en práctica de manera individual. La mejor prueba es Greta Thunberg que, le pese a quien le pese y más allá de la cuestionada eficacia de sus métodos, ha demostrado que el único requisito para actuar es echarle ganas. Si una adolescente es capaz de globalizar un movimiento a favor del planeta desde la puerta de su colegio (los Fridays for Future) y atravesar el océano Atlántico en catamarán para paliar la contaminación que produce un avión, cualquiera puede ir al supermercado con bolsas reutilizables y dejar de comprar compulsivamente ropa barata. La dificultad no reside en la acción, sino en la determinación de renunciar a las facilidades contemporáneas en pos de un modo de vida más consecuente.

Eso sí, tampoco hay que flagelarse. La voluntad de concienciación roza ya, en muchas ocasiones, el tono de castigo de los sermones religiosos más puristas. Por eso hemos querido estudiar la praxis ecologista y proponer gestos factibles y eficaces para cuidar el planeta. Llevar una vida sostenible no requiere grandes inversiones de tiempo y dinero ni grandes sacrificios. Basta con un cambio de mentalidad, un poquito de investigación e interiorizar estos 10 mandamientos.              

Da un giro a tu dieta

Para producir un kilo de tomates se necesitan unos 184 litros de agua. Para obtener la misma cantidad de trigo, 1.300 litros; y, de ternera, más de 15.000. Ante el hecho de que los vegetales tienen menor impacto medioambiental que la carne, no son pocas las voces que abogan por la generalización de la dieta vegana.

Sin embargo, abandonar por completo el consumo de alimentos de procedencia animal no es la única manera sostenible de alimentarse. Algunos informes señalan que la dieta adulta más sana para el planeta consta de 2.500 kilocalorías diarias, es rica en plantas, granos enteros y tubérculos; e implica tan solo 14 gramos de carne al día. Es decir, un filete cada 10 días, aproximadamente. La Fundación Española de Nutrición, por su parte, recomienda tres raciones semanales de entre 100 y 150 gramos. En el equilibrio está la clave. Para encontrarlo:

  1.  Reduce el consumo de carne, especialmente la roja, y derivados, como los lácteos. Contribuirás a un menor consumo de recursos y, además, cuidarás tu salud: la ingesta de carne roja está en alza pero, según estudios recientes de la Organización Mundial de la Salud, está relacionada con el desarrollo de enfermedades como el cáncer.
  2.  Apuesta por productos de temporada.
  3. Recupera la alimentación de antaño. El balance recomendado entre proteína animal y nutrientes vegetales no es ni más ni menos que el propio de la dieta mediterránea tradicional, una de las más sostenibles según la FAO. Y, por supuesto, saludable. Junto con nuestra dieta, otras de las recomendadas son la nueva dieta nórdica, la tradicional japonesa y la cocina regional del sur de China.
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Aprende a comprar eco

Raro es el supermercado que no tiene una flamante selección de productos eco, ecológicos, bío u orgánicos. Pero no es oro todo lo que reluce, como no es eco todo lo que lleva una pegatina verde clamando su naturalidad. Aquí, las instrucciones para diferenciarlos.

  1. Huye del supermercado. Lo más eco suele estar en el mercado y las tiendas locales que trabajan con productores pequeños. Si tienes que recurrir a una gran superficie, busca el Ranking de supermercados contra el plástico, de Greenpeace, para ver cuáles gestionan mejor los residuos y dónde hay mayor oferta a granel. (Pista: localiza tu Eroski más cercano).
  2. La mejor garantía de que un producto es ecológico es que uno identifica todos sus ingredientes. Si entre los componentes encuentras nombres que parecen fórmulas algebraicas, déjalo donde estaba.
    Busca productos de kilómetro 0. Menos transporte, menos contaminación.
  3. Si vienen de Europa, busca la Eurohoja, una bandera verde con una hoja blanca silueteada con las estrellas de la Unión Europea. Certifica la ausencia de transgénicos, el control de los químicos y una producción respetuosa con la biodiversidad. Es obligatoria para todos los productos bío, eco, ecológico u orgánico producidos y envasados en terreno comunitario.
  4. Vigila el precio. Lo más caro no siempre es lo mejor, pero, al hacer la compra, puede ser un buen indicador. No es que los alimentos orgánicos sean muy caros, es que los convencionales son demasiado baratos debido a condiciones laborales pésimas para agricultores y ganaderos y un modelo extensivo con muchos químicos que garantizan un gran volumen en poco tiempo.
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La onza de chocolate y el café recién hecho que tomas de postre tampoco se libran del examen ecológico. Estos, como el azúcar, son productos de consumo masivo en España, habitualmente de procedencia extranjera, y rara vez obtenidos en base a parámetros sostenibles. Lo mismo ocurre con ingredientes que asociamos automáticamente con un consumo 'eco', como la quinoa o la chía. El Comercio Justo es una buena garantía de que tu compra cuida del planeta y sus habitantes. Ahora bien, ¿cómo saber si lo que metemos en la cesta sigue este sistema?

  1.  Busca en el paquete o etiqueta alguna de las acreditaciones avaladas por la Organización Mundial del Comercio Justo, otorgadas por entidades como Fairtrade Internacional, ECOCERT, FUNDEPPO, IMO-Fair for Life o Naturland, y disponibles en grandes superficies como Dia, Alcampo o El Corte Inglés. Certifican que su precio es justo para todos los agentes que intervienen en la producción y que sus prácticas son ecológicas.
  2.  Explora los límites del Comercio Justo: si bien tiende a relacionarse con la alimentación, esta alternativa al consumo tradicional está presente en todos los mercados, desde la comida hasta la ropa, pasando por mobiliario, joyería e incluso tecnología.
  3.  Seguro que hay una tienda que ofrece estos productos mucho más cerca de ti de lo que piensas. La Coordinadora Estatal de Comercio Justo, una de las organizaciones que vela por popularizar este sistema en nuestro país, ofrece en su página web un mapa interactivo con tiendas físicas y un listado de comercios online que venden productos certificados.
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Te resistirás a las compras online

"Te matas a trabajar todo el día. ¿Qué tiene de malo recuperar algo del tiempo que te han robado trabajando, coño? Al fin y al cabo, te lo has ganado, ¿no?". Este pensamiento, cada vez más habitual, tiene una consecuencia también en alza: pedir, mediante una aplicación de comida a domicilio, una cena que cualquiera tardaría poco en recoger por su cuenta y menos en preparar en casa. Esta es la paradoja que Pau Rodilla describe en ¡Hola, buenas noches!, un corto que visualiza el grado de surrealismo que han alcanzado los que él llama "lujos del mileurista". El creativo se centra en el reparto de comida, pero su mensaje bien puede aplicarse a todos los servicios de entrega a domicilio.

De hecho, el 86 % de las compras online en España se entregan a domicilio según la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Esto implica más vehículos en las carreteras y, por tanto, más tráfico y emisiones. Una de las soluciones que se plantean desde ayuntamientos como el de Barcelona es promover los microhubs, almacenes a los que el usuario puede acudir para recoger su pedido. Mientras tanto, estas son las alternativas:

  1.  Evita, en la medida de lo posible, las compras online.
  2.  No te dejes seducir por las devoluciones gratuitas ni pagues más por envíos exprés: contribuyes a movilizar vehículos que de otra manera no serían necesarios.
  3.  Cuando Internet sea tu única baza disponible, no elijas la entrega a domicilio. La mayoría de las empresas de transporte ya cuentan con sus propios hubs, puntos de recogida que acercan el pedido al destinatario sin tener que dejárselo en casa. Además, así no tendrás que estar pendiente de coincidir con el repartidor.
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Cambiarás mascotas por plantas

Tener animales de compañía ha pasado de ser una costumbre con sentido práctico a una cuestión meramente ornamental. Porque, seamos sinceros, quienes no tenemos un rebaño que custodiar y disfrutamos de nuestras plenas facultades físicas y mentales no necesitamos una mascota. Queremos una mascota. Pero este capricho, como los anteriormente mencionados, también contamina. Más, incluso, que algunos países. Un equipo de investigadores de la Universidad de California estimó en 2017 que las mascotas norteamericanas producen 64 millones de toneladas de dióxido de carbono cada año. O, planteado de una manera más anecdótica: si todos los perros y gatos de Estados Unidos formaran un país y fueran sus únicos habitantes, la suya sería la quinta nación más contaminante del planeta. Y esto contemplando únicamente la producción de pienso. Además, como tantos otros de los gestos planteados en este decálogo, renunciar a las mascotas tiene implicaciones de carácter ético y contribuye a solucionar otros problemas paralelos, como el de los criaderos ilegales.

  1. Si ya tienes mascota, intenta cambiar su alimentación por piensos ecológicos.
  2. Cuando lo saques de paseo, lleva contigo bolsas biodegradables. Las más habituales, de plástico, tardan 150 años en descomponerse y no son aptas para el reciclaje, por motivos obvios.
  3. Opta por alegrar la casa con plantas que contribuyen a purificar el aire. La NASA, recomienda potos, lirios de agua, palmeras de bambú, lengua de tigre y el árbol de caucho, una especie de ficus. Junto con la limpieza del aire, todas consumen menos agua que otras especies.

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