Descubre la sorprendente reconversión del aeropuerto de Tempelhof

El aeropuerto berlinés de Tempelhof fue uno de los primeros del mundo, los vuelos cesaron en 2008, dos años después, el recinto de 386 hectáreas se abrió al público. Desde entonces, el campo de Tempelhof se ha convertido en un lugar que atrae a la gente mágicamente y la invista a realizar todos sus sueños...

Tempelhof

Berlín. Mujeres con vestidos de colores y jóvenes con barba cantan en la mayor pradera urbana de Europa, situada en pleno centro de la ciudad. Forma parte del llamado Campo de Tempelhof, el recinto del antiguo aeropuerto del mismo nombre, que cesó sus actividades en 2008. Es aquí donde se reúne una vez al año una rama de un movimiento global llamado Unite in Babylon. Su objetivo: sembrar el amor y reunificar a una humanidad dividida por la codicia. Sus seguidores cantan sobre el amor y la Madre Tierra que regala la vida. Algunas mujeres llevan flores en el cabello como las hippies de Woodstock en los años sesenta. Mueven sus caderas al ritmo de la música mientras golpean panderetas, sacuden maracas y bailan alrededor de un pequeño altar cubierto por una manta roja con flores, piedras y plumas de aves.

Violines, guitarras y tambores acompañan las canciones. En el vértigo de sus movimientos rítmicos, también Elena y Nela cierran los ojos durante unos segundos. Las voces melódicas de las dos jóvenes, coorganizadoras del evento, se sumanal estribillo: "Que el amor que compartimos despliegue sus alas". La gente se coge de la mano y forma un círculo, pensado como símbolo de unión con la Madre Tierra. Una y otra vez cantan el estribillo "el alma nos rodea como el arcoíris al sol". Aún cogidos de las manos, la multitud baila como en un trance, girando en sentido contrario a las agujas del reloj. Después, se reúnen en el centro del círculo. Sus cuerpos se tocan; mujeres y hombres alzan sus manos como si quisieran tocar el cielo.

Al otro extremo del recinto del antiguo aeropuerto transformado en pradera urbana, un espacio de 386 hectáreas, suena un prolongado tono bajo seguido de notas estridentes y agudas. Es el sonido pleno y nasal de un saxofón. El intérprete es Zeger Vandenbussche, un saxofonista de Gante. El Campo de Tempelhof le atrae cada vez que viene a Berlín. "Me encantan la grandiosidad del campo y el horizonte sin edificios. Aquí puedo sentir el sonido y practicar sin molestar a nadie".

Surfear por la historia

Tempelhof

Delante de los antiguos hangares, patinadores en línea ruedan alrededor de uno de los "bombarderos de uvas pasas". Así se llaman los aviones que aterrizaban en este lugar cada pocos minutos para abastecer a la población berlinesa durante el puente aéreo de 1948. Después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín Occidental era una ciudad administrada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia situada en plena zona de ocupación soviética. Los soviéticos, que querían hacerse con el control de Berlín Occidental, bloquearon los accesos. La idea era asediar la ciudad, dejarla sin alimentos. Pero no habían contado con la determinación de los aliados occidentales, que abastecieron a Berlín Occidental entre 1948 y 1949 por vía aérea. Gracias a los aviones estadounidenses
y británicos, el mundo conoce el aeropuerto como símbolo de libertad. Antes de aterrizar, los pilotos solían lanzar dulces a los niños que los esperaban. De ahí que los aviones se conocieran popularmente como "bombarderos de uvas pasas".

Hoy, surfistas callejeros se deslizan a toda velocidad por las pistas de despegue y aterrizaje. La antigua pista de despegue, con una longitud de dos kilómetros, se presta perfectamente para este moderno vehículo deportivo, una tabla de windsurf sobre ruedas. A 40 kilómetros por hora, los surfistas callejeros adelantan a peatones y ciclistas. Al final de la pista dan bordadas contra el viento, hacen un giro de 180 grados y siguen rodando por el asfalto. "Es sencillamente genial poder surfear en plena ciudad con semejante telón de fondo", dicen Marlene y Max, que vienen entre semana para hacer surf. "Los fines de semana hay demasiada gente", explica Marlene. "Entonces llegamos a ser hasta 10.000 personas moviéndonos por el Campo de Tempelhof".

Tempelhof

Desde su apertura al público en 2010, el antiguo recinto atrae mágicamente a la gente: el año pasado fueron casi dos millones de visitantes. Familias con niños vienen para hacer picnic y volar cometas. Corredores y ciclistas dan sus vueltas. Adictos al sol se tumban en los prados. Deportistas ensayan sobre los aparatos más recientes. Amantes del modelismo pilotan aviones teledirigidos. Horticultores metropolitanos cultivan verduras. Y los fines de semana, el espacio delante de la antigua torre de control se convierte en la mayor área de barbacoas de Europa. Hace más de cien años que el recinto de Tempelhof es un lugar donde se experimenta con ideas nuevas.

Fue sobre este antiguo espacio de entrenamiento militar donde el hermano menor de Otto Lilienthal, Gustav, realizó sus primeros intentos de vuelo. Más tarde, en 1909, Orville Wright trajo a Alemania la época del vuelo a motor. Ante miles de espectadores, el estadounidense despegó con un avión motorizado y alcanzó una altura de 172 metros, superando el récord jamás alcanzado en globo. Nueve días después, el francés Hubert Latham fue el primero en realizar un vuelo de distancia en Alemania, al volar desde Tempelhof al aeródromo berlinés de Johannisthal. Pero solo en 1923, Tempelhof se convirtió definitivamente en aeropuerto. Tres años después se fundó la Deutsche Luft Hansa AG, compañía que estableció su base en él. Bajo la dirección del arquitecto Ernst Sagebiel, las instalaciones se ampliaron en 1934: se construyó el edificio aeroportuario más largo del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, los aliados lo aprovecharon como aeropuerto militar.

Amor entre animales

Veronica Maurer lleva un sombrero lila. Pero no es el motivo por el que de repente se forma una multitud alrededor de ella. La joven animadora y futura pantomima sumerge dos varas, unidas por una cuerda, en una mezcla jabonosa y las alza contra el viento. Nace una gigantesca burbuja de jabón que flota sobre el Campo de Tempelhof. "Aquí puedo estar triste y feliz, puedo estar sola y rodeada de gente. Puedo compartir mi felicidad con otros en un santiamén. Y todo en un solo lugar. Es como otro mundo", dice la joven. Apenas estalla la primera burbuja de jabón, Veronica crea otra y revela un secreto: "También es un lugar genial para enamorarse. Está en el aire. Hace poco he conocido a un chico simpático. Llevaba una guitarra y comenzó a tocar cuando el sol empezaba a ponerse. Nos enamoramos y correteamos desnudos por los campos". Cuando Hanna Köstler camina por el recinto de Tempelhof siempre lleva una tablilla con sujetapapeles, mapas y un GPS bajo el brazo. El viento mece su cabello, atado en una cola de caballo.

Desde 2005, la bióloga estudia la vegetación del Campo de Tempelhof. En los distintos biotopos ha mapeado 397 especies, muchas de las cuales están protegidas. Durante los años pasados se han descubierto especies antes consideradas extintas en Berlín. El recinto de Tempelhof debe su biodiversidad a su pasado como aeropuerto. Parece paradójico que precisamente la técnica fomentara la naturaleza. Pero los prados que hoy están bajo protección se desarrollaron entre las pistas de despegue y aterrizaje sin ninguna intervención del ser humano. ¿Cómo es posible que la protección del medio ambiente y el uso humano sean compatibles desde el cierre del aeropuerto? La bióloga lo explica de esta manera: "Ambas cosas funcionan porque la hierba solo se corta una vez al año y porque se han declarado varias zonas protegidas. Además, el recinto se cierra durante la noche, lo que garantiza la tranquilidad de los animales. Aquí no se trabaja con prohibiciones, sino con información. Y la gente lo acepta y respeta". La socióloga Christa Müller investiga por qué Tempelhof resulta tan sumamente atractivo para el ser humano y ha constatado que están surgiendo nuevas comunidades.

En sus palabras, el recinto es un lugar donde se rompe la división entre cultura y naturaleza, entre ciudad y campo, que caracteriza a las sociedades industriales. "Tempelhof es uno de los escasos lugares cargados de bien común y armonía. Es un espacio público que invita a experimentar. Y eso es lo que necesitamos los seres humanos".

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