Judgment detox o la técnica para dejar de juzgar a los demás (y a sí mismo)

El concepto, ideado por la experta estadounidense Gabrielle Berstein, consiste en adoptar actitudes y pensamientos que favorecen una mayor empatía y respeto.

Por mucho que lo intentemos controlar, es inevitable. Juzgar a los demás (y a nosotros mismos) es un reflejo humano que mal gestionado o llevado al extremo puede resultar nefasto. Este comportamiento, favorecido por la era digital en la que cada uno puede tomar con una libertad absoluta la palabra, nos lleva a posicionarnos con superioridad: "juzgo y condeno, considerando implícitamente que soy mejor". En realidad, a través de esta actitud relativamente consciente, solo conseguimos ocultar un conflicto interno.

Con el fin de sentirse mejor, más acorde con uno mismo y realizado, la experta en desarrollo personal estadounidense Gabrielle Bernstein ha desarrollado el concepto de Judgment Detox (que significa literalmente "desintoxicación del juicio"). Presentado a través de su libro epónimo, el método se basa en seis etapas cuya meta es alejarnos de la necesidad de juzgar a todo el mundo, los demás pero también nosotros mismos. Ocasionalmente crueles con nuestras propias capacidades y méritos. Todas hemos pasado por una fase de "me veo enorme". Esta técnica pretende fomentar la empatía y curar, de forma más profunda, un sufrimiento oculto. El juzgar nos permite efectivamente protegernos del juicio del otro.

¿Cómo aplicarlo? Empieza primero por identificar tus formas habituales de juicios. Para tenerlo más claro, apunta en una hoja a quien sueles juzgar, por qué razones y cómo te hace sentir esta actitud. Piensa en al menos tres razones que justifican este juicio. Tras analizar el conjunto de tus respuestas, llega el momento crítico de pensar en un momento de tu vida que ha podido propiciar este juicio. Por ejemplo, si juzgas a una persona por vestir de una determinada forma, existen grandes posibilidades de que solo sea el reflejo de un episodio traumático pasado. Al igual que si juzgas a tu superior jerárquico por hacerte sentir débil o incompetente, podría hacer resurgir recuerdos de infancia o adolescencia con una figura de autoridad.

Segundo, permanece atente a tu voz interna, con la que sueles tener un monólogo. Aunque en principio no sea evidente, si la escuchas y asimilas que no debes juzgar nada, notarás cómo, con el paso del tiempo, tienes esta idea cada vez más presente y conseguirás relativizar considerablemente. El paso siguiente es quizá el más importante: procura aceptar a los demás tal y como son. No son perfectos, ni tú lo eres. Esta pauta te ayudará a ser más comprensiva y empática. Piensa tranquilamente en una persona que has juzgado en un momento de tu vida y procura identificar al menos tres rasgos que admiras o aprecias de ella. Puede que hasta ahora no te habías centrado en lo positivo o incluso, que habías juzgado de esta persona un comportamiento que también sueles tener. No se trata de aceptar cualquier actitud o comportamiento, sino de entender por qué una persona es así y no tiene por qué ceñirse a lo que consideras excepcional.

El paso siguiente es quizá el más difícil: la práctica del perdón. No puede llegar de un día para otro ni tiene todas las garantías de funcionar. Pero es necesario al menos intentarlo en un proceso de aceptación del otro. Te ayudará pensar o apuntar cómo te sientes acerca de un juicio que no has superado y por qué sientes que es necesario desprenderte de él. Verás todo mucho claro. Por fin, procura aplicar siempre que puedes este proceso para no caer inevitablemente en la misma trampa. Este método pretende ayudarte a relativizar y a empatizar más con los demás. Si consigues entender por qué juzgas sin cesar y aplicas estas sencillas pautas, ganarás en tranquilidad y bienestar. ¿Te atreves a probar?

Sophie Fernández

Sophie Fernández

Ser periodista y un buen café son dos de las razones que me tiran de las sábanas cada mañana. No imagino un mundo sin igualdad, novelas de Victor Hugo, moda, viajes, belleza, tortilla poco cuajada ni rock de los 50. Con el corazón en constante vuelo directo París-Madrid. Y los pies enfundados en bailarinas de punta.

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