Opinión

De cómo el músculo más ejercitado de la pandemia fue el de la paciencia

Sin ánimo de dar la razón a quienes tildan la cuarentena de catarsis colectiva, el escritor y jurista Mario Garcés reconoce su utilidad para entrenar el sosiego.

Somos los aragoneses cabales a la vez que insurgentes, y tenemos maestros avezados en el arte de la indocilidad. En una época en la que el encierro vírico nos devuelve impertérritos al NO-DO que empieza a ser algo muy parecido a la NA-DA, son momentos para la nostalgia épica del Resistiré de El dúo dinámico y de Paco Martínez Soria. Entre la pubescencia con acné confinado nadie recuerda quién es el bueno de Martínez Soria, ahora que todo el mundo habla de Santiago Segura, un aprendiz en re menor del gran cómico aragonés. Hay una película que los nuevos canales de series low cost y de suspense para mequetrefes no repondrán que se llama Erre que erre, una antología antropológica del aragonesismo en estado bruto en un Madrid tardofranquista. Ese mismo Madrid que hoy parece el decorado quimérico de Abre los ojos de Amenábar, cuando la Gran Vía era una ensoñación esteparia antes de que en esta país se hablase de la España vacía. Y tan vacía, que han acabado con la prostitución de Montera a zas de estado de alarma. 

 

A pesar de que los años me han hecho más paciente, reconozco que hay momentos en que me declararía en rebeldía. Los chats impertinentes de simplones y babiecas que necesitan un terapeuta emocional, entre los que no son menores los de padres y madres de nuestros abedules en poder del Ministerio de Educación, según he conseguido mal entender. El vídeo que te han enviado cuarenta veces, como una cuarentena, y aún se atreven a glosarlo en jerga de móvil a medianoche. El marisabidillo, que no entiende de género, que te explica todo con la nitidez de la infalibilidad de un necio, cuando ya estás de vuelta varias veces. 

 

La incauta, que tampoco entiende de género, que no comprende que cada uno tenemos nuestro tiempo y nuestras obligaciones, y que se enrabia si no contestas de inmediato. No tengo ni siquiera el monopolio de mí mismo como para ofrecerme en exclusiva a tiempo completo. Y cada vez que un tipo al que considero medianamente inteligente dice "es fake", me entran unas ansias irreprimibles de volver al triciclo de mi infancia. ¡Qué hemos hecho para merecer esto! Paciencia en tiempos de coronavirus que no es cualquier paciencia.

 

Paciencia de media hora en el baño, mientras tu gañán observa la última rueda de prensa, y tú aprovechas para enviar una foto semidesnuda a tu amante, al que le han caído tres primaveras desde que no se tinta el pelo.

Paciencia para esos matrimonios que en tiempos de cólera han tenido que buscar el libro de familia para comprobar que efectivamente se desposaron, sin solución de continuidad y sin continuidad para buscar una solución. Paciencia para el cónyuge que tiene que soportar el bufido del otro lado de la cama, entre aroma de calcetín de la Iglesia adventicia del séptimo día y entre pierna blanquinosa sin depilación a la cera. Paciencia de media hora en el baño, mientras tu gañán observa la última rueda de prensa, y tú aprovechas para enviar una foto semidesnuda a tu amante, al que le han caído tres primaveras desde que no se tinta el pelo. Paciencia para aguantar al crío, por mucho pin parental que se defienda, en la hora y en el minuto en que te tienes que hacer cargo de la pieza. Paciencia para que no vuelvan a retarte a dar patadas a un rollo de papel como si fueras Messi, cuando el pavo vive en una casa con la dimensión de medio "Camp Nou" y tú apenas tienes el espacio de una portería sin portero. 


Paciencia para no apagar la televisión para soportar la pamema de los mismos que ahora aceptan el drama cuando antes hacían mofa de la pandemia. Paciencia para no detestar al político tarambana y amoral que contraviene la cuarentena mientras tú hincas las uñas en el sofá porque no puedes hacer lo mismo. Paciencia para no coger la cacerola y lanzarla como un boomerang al vecino que canta Turandot con el frenesí de un poseso con menos fuelle que Belén Esteban después de una noche de esfuerzo. Paciencia para no comprar un perro en la época en que los animales tienen más derechos que los niños según la organización del nuevo Gobierno, allá me ahogue en mi alergia. Paciencia en la pandemia.

 

Eduardo Noriega, aventajado paseante en 'Abre los ojos'.
Eduardo Noriega, aventajado paseante en 'Abre los ojos'.

Pero paciencia también para volver a abrazar a tus hijos, si el abrazo no se ha convertido para entonces en un delito ni en un pecado sin remisión. Paciencia para volver a ver a tu madre que transita entre la inconsciencia y el miedo parasitario, y que, ante todo, quiere que los demás estén bien. Paciencia para volver a besar y hasta para copular, que la abstención no es un fenómeno político en este país, sino que se ha convertido, por abstinencia, en un fenómeno sexual. 

 

Paciencia para sentir el aire remudado y transido de un parque al calor de un mediodía de Madrid, con ese cielo velazqueño que más que cielo es paraíso. Paciencia para volver a atravesar un paso de peatones en verde ahora que todo es vereda sin peatones. Paciencia para dejar Madrid un puente de mayo, sabiendo que hay un domingo, pero un domingo que no es un retén cuartelario. Paciencia para perdonar a tu vecino que te miró durante días con la aprensión del infectado, como si él estuviese libre de la enfermedad. Paciencia para volver a creer en nosotros mismos, a pesar de que nada será igual, por mucho que nos afanemos en lo contrario.

 

La diferencia entre los pájaros y nosotros, en memoria de Hitchcock, es que las aves forcejean desesperadamente cuando se quedan atrapadas en las redes, mientras que los seres humanos, ahora llamados por el nuevo oficialismo sintientes, tendemos a ser reflexivos, para reconocimiento de San Francisco de Sales. Pero ahora que no sales y te sientes como un buitre en una jaula, hay algunos que se comportan como pajarracos. Recientemente, entre los vídeos en bucle que envían a través de los móviles, vi uno que me llamó la atención: una bandada de palomas persiguiendo a un hombre que acababa de hacer la compra. Cierto, ya no hay comida en la calle para las aves montaraces y se lanzan con precaución sobre los escasos viandantes de la nueva España vacía. Resucita, Hitchcock, porque este guion no te lo llegaste a imaginar. Mientras tanto, seguiremos observando a nuestros vecinos desde La ventana indiscreta.

 

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