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Los mejores momentos de la noche de los Óscar

Dos gatos se subieron al escenario, una actriz metió un sándwich hecho en casa en el bolso y Timothée Chalamet sufrió lo que todas hemos sufrido de niñas alguna vez: una mujer mayor que él le agarró de los mofletes nada más verlo. Pero, Margot Robbie, te entendemos.

robbie chalamet
Gtres

En los Óscar ha sucedido lo que tenía que suceder: Corea se ha instalado en Hollywood. Parásitos ha arramplado el arsenal de premios estadounidense. El equipo de la cinta se lleva a casa los galardones a mejor película, mejor película internacional, mejor dirección y mejor guion original. 

 

La última categoría fue la primera. Con ella, los coreanos anotaban en su equipaje extra el premio que, se decía, iría a parar a manos de Quentin Tarantino. Lo que llegó al director fue solo de refilón. Brad Pitt, nominado por su interpretación en Érase una vez en Hollywood, la obra que Tarantino dirigía, subió al escenario para alzar el premio al mejor actor de reparto. 

Antes, aún en la alfombra roja, Margot Robbie, compañera de reparto de Pitt, ya había logrado que el nombre de la película sobrevolara los trending topics. Durante el photocall, la australiana se cruzó con Timothée Chalamet. O él se cruzó con ella. El actor atisbó a la intérprete de Sharon Tate y, mientras ella posaba para los fotógrafos, se coló en su marco. Margot sonrió a la encarnación de Laurie en Mujercitas. Y lo hizo como lo hacen todas las tías abuelas de España: agarrándolo por los mofletes.

Lo que no se pudo agarrar por ninguna parte, dijo el consenso de internet, fue la intervención de James Corden y Rebel Wilson. El presentador y la actriz aparecieron en el escenario vestidos de gatos. Los gatos más criticados, cinematográficamente, del pasado año. Los gatos de Cats. Por la espina dorsal de invitados y espectadores un escalofrío salió a pasear. La vergüenza ajena reservada para algunos número de Eurovisión había salido de su almacén antes de tiempo.

Janelle Monáe, por su parte, se puso seria. La actriz y cantante era la encargada de abrir la ceremonia. Debía hacer bien las cosas. La estética de su actuación fue impecable y su contenido, social. En el escenario, la coprotagonista de Figuras ocultas criticó, en su canción, que los Óscar fueran “blanquísimos, es el momento de reviváis”. Remató sus minutos de micrófono aclarando que estaba orgullosa de contar historias como “artista negra y lesbiana”. Antes de abandonar los focos, deseó un feliz mes de la historia negra.  

La actriz dio el tono y Joaquin Phoenix lo recogió. El intérprete de Joker obtuvo el premio al mejor actor y, en el escenario, aprovechó el micrófono. Su discurso ya sobrepasa en internet el millón de reproducciones. 

 

"No me siento", dijo, "por encima de ningún compañero de profesión, ni de ninguno de los presentes. Compartimos el amor por el cine. Y me parece que uno de los mayores dones que nos da es la posibilidad de usar nuestra voz. He pensado mucho en las cuestiones tan incómodas con las que nos enfrentamos constantemente. A veces puede que pensemos que somos campeones de ciertas causas, pero yo veo aspectos comunes: cuando hablamos de la desigualdad de género, de los derechos LGTBI, de los indígenas o de los animales, estamos hablando de la lucha contra la injusticia. Nos hemos desconectado del mundo natural y estamos ahora sumergidos en un mundo egocéntrico. Cuando usamos el amor y la compasión como faros", continuó, "podemos crear sistemas de cambio”.

En su asiento, Julia Butters, la joven intérprete de Érase una vez en Hollywood, ganaba en juventud a los demás. Y en astucia. Había quedado antes demostrado en la alfombra roja. La actriz había guardado en su bolso un sándwich de pavo hecho en casa. Nunca sabes, explicó, cuánto duran estas cosas.

Un poco más allá, en el suyo, Martin Scorsese parecía sufrir. Sufrir o quedarse dormido. O hartarse del numerito. Al director de El irlandés los ojos se le cerraron cuando Eminem cruzó el escenario, micrófono en mano, cantando Lose yourself.

A Billie Eilish, que asistió a la gala para homenajear a Kobe Bryant y Kirk Douglas, los suyos casi se le pusieron en blanco. El dueto de Maya Rudolph y Kristen Wiig la dejó con cara de acabar de descubrir que al día siguiente no es viernes.

En la cara de Brad Pitt ya era viernes. En la 92 edición de la gala, el actor estadounidense se hizo con su primer Óscar. Su trabajo en Érase una vez en Hollywood, decidieron los miembros de la Academia, lo merecía. En un breve discurso, más personal que el de Phoenix, Pitt, emocionado, dedicó el galardón a sus hijos. 

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