Debutantes del arte en JustMad que necesitas conocer ya

De la mano de la feria JustMad, que este mes celebra en Madrid su décima edición, nos adentramos en el mundo del arte y el coleccionismo joven (y femenino) que promueve Pilar Citoler. Porque la creación también necesita que la compren.

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De izquierda a derecha, la galerista Pilar Citoler, la artista Gabriela Bettini y la empresaria y coleccionista Basola Vallés. Fotografía: Gema López.

En el Palacio de Neptuno de Madrid, el arte joven surge y el coleccionismo se revigoriza. Desde hace cinco años, en la Feria Internacional de Arte Emergente JustMad, ser joven y adquirir una obra se premia con otra obra. El premio Fundación Pilar Citoler concede 1.800 euros para que un comprador, seleccionado por un jurado, pueda adquirir otra pieza en la feria. "Para que el coleccionismo viva", explica Citoler, "tiene que haber coleccionistas, y para que haya coleccionistas tiene que haber personas con pasión por coleccionar". Y con un pellizquito de dinero.

La consulta de Pilar Citoler se ha convertido en un museo. Uno de la odontología de la segunda mitad del siglo XX. Los bordes de los muebles continúan redondeados y los colores, suavizados en tonos pastel. Pero no solo por eso es un museo. Las paredes están engarzadas de obra gráfica. Los pacientes, cuenta, aprendían arte cuando iban a repararse las muelas. A sus 82 años, ha dejado de practicar endodoncias y empastes. Las obras –y un modelo de mandíbula humana, aún sobre una de las encimeras– permanecen. Es una de las guaridas del arte contemporáneo privado en España. "Prefiero vivir rodeada de belleza, pero las paredes son limitadas. Veo las obras cuando organizo alguna exposición". Comenzó a reunir piezas tras cumplir los 28. "La primera fue una de José Caballero que he tenido siempre en la consulta. La edad ideal es hacerlo cuanto antes. Te queda más vida para continuar coleccionando". A ella la estrategia la ha convertido en una de las mayores coleccionistas del país. No aprendió a mirar en casa. Su padre, "como buen aragonés", prefería quedarse en Goya. Las caras de Picasso le descuadraban. "Dentro de la cultura que yo he recibido, le di mucha importancia a la estética y a la creación. En Zaragoza, donde me crié, iba a todas las exposiciones".

Cuando llegó a Madrid, Millares y Zóbel comenzaban a colgar de las paredes y pocas mujeres los visitaban. "Pero ahora la mayoría de galerías están llevadas por mujeres, que son las que han promovido abrir sus espacios". Para querer llevar una obra a casa, apostilla, se necesita "cierta sensibilidad. Obedece a una personalidad determinada". En eso coincide Basola Vallés. En 2014 ganó el premio Fundación Pilar Citoler al joven coleccionista. Lo entiende como "una debilidad bonita". Sus padres también eran aficionados. De niña la llevaban a galerías y subastas y el suelo de casa daba asilo a los cuadros que no cabían en la pared."Al principio acudía como acompañante, pero un día te pica a ti también. Es como un veneno que hace que quieras tener lo que admiras. Y cuanto más ves, más se te afina el ojo". Con el suyo ha elegido las galerías para la nueva edición de JustMad. Entre ellas, la madrileña Silvestre, donde expone Gabriela Bettini. La temática de su obra oscila entre el ecologismo y los derechos humanos. El arte, dice, no puede no ser político. "Incluso el que no quiere significarse tiene un posicionamiento". Un mensaje de consumo rápido no le interesa. Tampoco la idea de que los hombres son más en el arte. "En la facultad nosotras éramos mayoría, pero luego viene la invisibilización. Una vez pregunté a un galerista si no trabajaba con mujeres y respondió que no, pero 'no por nada'. Son cuestiones interiorizadas. Cuando el patriarcado se pase de moda, ya veremos quién visita tu colección".

Como en casa

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De izquierda a derecha, la artista Estefanía Martín y las coleccionistas Ester y Teresa Belmonte.

En uno de los armarios de Teresa Belmonte hay una casa rosa flúor. De la parte trasera surgen dos alas ovaladas. Las cuerdas de piano con las que David Moreno construyó la estructura cortan la luz y diseñan la sombra. Teresa aún le busca sitio. Quizá en la esquina del pasillo con el salón, tiene que verlo. Pero por ahora se queda con ella en Madrid. No va a volar a Bruselas, donde vive su hermana Ester, con quien a menudo comparte obras. "Nos suele gustar lo mismo. A mí quizá un poco más el conflicto y la geometría y a Teresa, la paz. Es guay que la obra se mueva, que interactúe y sea más que un objeto. Algunos cuadros son más de Teresa que míos porque los hemos adquirido así o porque así nos los ha regalado nuestra madre". Es a quien regresan en la conversación. Ella las inició en el arte: cada año les regalaba una pequeña pieza por Reyes.

"Nos ha inculcado no comprar por negocio. Tienes que ver la obra y te debe inspirar, hacerte pensar que va a ser un buen día. Convierte una casa en un hogar". Teresa tiene 26 años, estudió Comunicación Audiovisual y es profesora. Ester es dos años mayor y trabaja como arquitecta. En 2016 ganaron el premio Pilar Citoler. "Para disfrutar del arte contemporáneo, hay que querer entenderlo. No es tan inmediato como el figurativo". "Hay que esforzarse", apunta Teresa, "hasta que te guste y tengas la mirada suficientemente entrenada para que te guste sin que te esfuerces".

Desde ellas

Lo que les gusta a las dos es la obra de Estefanía Martín. El verano pasado, tras dejar su trabajo de escaparatista, la bilbaína expuso Luto y Lujo en el Museo ABC, una reflexión sobre la falsa fugacidad de la belleza. Ahora investiga sobre los aquelarres y se prepara para JustMad. "La figura de la mujer es la que conecta todos los temas. Tapo las caras para que la espectadora se vea en la obra". Mezcla tejidos y estampados para condensar referencias literarias. "Desde la universidad, me gustaba desvirtuar la imagen de la perfección. Eran piezas feministas sin saberlo".

Están ahí, detrás del sofá y de la mesa del moderno salón-comedor de Fuensanta Casanova. Como dos ventanas a paisajes lejanos y un tanto irreales en los que perderse para escapar de la prosaica realidad urbana del madrileño barrio de Chamartín, que se cuela por el enorme ventanal que tienen al lado. Las fotos son de la gallega Eva Díez, y sitúan una casa de espejo en las desoladas llanuras de las islas Hébridas, en Escocia. Charlando en ese sofá, Eva y Fuensanta descubren que comparten padres dedicados al sector inmobiliario, y que quizá sea de ahí de donde proviene esa obsesión compartida por las casas y los espacios construidos. Ellos son los protagonistas de los tres proyectos de la fotógrafa hasta el momento. Un trabajo definido como fotopoético, y que en su última serie, Lugar de Ausencia, se sitúa en localizaciones "donde no veamos ninguna referencia al hombre más que esta silueta de la casa, que es mi manera de representar al ser humano y su forma de estar en el mundo. Una casa que, al ser de espejo, se llena de la naturaleza que la rodea".

Cosas de familia

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A la izquierda, la artista Eva Díez, con una de las fotografías de su serie Lugar de Ausencia detrás, y la coleccionista Fuensanta Casanova.

Las paredes de la que habita Fuensanta no son de espejo pero también están llenas de casas, cines o estudios retratados. No ha sido premeditado. "Es algo que descubrí a posteriori –nos cuenta–. Fue la madre coleccionista de un amigo la que me dijo que las obras que yo iba comprando parecían tener un hilo conductor". No siempre fue así. La primera obra en propiedad de Fuensanta fue una pintura de Audrey Hepburn, a cargo del artista Antonio de Felipe, que le regalaron sus padres cuando tenía 16 años. En la casa familiar nacía una colección que luego ha alcanzado envergadura, con piezas de Genovés, Abraham Lacalle o Richard Estes. Ella compró por primera vez en ARCO, en sus años universitarios, cuando se hizo con una litografía de Oriol Vilapuig.

Con las fotos de Eva Díez se topó el año pasado en JustMad. Las vio nada más entrar, en la galería orensana Marisa Marimón, y lo tuvo claro: "Me encantaron". Compró una el jueves, y el domingo la llamaron para decirle que le habían dado el premio Pilar Citoler al Joven Coleccionista. Salía de una comida de cumpleaños de su madre y con ella, su hermano, su cuñado y su novio se tuvo que plantar con urgencia en la feria. Un comité asesor con aires de gallinero –recuerda divertida– que no se lo puso fácil para elegir, en solo un par de horas, la obra en la que empeñar la cuantía del premio. Al final se decantó por una fotógrafía/dibujo de Mar Hernández que ahora preside su cocina. Tiene otra en el salón, y conviven con un retrato del artista murciano Pablo Moreno en el baño, una ilustración de Adrian Tomine en la estantería y otras pequeñas obras que se reparten por la casa. "No he comprado ninguna por inversión, ni asesorada. Si el día de mañana Eva es una de las top, genial. Sobre todo por ella. Mi única satisfacción será: me fijé en alguien que ha llegado superlejos. Pero si no, me seguirá gustando igual que el primer día".

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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