Tate Modern o cómo bailar en el museo

La Tate Modern londinense marca la pauta de una revolución en los grandes museos, cada vez más un refugio de las artes vivas.

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Una gigantesca bola de espejos y cientos de personas de todas las edades bailando bajo sus destellos. Así se presentaba la famosa Sala de Turbinas de la Tate Modern el pasado 16 de mayo, cuando este sanctasanctórum del arte contemporáneo se convirtió por unas horas en el Musée de la Danse, el Museo de la Danza. Baile conceptual, swing o talleres de ballet a cargo de un centenar de profesionales se desplegaban entre Malevichs y Warhols. Unas horas antes, Boris Charmatz, el bailarín y coreógrafo francés detrás de la iniciativa, dirigía un "precalentamiento" con la participación de un público entusiasta. Unas 55.000 personas disfrutaron de este templo efímero del baile financiado por la activa división de acción cultural de BMW.

Pero, ¿por qué esta tendencia a sacar la danza de sus escenarios y llevarla al museo? "Entre los coreógrafos hay un gran deseo de trabajar en nuevos tiempos y espacios, de tener otra relación con el público", nos contaba el director de la Tate Modern, Chris Dercon. "El museo es un lugar de encuentros, de diálogo. No hay obligaciones: estás cuanto quieres, te mueves como quieres, te enamoras... Está permitido ser un voyeur. Es un lugar perfecto para los cuerpos, para el movimiento, la danza". También está el problema del dinero. "Todo lo que entra en crisis va acabando en el museo: música, cine, danza... Y nosotros estamos encantados de recibirlos", apostillaba Dercon.

La Tate Modern está en fase de ampliación. El próximo año se reabrirán The Tanks para recibir más iniciativas como esta. Pero por ahora, del 14 al 27 de septiembre, los cuerpos y el movimiento volverán con la polaca Paulina Olowska, que transformará la estancia dedicada al Realismo en una casa –con papel pintado, armarios, sillas– con su performance The Mother. Durante el día seguirá siendo una sala del museo, y por las tardes dirigirá una pieza teatral con esquizofrenia, drogas y alcohol. Pulsión de muerte en el nuevo refugio de las artes más vivas.

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