Carne y hielo: St. Vincent lanza disco después de tres años

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La guitarra nerviosa de la cantante vuelve a enredarse con la electrónica para hacer “pop con cosas”. En su nuevo trabajo, canta al poder, la pena y las drogas.

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En su nuevo disco, St. Vincent explora el poder. Defiende que el que impera es fosco, del tipo que "aplasta al pequeño con el pulgar". Foto: Nedda Asfari.

La seducción consiste en convertir la invitación en un acontecimiento más divertido que la fiesta. St. Vincent no lo dice en serio. Tampoco en broma. La frase la ha puesto en su boca Carrie Brownstein, la humorista responsable del corto que la cantante difundió hace unas semanas, troceado en segundos, por todas sus redes sociales. St. Vincent aparece sentada frente a un fondo verde croma, las manos sobre los reposabrazos, el cuello rígido, los labios pintados del color de su falda de vinilo fucsia. En Masseduction (Loma Vista/ Music As Usual), Annie Clark, la persona tras el personaje, juega con las dinámicas de poder, el dolor de la pérdidas, las drogas y el sexo. Compone sus canciones a base de las experiencias que consumen al ser humano.

En New York canta sobre el único cabrón (o cabrona, en inglés a motherfucker se le pierde el género) que la sabía aguantar. Tras su lanzamiento, internet hizo a la canción una biopsia en busca de rastros de su ex, Cara Delevingne. Pero ella, si la interrogan, sortea las confirmaciones. No quiere que la realidad distraiga al oyente. Quien desee encontrar algo de la top británica, que suba el volumen en Pills. Delevingne, bajo el pseudónimo Kid Monkey, canta el estribillo.

that's @st_vincent dressed as a toilet singing a song about @caradelevingne, to Cara.

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A St. Vincent la acusan de cerebral. Ella cuenta que de niña era insufrible, que en el instituto presidía el club de teatro y que, medio católica, escribía en las paredes extractos de Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell. Sus movimientos son rígidos; su estética, limpia, se somete a un bombardeo cromático. Willo Perron, director artístico de Drake, Rihanna, Bruno Mars o Lady Gaga, se encarga de hacer explotar los colores. En su última gira bailaba hasta desangrarse las rodillas, pero formaba parte de la coreografía. Annie Clark no sabe bailar. Sobre el escenario es una guitarrista que canta y actúa. Una vez fue un retrete y en 2014 ejerció como vocalista de Nirvana. Un año más tarde ganó el Grammy al mejor disco de música alternativa (“¿alternativa a qué?”, preguntó después). También diseña guitarras: través de Ernie Ball Music Ball ideó un modelo “sin género”. Lo aligeró y recortó para que “que no golpee en el pecho a cualquiera que lo tenga”. Tras dirigir un corto de terror en el que una madre celebraba el cumpleaños de su hijo mientras su marido se tambaleaba muerto en el interior de un disfraz de oso panda (también origen del disfraz de retrete en el que ella se enfundó para estrenar New York en 2016), le han ofrecido la claqueta de la versión feminizada de El retrato de Dorian Gray. Ha aceptado. En su remake quiere desbaratar el orden del tiempo, jugar con las analepsis y las prolepsis, y dirigir bajo el manto de Elle, la película de Paul Verhoeven protagonizada por Isabelle Huppert que en 2016 escandalizó por la crudeza de sus escenas y la sacudida moral de su desenlace. Con lo que ya ha jugado ha sido con los periodistas: durante la gira de prensa para promocionar Masseduction, concertó las entrevistas en clases de yoga, sesiones de masaje y casetillas rosas subterráneas. No iba a ser ella la única en una situación incómoda.

Sabe que gracias a sus ex ( Kristen Stewart sucedió a la supermodelo) su nombre suena y lo aprovecha. De algo tenía que servir que los flashes la cieguen cuando sale a cenar.

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