5 cosas que vas a encontrar en Vinyl y que van a hacer que sea tu nueva serie de referencia

La serie de Mick Jagger y Martin Scorsese responde a lo que podíamos esperar: sexo, drogas y rock'n'roll con acento italiano y algún que otro cadáver.

Bobby Cannavale como Richie Finestra
Bobby Cannavale como Richie Finestra.

 

Si, hemos visto Vinyl. No nos preguntes cómo: en España parece que por ahora no la ha comprado nadie, así que no esperes encontrarla en los canales y plataformas habituales. La producen el rolling stone Mick Jagger y el director Martin Scorsese, cartas de presentación suficientes para hacer un éxito global hasta de un chiste de Lepe. Pero ni eso parece haber conseguido que la tengamos más a tiro. Por eso te vamos adelantando lo que puedes esperar de este nuevo producto de HBO, la prestigiosa marca televisiva detrás de productos como Sexo en Nueva York, Los Soprano, The Wire o Juego de Tronos.  

- Un editorial de moda de los 70. Sí, está todo: las corbatas y las solapas anchas, los collares y las gafas gigantes, las camisas de estampados y colores imposibles abiertas hasta el ombligo; las patillas, los afros y las greñas; los vestidos de raso con escotes de vértigo; la pugna entre cardados y melenas lacias. ¿Sabes eso que se convierte en tendencia cada dos temporadas, cuando parece que todos vamos a recuperar la pata de elefante y los cuellos imposibles? Pues en la calle no acaba de arraigar, pero en el cine (perdón, la tele) sigue haciendo furor.

- Una película de Scorsese. Pero muy de Scorsese. Al menos el capítulo piloto, casi dos horas de metraje dirigidas por el menudo director y repletas de todos sus fetiches: toneladas de cocaína (Juno Temple, en el papel de la chica de los sándwiches en la oficina, es también la camella), personajes italoamericanos, golfos que defienden a la familia mientras son atendidos por prostitutas, mafiosos mamporreros… En algún momento creerás estar viendo Uno de los nuestros o Casino. Con ese estilo suyo que consigue hacer glamuroso a un tipo con una cerilla en la boca. Es tan Scorsese todo que hasta hay la habitual secuencia en la que meten un cadáver en el maletero y lo llevan a algún lugar apartado. Si no lo hace, revienta.

Concierto

- Mucha música. Vale, tratándose de una serie que quiere reflejar el mundo de la industria discográfica neoyorquina de los 70, no era difícil. Pero es que todo el apartado musical está construido con mimo y hará las delicias de melómanos y mitómanos. No es solo la música que casi no para de sonar, una buena selección de canciones de la época. Es que además, en una afortunada elección de guión, los artistas de los que se habla todo el tiempo y que llegan a circular por el metraje son reales: hay un conflicto contractual con Led Zeppelin, risas por lo cursi que suena ABBA (y envidia por no haberles fichado en su momento), un dueño de cadenas de radio cabreado con Donny Osmond, ídolo teen de la época; una epifanía en pleno concierto de los New York Dolls, menciones al viejo amigo Lou Reed… En una parada furtiva en el Bronx suena lo que podría ser la semilla del rap, y a un cantante de blues le imponen una canción bailable con chá-chá en el estribillo para que triunfe. Si te interesa la música de la época, no deberías dejar de verla.  

- Un protagonista que dejará huella. Richie Finestra es el ejecutivo discográfico a cargo de American Century Records, obsesionado con venderle su empresa en bancarrota a los alemanes de Polygram para acabar de forrarse todavía más. Finestra (ojo a un Bobby Cannavale en su primer papel grande) lucha por mantener una cierta normalidad familiar y a sus adicciones a raya en un mundo que se lo pone prácticamente imposible. Esa batalla comienza a perderla en el mismo piloto, con lo que ya imaginamos cómo nos podemos esperar a ese tipo astuto y carismático, con un punto macarra, en lo queda de temporada. Está por ver cómo lo lleva su mujer, una Olivia Wilde por el momento algo florero y que solo ha insinuado el potencial de su personaje. Pero parece que ella también puede tener sus planes. 

Cannavale y Wilde

- Nueva York, en todo su (decadente) esplendor de la época. El Soho hecho trizas cuando todavía no era cool, el derrumbe del Mercers Art Centre (en realidad no pasó durante un concierto), los barrios negros infestados de gente que baila en las aceras, la mansión en los suburbios de Connecticut, los cuadros de Frank Stella y la sombra de Warhol y la Factory, las oficinas de American Century ubicadas en el Brill Building, el edificio del que salió buena parte de la mejor música popular del siglo XX… Los escenarios y referencias invitan a paladear una ciudad que en aquella década nunca se supo muy bien si estaba tocando el paraíso o si se hundía en sus cenizas, asolada por el crimen, las drogas y la bancarrota. La misma que Garth Risk Halberg describe en su novela Ciudad en llamas, que se publica en las próximas semanas y que puede ser el complemente perfecto para esas gargantas sedientas de Gran Manzana y años 70. Una ciudad y una época sobre las que siempre merece la pena volver.

Continúa leyendo...

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS