'Criminal' es la serie de Netflix que te vas a zampar de un tirón este domingo por la tarde

A Carmen Machi y a Inma Cuesta se les agrieta la voz. La presión de una sala de interrogatorios no la aguanta cualquiera. En la edición española de 'Criminal', las actrices se sientan bajo los fluorescentes de la comisaría. Charlamos con ellas.

Inma Cuesta, como Carmen, en 'Criminal', de Netflix.

"Oye, ¡que os he traído cruasanes! ¿No os vais a comer mis cruasanes? ¡Que os he traído cruasancitos!". Inma Cuesta lleva un mono negro sin mangas, el pelo hacia atrás y una bolsa de papel marrón en la mano. La sacude y el hojaldre salta bajo la lengua de fiso. "Son de la panadería de abajo de mi casa. Están buenísimos. ¿No os vais a comer mis cruasancitos?" La bolsa gira y la pesca del minicruasán se abre. Cada pieza está glaseada y recubierta y rellena de chocolate. El superlativo no es generoso. Es justo.

Su interpretación en Criminal es lo uno y es lo otro. En la serie de Netflix, Cuesta, como Carmen Machi, interpreta a la entrevistada de una sala de interrogatorios. Emma Suárez hace las preguntas. El personaje de Cuesta padece un trastorno sin diagnóstico. Su hermana, autista, ha aparecido ahogada en la bañera. Está alterada. Los nervios le comen las palabras. "Se rodó en una semana, fue agotador. Estábamos encerradas en un cubículo casi todo el día. Terminas muy cansada y al día siguiente, otra vez en pie a las cinco de la mañana. Cuerpo y corazón se resienten. Pero no soy de las que eso lo arrastran durante tiempo. Terminas y terminas". Antes se había encargado de armarla, de darle recuerdos que había diseñado en una libreta. Quizá, dice, el de Criminal es el personaje más complejo al que se ha enfrentado. Le "fascinó" que la llamaran para el papel. "Yo tengo cara de buena persona, siempre me lo dicen. Yo hago así [pone cara de súplica, de Gato con Botas] y piensas 'esta cómo va a hacer na malo, la pobre'". Y ni la Ana Mari de Arde Madrid ni La novia de la película de Paula Ortiz necesitaron quebrarse mientras las construía. A Carmen debió crearla, ordenarla y desordenarla. "Tengo una amiga que me dice siempre que hay que confiar en las fuentes, en la inspiración. Tú ya has hecho tu trabajo, pero si hay algo que debe manifestarse a través de ti en ese momento, que lo haga. Es extraño. Tú pones tu cuerpo y tu disposición a contar esa historia y la de todas las personas que han sufrido algo similar. Pasan cosas un poco desagradables por tu cuerpo cuando transitas por ahí". 

Las eses que Cuesta chasquea al hablar se enfilan frente a la cámara. Se pone y se quita el deje jienense como una peluca."Yo mi acento lo he defendido y reivindicado. Es cierto que cuando estudias en una academia intentan enseñarte el castellano neutro. Es absurdo: nadie lo tiene. ¡La gente es de lugares! El andaluz siempre se ha utilizado en un determinado personaje: el gracioso. Estaba encasillado. Creo que hay que reivindicar el lugar de donde uno viene. ¡Si en Madrid nadie es de Madrid!".

Carmen Machi, a la izquierda, lleva un vestido negro fruncido e Inma Cuesta, un mono bicolor, ambos de Marella.

En el papel de sus libretas, Inma Cuesta dibuja, escribe y compone. En ocasiones, lo comparte en los pies de fotos de Instagram. A ella la red social le sirve para comprobar que de aquello que publica, el porcentaje de elementos guardados más altos lo tienen los textos largos. A su industria, que cada post es un alivio para la promoción de la película. "Dicen eso [que se dan papeles según el número de seguidores], pero yo quiero pensar que no. Es evidente que al hacer una campaña de publicidad influye muchísimo. En la mayoría de los contratos ya entra: debe poner un post, una story. Todo ya va con un intercambio. Tiene lógica. Si soy honesta, no me fijo tanto en los seguidores. No soy de las que lo mide". Mientras Vivir dos veces, dirigida por María Ripoll, se estrena y comienza a preparar El desorden que dejas, la adaptación de la novela de Carlos Montero, para Netflix, Cuesta ha comenzado a recopilar sus poemas y collages. "Estoy armando un cajón de sastre con todo lo que yo hago. Hay alguna propuesta editorial por ahí, pero prefiero terminarlo y luego decidir qué hago con ello". 

Algo más tiene por decidir. Qué quiere hacer con su tiempo. "No es broma: no sé qué quiero ser de mayor todavía. Me gustan tantas cosas y me hacen feliz tantas otras que no sé dónde voy a acabar. Puedo terminar enseñando. No tengo ni idea y tampoco me apetece saberlo".

Inma Cuesta, con vestido de tirantes negro de Zara. Los pendientes son de la actriz.
Dar cera, pulir cera

Lo que a Carmen Machi le interesa son las plataformas. Son, dice, excitantes. "Hay mucha calidad. Los grandes directores y guionistas están yendo a la televisión y dan trabajo a mucha gente. Eso genera compromiso. Estamos para disfrute de los demás y quiero seguir siendo parte de su ocio. Me gusta mi trabajo".

Y su trabajo, crea España lo que crea, no es la comedia. Pero, aclara, "no tendría nada de malo. Yo estoy acostumbrada a hacer teatro y poca comedia. Los textos son clásicos. Es mi medio natural. Habrá gente que te identifique con 'qué bien me lo voy a pasar', pero no lo creo". La que no lo pasa bien es Isabel, su personaje en Criminal. En su casa han encontrado un cuerpo y su hermano ha desaparecido. Está tensa como una raqueta de tenis en Wimbledon. 

Sobre la ansiedad se hicieron virales unas declaraciones de Machi. Tenía, había contado, fobia al ser humano. "Es alucinante. Unos comentarios se convierten en titular. Me alegra que me lo preguntes. El diagnóstico es fobia a la figura humana, pero no tengo ningún problema. Yo no hablaba de la fama, sino de la popularidad, que nada tiene que ver con el éxito. La popularidad es algo muy grande donde tú te conviertes en algo muy pequeñito. Pero no hay ningún drama por medio. Además, me parecería muy injusto. Y lo he leído y parezco tonta, boba. 

 

Carmen Machi lleva camisa de raso, en tono crudo, de Zara.
No, no. Se hizo viral porque en internet todos dicen que odian a la humanidad.

¿Sí? El diagnóstico es real. Yo iba a salir de casa y veía a alguien y me echaba para atrás. Es fobia al ser humano, a su presencia. No es que me maltratara la gente, yo me siento querida. Ha habido momentos muy intensos, de conocerte todo el mundo, y es raro. No sabes por qué no quieres ver a nadie y lo que te pasa es que crees que se va a acercar demasiado y va a rellenar tu espacio vital. La gente te sonríe cuando vas a una tienda a comprar y no se enteran de lo que estás pidiendo. Preguntas "¿tienes la talla tal?" Y ella "¿eh?" ¡Y se ríen! Hay muchas anécdotas, no drama. El metro hace años que no lo cojo, con lo que me gusta.

Hombre, gustar.

Porque es muy rápido y me gusta aprovechar las horas. Te genera cierta inseguridad sentir que todo el rato te miran. Como muchos quieren que eso les ocurra, no entienden que puede ser negativo. Ciudad que voy, me monto en el metro. Carencias que tiene una. Con lo que yo era. Pero bueno. Soy muy feliz. Me paso la vida trabajando para el público. Si fuera tan grave no podría. Dile a la gente que no es para tanto. 

Su personaje en Criminal, Isabel, tiene manías y una dependencia. Se ve a sí misma a través de su perra. En ella se proyecta. La humaniza. Machi lo entiende. "Con los perros se crea un vínculo enorme. Más que humanizarlos, ellos consiguen que tú te vuelvas más perro, en el mejor de los sentidos. De la persona más bestia sacan lo más humano. ¿Lo preguntas por si puede ser negativo? Eso viene en las carencias y, oye, mientras el animal esté bien tratado. Es malo cuando es malo, si no, es terapéutico. Isabel tiene carencias afectivas importantes. Está muy sola. Los personajes de la serie existen. Yo no tengo redes sociales y no controlo mucho, pero estoy viendo Euphoria ahora mismo, que me parece lo más, y cuando tú tienes un mundo tan reducido y lo tienes aquí [señala el móvil] metido… tela marinera".

Ella declinó cualquier invitación a las redes sociales cuando Aída vivía en Telecinco. No entendía, cuenta, que en Twitter todos opinaran. "Me parecía asombroso. Pero no tengo nada en contra. Ahora tendría que aprender. Es pura pereza".

Dices que sientes cierto pudor por compartir tus opiniones. En una entrevista comentabas que "no por ser mujer todo lo que hagas es bueno" y "no dejemos de dar voz a los hombres sobre las mujeres". Quizá una actriz más joven no se atrevería.

Sí, lo creo. Es de cajón. Ni por ser hombre todo es machista. Yo soy mujer y creo en la mujer, pero una cosa no quita la otra. A mí muchos hombres creadores, que no tienen que ser homosexuales, me han escrito personajes de mujeres que yo no he encargado y que son excelsos, que empoderan. El hombre tiene un espacio grande en el mundo de la mujer feminista. Es interesante oír lo que el hombre opina de la mujer, no lo que ella opina de la mujer. Eso casi nos lo sabemos. Hay mujeres con la cabeza amueblada desde otro lugar y están en su derecho. No por ser mujer todo vale ni tiene calidad. No, señor. Hay que trabajárselo mucho. Si no, se queda cojo. 

Y el valor se estanca en la identidad, no en lo que hay detrás.

Es así. Y hay que enseñarlo y aplicarlo. Creo que el paso grande está en la cantidad de hombres que nos dan voz. Nosotras lo hemos hecho, sí, solas, pero tú te vas al 8M y cuántos hombres hay apoyando. Es verdad que a una edad, pasados los 50, cambia el punto de vista. Mencionabas a las actrices jóvenes, pero que pasen por eso está bien. Hay que ir creciendo como ser humano. Yo lo veo en las madres mayores, que ya no aguantan ciertas cosas. Esas son las que se empoderan de verdad. Hay una generación que lo tiene casi todo encaminado, no hecho. Sepamos que la lucha está en el individuo.

 

Maquillaje y peluquería: Paula Soroa (Ten Agency). Producción: Carlota Martín. 

 

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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