Ficción

'La Navidad es un cuento', por Laura Ferrero

Retratar la Navidad sin caer en tópicos no es sencillo. Guiada por aquello de "si no puedes con el enemigo, únete a él", la escritora Laura Ferrero recurre a clichés bien empleados para demostrar que, en estas fechas, incluso el corazón más escéptico se rinde a la magia.

cuento laura ferrero
Ilustración: María Hergueta

La vida es el tiempo que hace. Son los chubascos, la tregua que anuncia el fin de semana. Son los desayunos de pie en la cocina, mirando de reojo el titular del periódico mientras preparo los desayunos, el titular que afirma rotundo que «nadie es feliz viviendo en un espejismo».

La vida es también mi mujer que entra como un torbellino en la cocina, el pelo aún mojado diciendo «me voy volando, mira qué hora es» y el titular, que regreso a él porque «nadie es feliz viviendo en un espejismo», mi mujer que me besa y me pide que por favor me acuerde luego de comprar margarina y plátanos.

La vida es ella, Lola, mi hija, que no se duerme por los dientes, los cólicos, que llora porque le han picado mosquitos y aún no sabe rascarse, que habla, y va, y lo primero que se le ocurre decir es «agua» y después, «mamá». «Papá» llega después, tercero. Bronce para mí.

La vida es esto también, ahora, lejos de la cocina, la autopista, la M-30 y sus carteles luminosos de abogados y colegios internacionales mientras me dirijo a mi turno de noche. La vida en la pecera, en la radio. Mi vida.

*

–Tres, dos, uno –el realizador me mira desde el control, micro abierto y ahora sí. Estamos en el aire–. Buenas noches a todos, bienvenidos a nuestro especial: ‘La Navidad es un cuento’.

Doy paso a la música y empiezan a sonar las primeras notas del All I want for Christmas is you, de Mariah Carey. Desde el control, el chico nuevo pone los ojos en blanco y yo lo imito. Qué le vamos a hacer si esta ha sido la canción elegida por nuestros oyentes para el especial de Navidad.

–Siempre hay un factor externo que escapa a nuestra voluntad –me dicen riendo desde control.

Es difícil hacer un especial de Navidad sin caer en los tópicos, en los buenos deseos, en las historias cursis o fábulas moralizadoras. Para esta ocasión, para el especial, y para salirnos un poco del guion de otros años, decidimos hacer una aproximación a estas fechas a través de la literatura y el cine.

*

La vida es también el tiempo que nos queda, que somos nosotros imaginando calendarios de los años que vendrán. El cuánto falta, que es mi hija desde la parte de atrás del coche, cinco años ya, Lola amenazando con que se marea, chantajista como el padre, buena como la madre. Pero la vida es también el desde cuándo, la medida que marca el final de lo añorado. Y ese, el desde cuándo, es mi padre.

*

Pido que me abran el micro y ahora sí, empiezo a leer el guion que he preparado. «Hoy nieva en Madrid, digo. Prepárense porque viene el frío y… desde aquí solo una advertencia para estos días: no se dejen engañar porque la navidad es un cuento.»

*

No hay nada como querer huir de los clichés para caer en ellos, me recrimino. Y sigo leyendo el guion pero mi cabeza se ausenta, se marcha al desde cuándo, a mi padre, al que imagino tratando de hacerle la cena a mi hija por primera vez en toda su vida de abuelo. Esbozo una sonrisa, parapetado tras el micrófono, al recordarlo, a mi padre, que es, entre otras cosas, el mejor imitador de voces que existe. Quizás le esté hablando a Lola ahora mismo en aquel falso chino mandarín, con ese talento innato e intransferible que malgastó utilizándolo exclusivamente para divertir a su hijo, o sea, a mí. Ahora a Pluto, va, y ahora el acento de un ruso muy enfadado o el de Darth Vader cuando, teatral y siniestro, dice «Yo soy tu padre». Pese a que nunca aprendió inglés, era un hacha cantando a Phil Collins: no decía absolutamente nada con sentido pero por la tonadita del acento cualquiera hubiera jurado que había estudiado en Cambridge.

Mi padre tenía dos pasiones. Mi madre y yo éramos una de ellas. La otra, la radio, a la que dedicó toda su vida. Estudió Periodismo, pero más allá del año que pasó en la redacción de un pequeño periódico encargándose de los pasatiempos, de los crucigramas en concreto, nunca volvió a un periódico. Le gustaba la radio, pasión que me transmitió a mí. Lo recuerdo hablándome de lo mucho que evoca una voz, con todos esos matices, silencios y titubeos. Al nacer, somos ciegos, lo único que nos acompaña es la voz y es eso lo que haremos a lo largo de los años, dejarnos guiar en esa conversación inagotable que es la vida.

Ilustración: María Hergueta
Ilustración: María Hergueta

*

–¿Al final has encontrado alguien que cuidara de la niña? – me pregunta Ana, mi compañera de programa.

–Bueno, no exactamente. Se la he dejado a mi padre.

Enarca las cejas, como si no pudiera creerlo.

–¿En serio?

Pero al instante el control la avisa por órdenes internas y empieza a leer ella también el guion:

–En El cuento de Navidad de Auggie Wren, el escritor Paul Auster…

Me viene a la cabeza el relato de Auster, el del estanquero que retrata la vida siempre desde la misma esquina y vuelvo a la frase del periódico de esta mañana, a los espejismos en los que se atasca la vida cuando uno empieza a preferir la vida que recuerda a la vida que vive.  Al instante abandono la literatura, la fabulación y al gran imitador de voces que era mi padre para pensar en Lola, en la Lola real, ella llorando cuando la he dejado hoy en el umbral de casa de mi padre porque no quería quedarse con el abuelo, indiferente y apático, en su piso al que mi mujer apoda «el iglú» porque nunca enciende la calefacción.

Durante la mayor parte de mi vida, las Navidades han sido uno de los momentos más esperados del año. Sin embargo, ayer, mientras acompañaba a mi mujer al aeropuerto, que se marcha a conocer al hijo recién nacido de una amiga, pensé que era una pena que ahora viviera estas fechas desde el malestar. Mi mujer se fue tranquila después de prometerle que sí, que no se preocupara, que Lola se quedaría hoy con la canguro cuando yo estuviera trabajando. En el camino de vuelta a casa, la canguro me dijo que ya estaba de vacaciones. Llamé a mi padre. La esperanza, dicen, es lo ultimo que se pierde, pero nadie atendió al teléfono. Sin embargo, a la quinta llamada lo hizo, alarmado supongo ante la insistencia.

*

–Pero ¿y tu padre ha accedido? –me dice Ana cuando damos paso a otro colaborador.

–En realidad no tenía opción, me había quedado sin canguro. No sabía si traer a la niña al estudio, pero me ha parecido que las 11 de la noche no son horas.

*

Las últimas Navidades que pasamos juntos mi padre y yo fueron en el hospital. Mi madre estaba ya muy enferma y él y yo nos turnábamos para cuidar de ella. Recuerdo una de esas mañanas, la del 24, que llegó con en el periódico en la mano, y lo abrió por la página de siempre. La de los crucigramas. Mi padre seguía en contacto con aquel periódico de su juventud y, en lo que se había convertido ya en una costumbre, le reservaban una sopa de letras al año, la del día 24.

Clavícula. Cortesía. Nutria. Monacal.

–Papá, pero qué palabras…

–Sigue buscando.

Y ahí estaban, un año tras otro, los nombres de mi madre y el mío. Escondidos entre tantas letras e infinidad de combinaciones posibles.

Mi madre se apartó el respirador y dijo…

–¡Pero si me has puesto al lado de Puerro!

Rió mi madre. Reí yo, y mi padre hizo lo propio, aunque un poco más flojo, como si estuviera rodándole ya esa dureza que empezaba a acercársele, una mancha de tinta que se expande lenta pero sin control sobre la tela del tiempo.

*

Después de que Ana termine de hablar de Auggie Wren y de la película Smoke, empieza mi turno, hablo de los detractores más literarios de la Navidad.

–Corría el año 1836, siete años antes de que llegara Dickens con su Scrooge, y el bueno de Mariano José de Larra ya estaba aburrido de la Nochebuena. No sé ustedes qué pensarán, yo me digo que cada uno tenemos que encontrar nuestro lugar en estas antípodas que simbolizan Larra y Dickens. Entre los buenos sentimientos y la ausencia de ellos…

*

No me gusta la Navidad. Porque la vida es también el tiempo que hace desde que, por ejemplo, mi madre murió y mi padre, si bien no lo hizo de manera literal, lo hizo de manera sutil, sin molestar. Se fue yendo.

Poco después de que muriera mi madre, me dijo que necesitaba estar solo. Y yo le dije que era su hijo, su único hijo.

–¿Te piensas que no lo sé? –me respondió.

–Pero además está Lola…

–¿Te piensas que no lo sé? –repitió.

Desde que mi madre no está, mi padre se ha convertido en un experto en decir que todo va bien pero tiene una nieta a la que apenas ve en cumpleaños y fiestas de guardar. Que ha visto hoy después de seis meses cuando le he implorado en el rellano de su casa que se quedara con ella, que no tenía a nadie con quien dejarla.

Ilustración: María Hergueta ferrero
Ilustración: María Hergueta

Tengo ganas de que termine el programa, de irme de aquí, de recoger a mi hija, aunque sea tan tarde porque, de repente, siento que no quiero dejarla toda la noche con mi padre. Me digo a mí mismo: «paciencia». Solo queda la última sección, en la que damos paso a las llamadas de los oyentes para que hagan sus felicitaciones navideñas o nos cuenten cómo van a pasar las navidades. Entra la llamada de una mujer que nos cuenta que conoció a su actual marido el día de Navidad y que para ella estos días son los más especiales del año. Trato de aparentar alegría pero me noto falso. Acto seguido, un chico joven nos cuenta que se irá a Lisboa para pedirle a su novia que se case con él en Nochevieja. Resoplo. Pongo los ojos en blanco. En el control ríen.

En el control dejan de reír, los noto nerviosos. Insisten en pasarme una última llamada. Un hombre con un marcado acento italiano, con esa tonadita tan característica de los italianos que se esfuerzan en hablar español, empieza a contar que se ha distanciado de su hijo y que no sabe cómo volver a encontrarse con él. En su discurso se cuelan palabras en italiano «niente, grazie, il Natale, la paura».

Vaya por Dios, ahora toca el drama, me digo para mis adentros.

–Quizás puede probar y hablar con su hijo. No sé, llámelo –le digo con desgana, impaciente. Me miran reprobadores desde control.

–Hacemos las cosas más difíciles de lo que son –añado ahora con suavidad, queriendo compensar la dureza de antes–. Es muy simple en realidad. Descuelgue el teléfono y llame a su hijo. Le hará ilusión.

–¿Y qué digo?

–Bueno, estamos en la mejor época para las reconciliaciones. Pruebe con feliz Navidad.

Los colaboradores, sentados conmigo en el estudio, estiran el cuello para ver algo que ocurre dentro del control. No alcanzo a ver qué sucede.

–En ese caso, buon Natale. Feliz Navidad.

Entonces veo que el revuelo dentro de la sala de control ha sido causado por una niña de cinco años y un hombre que no es italiano pero sí es el mejor de los imitadores de voces de todos los tiempos.

Se hace el silencio, me olvido de los clichés, y me escucho decir, asombrado, como cuando descubría año tras año mi nombre y el de mi madre en los crucigramas del periódico:

–Feliz Navidad, papá.

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