Así sería la versión española de 'El cuento de la criada'

Con el estreno de la tercera temporada, 'El cuento de la criada' es la serie de ficción sobre la que Mario Garcés reflexiona. Tiene motivos: en España se acaban de cumplir 80 años desde que, por primera vez, se aprobara el derecho al voto de las mujeres.

Elizabeth Moss y Madeline Brewer, en una escena de la tercera temporada de 'El cuento de la criada'. HBO.

 

Para no vivir como un ermitaño en el seno de la civilización occidental, es necesario ser perito en series de televisión y licenciado en fueras de juego y saques de esquina. Confieso que de balompié recibí formación en mi más tierna infancia, pero a las series he llegado tarde y mal. Y no hay nada más incómodo que una conversación entusiasta sobre juegos de tronos y madriles ardiendo, para quien, como yo, es un analfabeto de la nueva ciencia de la seriología. Cubro mi impudicia intelectual en esos grupos de terapia serial con un rictus afable y una sonrisa complaciente y, en algún caso, he llegado a pasar desapercibido. Entre tanta inflamación creativa de canales de pago que, en ocasiones, no se pueden pagar, me llamó la atención una serie titulada El cuento de la criada, basada en una novela de Margaret Atwood, que sitúa a Estados Unidos en un futuro distópico en el que las mujeres son privadas de sus derechos básicos, tanto civiles como políticos, quedando confinadas a una función estrictamente reproductora.

Como los norteamericanos acostumbran a colonizar nuestras películas para adaptarlas a sus usos y costumbres de trigo y maíz inflado, podríamos invertir la regla, por una vez, y adaptar el guion a un remake castizo y futurista que discurriera entre la Plaza de la Paja y Lavapiés. Y como no andamos romos de imaginación e ingenio, en esta España moderna de posverdades y prementiras, sugiero que en ese futuro imposible suceda lo que nunca debería haber sucedido.

Suposiciones varias

Supongamos que los hombres pueden tener relaciones con todas las mujeres que quieran, sin que se penalice el adulterio, mientras que, en caso contrario, la infidelidad se castiga, por deshonra marital, con una pena de dos años de prisión. Supongamos que las mujeres no tiene reconocido el mismo nivel de discernimiento que los hombres si han de cometer un delito, pero, a pesar de ello, se les reconoce mayor responsabilidad por culpa penal. Supongamos que para que las mujeres puedan acceder al mercado laboral, deben contar con una autorización específica de su marido. Supongamos que el marido cobra directamente el salario de su mujer, incluso en caso de extinción del matrimonio. Supongamos que, más allá de que el marido administrase directamente el salario de su esposa, el salario máximo de una trabajadora alcanza el mínimo de lo que cobra un hombre por el mismo trabajo. Supongamos que si la mujer contrae nupcias, se produce automáticamente la extinción de su contrato laboral. Supongamos que las mujeres son consideradas seres frágiles e improductivos, de modo que se les prohíbe su incorporación a empleos nocturnos y de rendimiento físico. Y supongamos que las mujeres están privadas del derecho de sufragio, pues carecen de formación suficiente y adecuada para emitir un juicio político selectivo.

Pero, como en la serie original, un grupo de mujeres organiza la resistencia y emprende una lucha colosal por la redención y por la libertad. Pero los oligarcas presentan toda suerte de obstáculos, porque dicen, en su convicción de clase dominante, que "las mujeres son organismos incapacitados", "las mujeres merecen toda clase de respeto como amas de casa y educadoras de hijos, pero como políticas son retardatarias, son retrógradas", "el histerismo impide votar a la mujer hasta la época menopáusica", "a los cuarenta años, todas son beatas". Y mucho más. Inevitablemente, sería un buen guion adaptado con humareda de callos y con huevo frito y jamón serrano. Y con aroma de calamares bravos. Doncellas de cuello alto y misa de doce y media contra hombres de pelo en antebrazo y puro de estanco de Vallecas.

Max Minghella y Elizabeth Moss en 'El cuento de la criada'. HBO.
 
Fecha histórica

Aunque, bien visto, no es una distopía ni una ficción de Julio Verne en versión original doblada al castellano, sino una adaptación española de Regreso al futuro, toda vez que todo lo narrado ocurrió. Y ocurrió hace ochenta años con un final feliz, que marcó el inicio de una carrera irreversible por la igualdad efectiva y real entre hombres y mujeres. El 21 de noviembre de 1933 en los quioscos de toda España podían verse fotografías de mujeres ejerciendo por primera vez el derecho de sufragio activo. La jornada electoral fue una fiesta y el número de electoras excedió con creces al de los electores en todos los colegios electorales de Madrid. En los próximos días, entre cierto hartazgo de urnas y alegatos políticos, las mujeres seguirán votando. Y cuando lleguen esos días, habrá que recordar que hubo un tiempo infeliz en el que las doncellas del cuento no votaban. Cuando menos, parece una paradoja que lo que hace ochenta años era un anhelo de libertad, hoy se convierta en rutina indigesta para muchas personas que ingieren dos procesos electorales consecutivos con cierto empalago. Por eso, aunque sea un ejercicio narrativo, probablemente debamos transportarnos en una máquina del tiempo al 1 de octubre de 1931, día en el que en Cortes Generales se aprobó por primera vez en España el derecho al voto femenino. Casi noventa años después, nuestro país se zambulle en la marmita del día de la marmota electoral. Y ya no será noticia en los periódicos del día después que las mujeres voten. La mejor noticia es, en este caso, que no haya noticia. Porque España no es país de doncellas, ni se las espera definitivamente.

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