Descubre cómo son realmente Taburete, MaBÜ y Mi Hermano y Yo: ¡charlamos con ellos!

10 minutos

Tienen menos de 30 años, el poder de las redes sociales y la música en la infancia. Unos empiezan, otros continúan y otros rozan a la cima. Hablamos con ellos.

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De izquierda a derecha: Marcos Soto, María Blanco, Antón Carreño, Jaime Soto y Guillermo 'Willy' Bárcenas.

Hay ruidos que no se oyen hasta que cesan. Es una escucha retroactiva. Entorpecían fuera de conciencia. Hay otros que encharcan la conversación. Son todo lo que se oye cuando se intenta escuchar. O cuando uno intenta hacerse escuchar.

María Blanco (1988) lleva casi una década entregada a lo último. Con MäBU, el grupo que absorbe sus iniciales (Uranga es su segundo apellido), ha publicado ya tres álbumes y un EP. No tiene prisa. Es el camino “trotero, de girar por garitos” que ha elegido. Por ahora, ha efectuado parada en las principales salas de España y algún local de México. De allí volvieron hace unos meses. Ella y Txarlie, pareja sentimental y de escenario, visitaron el país por placer y acabaron dando un concierto. “Fue en un garito en el que la gente comía al mismo tiempo. Era raro. Pero vino bastante gente y solo lo habíamos anunciado por Facebook un rato antes”. Que tienen fans mexicanos ya lo sabían. Su canal de YouTube están cuajado de comentarios escritos desde el otro lado del Atlántico pidiendo una gira. “Fue de un día para otro. De repente nuestros vídeos se inundaron”.

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La líder de MäBU lleva vestido-camiseta de American Vintage, sujetador de Intimissimi y abrigo masculino de cashmere de Emporio Armani. En la foto de grupo, María luce vestido camisero de Adolfo Domínguez azul marino.

Cuando no ejerce de rostro y espíritu de MäBU (“lo fundé yo: el resto ha ido cambiando, pero yo permanezco. Por eso es más como una cantautora con banda”), da clases de canto y estudia doblaje. Quiere mantenerse ligada a la voz. Cantando celebrarán el año que viene el décimo aniversario del grupo. Grabarán un disco recopilatorio con colaboraciones. Ya han compartido micrófono con Rayden, Vega, Iseo y Estíbaliz Uranga. Su madre. De ella y de su padre, Sergio, la otra pata de Sergio y Estíbaliz, aprendió a domar el ego. “Me han enseñado a ser una artista. La gente con la que trabajas lo hace por ti y tengo que apreciarlo”.

Otra cosa que aprecia es el queso. Le vuelve loca. Como la música de Bjork, Julieta Venegas y la de Regina Spektor. Ellas y la sueca Maia Hirasawa se escurren en su “pop onírico”. Es la etiqueta musical con la que más cómoda se siente. Si pudiera robarle las letras a alguien, el expoliado sería Jorge Drexler.

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Como en la foto de apertura, marcos, a la izquierda de imagen, viste camiseta de Benetton y pantalón de chándal de Blauer. Jaime lleva camiseta gris y pantalón vaquero, ambos de Guess.

Marcos y Jaime Soto, componentes de Mi Hermano y Yo, también. Se llevarían las composiciones del uruguayo, las de Florist y las de Alejandro Sanz. El ritmo se lo usurparían a James Blake y Kevin Johansen. Si de ellos dependiera, lanzarían a Paul de Chiris al estrellato y se encerrarían en el estudio con Alabama Shakes. Con quienes lo hacen a través de los auriculares es con Ray Charles y Camarón. Ellos vertebran su banda sonora. Marcos (1990) es de jazz y Jaime (1994) de flamenco. “De chico yo siempre me ponía a Camarón, El Vareta y todos los gitanos de las Tres Mil Viviendas y Marcos, a Los Beatles y Marvin Gaye”. Antes de unirse a su hermano, el mayor actuó en grupos y en solitario. La dedicación de Jaime es más reciente. Se dirigía al fútbol profesional, pero una rotura de rodilla le recondujo a la música. Tampoco era asunto nuevo. En casa la música se escapa por las ventanas. Aunque su padre, José Manuel, se dedica a ella de forma profesional, de quien aprendieron fue de su madre. “Mi madre ha sido nuestra profesora de música. Nos enseñó a tocar la guitarra, a cantar a dos voces. Tiene un don. Mi padre también, pero ella nos ha encarrilado. Hay un montón de gente que cree que hacemos flamenquito. No nos importa, pero algunos se decepcionan. Nos gritan: ¡cantad una de vuestro padre! Y mire, señora, no cantamos canciones de nuestro padre. Si no viene más, una menos. Pero, sin obligar, usted mire lo que hacemos”.

Lo que hacen es jugar con el funky, el reggae, el rock y algún condimento del blues. Han condensado el malabarismo en Asómate donde el agua suena, su primer álbum. Lo grabaron en directo en un teatro de Sevilla. Es el ambiente recogido que les gusta. Durante el último medio año han tocado en salas de Madrid y Andalucía, y a lo largo del verano planean ampliar el circuito a lo ancho del mapa español. A la vuelta, grabarán un disco de estudio. Lo harán ellos solos, como hasta ahora. “Casi todo lo que nos llega de grandes discográficas es una broma. Son un véndete. Es más fácil así, podemos hacer lo que nosotros queramos”.

Si no se van de excursión. A veces cogen una mochila y vuelan. Ya han recorrido la India y Vietnam y a punto están de partir hacia Cuba, huracanes mediante. Son impulsos de Jaime. El trabajo de componer, saben, está en una guitarra y una libreta. Marcos le sigue de cerca. De la tecnología se mantiene a distancia. “Va por etapas, pero ahora ni siquiera tengo WhatsApp”. Quien se encarga de las gestiones y de que el botón de Stories lata en Instagram es el benjamín. El tiempo que Marcos ahorra lo invierte en Oscar Wilde (tiene De profundis en la mesita de noche) y Tarantino. O en escaparse al campo y al mar. Eso es cosa de los dos. Para Jaime, “si está lejos de la ciudad y hay un piano y zumo por la mañana, no me hace falta más”.

Su música suena libre, como ellos quieren sentirse. Dos años después del nacimiento de Mi Hermano y Yo, Jaime, voz ejecutiva, ha comenzado a delegar. “Ahora me puedo centrar en componer y cantar. Hemos creado un equipo de gente joven, de colegas, de hermanos, que lo hace todo más fácil”.

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Willy, en segundo plano, lleva camisa de U de Adolfo Domínguez y, como en la foto de apertura, pantalón vaquero de Levi’s. Antón, camiseta de American Vintage y jeans de Zara.

Como el de Taburete. Su séquito es jovencísimo. Por eso el dúo sevillano sintoniza con ellos. A finales de mayo los intérpretes de Sirenas cantaron con Mi Hermano y Yo en la sala Sol. “Es porque no hay tanta gente joven haciendo música”, explica Jaime. “La mayoría tiene más de 30 años”. En la comitiva de Taburete, la mayoría tiene menos. Desde el representante a los músicos, Guillermo Bárcenas (1989) y Antón Carreño (1995) se han rodeado de amigos del colegio y la universidad. Entre ellos, no obstante, se hablan de usted. “Todos los que llegan nuevos se extrañan, pero en cinco minutos ya están hablando así. Es una cosa nuestra, que somos como una familia y a todo el mundo eso le divierte”. Quien dispara la media de edad es Patxi Urchegui, su trompetista y director musical. Tiene más de 50 años y a Joaquín Sabina en el currículum. “Ha sido quien nos ha ayudado a que todas las canciones sean diferentes pero tengan un tono particular”.

Han logrado un sonido compacto y una base de fans sólida. En marzo vendieron las 17.000 localidades del Palacio de los Deportes madrileño. Entre los asistentes se encontraba uno de los managers de Hombres G. Tras verlos en directo, acordaron una gira conjunta que comenzó a principios de septiembre en Valencia. Sobre las tablas, los grupos se intercambiarán las canciones. Cuando la noticia se hizo pública, el diario digital El Español tituló la información con un “los pijos tienen futuro”. “La prensa no se cansa. Primero que si solo éramos hijos de, luego que si pijos, después que si los héroes del big data… Son chorradas. Se leen y ya está”. “No entendemos”, dice Antón, “por qué nos atacan de esa manera. ¿Qué les hemos hecho? Nuestras canciones no son polémicas”. “¡Hasta el ABC!”, exclama Guillermo. “El ABC hablando de pijos. ¿Pero tú sabes quién te lee a ti? Hay cosas que no entiendo. Sí que es verdad que podía haber un nicho. Nos han parado por la calle y nos han dicho: me gustáis porque sois normales, no estrellas con el ego en las nubes”. “Pero luego”, reprocha Antón, “te pasas dos tardes con una periodista, parece que todo va bien y después se pone a hablar del comando pijos a muerte y nos saca las frases de contexto para hacernos parecer idiotas”. “Me hace gracia porque algunos periodistas van dando lecciones de moral”, apunta Guillermo, “ y viendo que actúan así ya se sabe qué tipo de personas son”.

Pero hacen examen de conciencia y de algo se expían. Se arrepienten de conceder entrevistas antes de haber publicado un álbum. Entonces en los titulares solo se trepaba por el árbol genealógico del grupo: Luis Bárcenas, padre de Guillermo; Gerardo Díaz Ferrán, abuelo de Antón. “Es que hablamos con los periódicos como si estuviéramos entre amigos, con naturalidad, y luego pasa esto. Pero al final lo que importa es el poder de las canciones. Es lo que logra que un grupo se mantenga”, señala Guillermo. “Hacía tiempo que no sonaba algo así y yo creo que había ganas de este tipo de música”. Aceptan la comparación con El Canto de El Loco. “La música no se parece, pero la energía en los conciertos, que son muy verbeneros, y el fenómeno fan, sí”. Tras llenar el WiZink sin más publicidad que sus redes sociales y entrar en las listas de la radio, los veteranos les han dado su beneplácito. Además de Hombres G, Guillermo ha colaborado con Antonio Carmona y Café Quijano. Puestos a pedir, en un futuro lo haría con Paolo Nutini; Antón, con Calamaro. A quienes tararean últimamente son el sevillano Beret y el mexicano Caloncho. Eso en casa. En la que comparten. “Siempre está entrando y saliendo gente, así que no nos cansamos el uno del otro. Entre nosotros no ha habido nunca una discusión”. Lo que suena en su escenario son guitarras, ukeleles, quejidos flamencos y trompetas mexicanas. “Siempre he escuchado rancheras y corridos, música de padre.Y mi abuela paterna”, explica Guillermo, “era de Málaga y cantaba flamenco muy bien”. Antes, además, en el escenario sonaban “las castañas”. Es otra cosa de la que se lamentan. “Salíamos a cantar con unas encima... Bebíamos antes de actuar. Hasta que un fan nos mandó un email diciendo que éramos muy buenos, pero que no podíamos hacer eso, que debíamos respeto a nuestro público. Y llevaba razón. Desde entonces, nunca más. Era una crítica, pero constructiva”.

Pretenden ir a disco por año. La universidad es otra historia. A Antón, estudiante de Arquitectura, el último cuatrimestre del curso se le ha atragantado. Estaba trabajando. En febrero pasaron por México D. F., en junio por la boda de Álvaro Morata y en julio por la sala 229 The Venue de Londres. Él se quedaría como está una década más. “Y luego hacemos giras de reunión”. Son conscientes del desfase de sus vidas con las de los chicos de su edad. “Sabemos que somos unos privilegiados”, reconoce Guillermo. “La libertad que tenemos es lo que más valoramos”. Cuando esto acabe, él, principal compositor, querría escribir un libro y grabar una película. Estudió cine en Nueva York tras licenciarse en Empresariales. Sus directores favoritos son Kubrick y Lynch. Twin Peaks es la serie, pero El secreto de sus ojos, de Campanella, es la película. Pronuncia en mayúsculas. Su sueño “de siempre” es hacer cine y tele, pero, por ahora, se conforma con ayudar en los videoclips del grupo. Después del verano se estrenará su primera codirección. “Cuando triunfas en algo, lo mismo te ofrecen hacer de modelo que de actor. Es lo bueno de la música. Te abre puertas”.

Estilismo: Chicho Gavela.
Maquillaje, peluquería y grooming: Helena Liébanas.

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