La serie de la semana: si solo puedes ver una, que sea Gentleman Jack

En los ocho episodios de Gentleman Jack, HBO celebra la vida de Anne Lister, la aventurera y terrateniente inglesa que, a través de sus diarios, alcanzó la etiqueta de “la primera lesbiana moderna”. Suranne Jones se encarga de llenar la pantalla de mordacidad y carisma. A mitad de la primera, ya ha sido renovada para una segunda temporada.

Suranne Jonnes en Gentleman Jack HBO
Suranne Jones, como Anne Lister en 'Gentleman Jack'. HBO.

Anne Lister nació en Halifax. Se fue de Halifax. La vida en el pueblo inglés la asfixiaba como el corsé que debía llevar. Ella lo cubría de negro. Un rechazo sentimental la había vestido de luto. No es que quien le rompió el corazón no la quisiera. Sí la quería. Pero era una mujer. No podía pasar su vida con ella. Un hombre le había propuesto matrimonio. Era ese el camino que debía seguir. El lesbianismo no era una opción. Ni siquiera la palabra existía. La homosexualidad de Miss Lister, Gentleman Jack, no podría cuajar en la Inglaterra de principios del siglo XIX. La ley la prohibía. 

Al armario de Anne Lister llegó el negro. Ella llegó de vuelta a Halifax. Había recorrido Francia, Italia, Suiza. Había viajado y escalado montañas. Había aprendido a jugar a las cartas y a cerrar negocios. Había diseccionado cadáveres, conocido el mecanismo del cuerpo humano y los nombres de las enfermedades. Había estudiado. Había tenido romances con mujeres aquí y allá. Se encargó de dejar cuenta de sus aventuras, las europeas y las sentimentales, en sus diarios. Cada día anotaba algo. En sus cuadernos descorchaba su intimidad sin miedo: había ideado una lengua a partir del griego, el latín y el álgebra. Sus secretos eran indescifrables. 

Hasta 1982. Entonces Helena Whitbread, una profesora en la cincuentena, detectó los patrones. Tradujo los símbolos, los números y las abreviaturas. La vida de Anne Lister llenó los periódicos y las revistas. También lo intentó la televisión. En 2010, una miniserie narró su vida. Pasó sin pena ni gloria. Ahora, con Suranne Jones cediéndole su voz y su piel, la ha coronado. La producción de la BBC escrita por Sally Waywright ha dado con la tecla. En Reino Unido, cinco millones de personas han seguido la serie de ocho episodios. A España llega a través de la misma plataforma que Juego de Tronos o Heridas abiertas: HBO. En el servicio de streaming, cada martes gotea un nuevo episodio de Gentleman Jack.

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Miss Lister y Miss Walker (Sophie Rundle) en una escena de Gentleman Jack. HBO.

Pero cuando Suranne Jones entra en escena, en Gentleman Jack graniza. La actriz, cuyo nombre comenzó a pegarse a la memoria de críticos y público gracias a Coronation Street, algo así como El secreto de Puente Viejo británico, y se fijó tras su papel en Doctora Foster, camina a paso ligero, bastón en la mano y con rizos entubados sobre la sien, y a cada píxel de la pantalla alcanza el carisma y la causticidad. Una musiquita moderna, como del Sherlock de Benedict Cumberbatch, también de la BBC, le marca el ritmo y encadena las secuencias. El humor seco las llena. 

La Anne Lister de Jones ya está de vuelta en Halifax. Con su regreso arranca Gentleman Jack. Miss Lister ha vuelto para administrar Shibden, la casa familiar. Hace tiempo que sus inquilinos no pagan el alquiler y unos vecinos han estado robando el carbón de su padre, medio sordo y medio senil. Debe poner orden. Pero tras otra fisura emocional, las prioridades se le reordenan. Ella se cruza por las calles con los murmullos que se preguntan si la figura de negro es un hombre y a sus ideas se le cruza un objetivo. Ann Walker, interpretada por Sophie Rundle, es joven, huérfana y rica. Miss Lister sabe cómo la mira. A veces ni siquiera le aguanta la mirada. Conquistar su fascinación debería ser fácil. Y lo es. O eso parece. (Y lo parecerá durante algún tiempo más: Gentleman Jack temporada 2 ya está en marcha). 

El origen del nombre

Las hipótesis acerca del mote que perseguía a Anne Lister, explicó Wainwright a Radio Times, se enredan. La más probable es que "Jack" se empleara como sinónimo de "dyke", que, tras servir como adjetivo para los hombres jóvenes bien vestidos, a mediados del siglo XIX evolucionó a insulto: con él se despreciaba a las mujeres homosexuales. Ya en el siglo XX, apunta Paula Blank en The proverbial "lesbian", "dyke" perdió la carga despectiva. Algunos grupos de lesbianas se adueñaron del insulto y comenzaron a autodenominarse con él. Consiguieron anularlo.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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