Sara Aharoni, la escritora de la novela menos 2019 de 2019

En 'El amor de la señora Rothschild', la escritora israelí Sara Aharoni toma impulso en el origen de una de las mayores dinastías europeas y logra la excepción en una novela actual: que el presente no distorsione el pasado.

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Sara Aharoni no ha contado la verdad. No era su trabajo. Si el lector la buscaba, debería haber mirado en el pasillo de textos históricos. El amor de la señora Rothschild es una novela. Solo su raíz está en los hechos. Le interesaban dos: los nueve, de 19, hijos que perdió Gútale Rothschild y las prohibiciones impuestas a los habitantes del gueto judío de Fráncfort en el siglo XVIII. Del Judengasse no podían salir después del toque de queda. Los parques públicos no eran su territorio y en los días de fiesta debían permanecer replegados tras la muralla. Bajo el control francés, recuerda, Fráncfort al fin permitió a los judíos pasear por los jardines de la ciudad. “Tomé los dos hechos históricos y pensé en Gútale y en su madre, en su fuerte deseo de entrar al parque prohibido. Construí un episodio al respecto y cumplí su sueño. Cuando Gútale lleva a su madre al parque, antes de que muera, se demuestra la diferencia entre el libro histórico, que enseña los hechos como sucedieron, y la novela histórica, que llena lo que falta a la base histórica”.

La suya la encontró mientras investigaba sobre el nacimiento histórico de Israel. Su objetivo al comienzo era la información limpia, austera. El amor de la señora Rothschild, admite, sucedió por casualidad. “Visité los primeros asentamientos que se establecieron en Israel bajo el patrocinio del barón Edmond de Rothschild, el famoso filántropo, para escribir otro capítulo de los libros que escribí con mi marido sobre Israel. La visita fue intensa y me despertó el deseo de conocer al barón con más profundidad. Empecé a leer y, mientras más leía, más me apetecía escribir una novela sobre él. Alcancé a su abuelo, Meir Rothschild, que vivía en un gueto judío en Fráncfort y logró pasar de vivir en una extrema pobreza a una gran riqueza”. Decidió volar a Francia. Tras la Segunda Guerra Mundial, el gueto judío se había disuelto en las calles de Fráncfort. Visitarlo era en vano. Con su marido, Aharoni conoció la Gran Sinagoga de París. El rabino se ofreció a organizar un encuentro con el barón David de Rothschild, asiduo a sus servicios. Aharoni lo rechazó. No quería siquiera rozar la posibilidad de que le dictaran qué podía, o no, escribir. Y ella, de todas formas, pretendía hacerlo “desde los ojos de la esposa de Rothschild, quería colocar a la mujer en el centro del escenario. Durante la investigación descubrí que los historiadores habían escrito mucho sobre el fundador y sus cinco hijos, pero muy poco sobre la mujer y sus cinco hijas. Lo lamenté. Profundicé y reuní pequeñas piezas de información. Cada una era como un diamante. Cuando recogí suficientes diamantes construí un rompecabezas de Gútale y descubrí una mujer con cualidades superiores. Era modesta, inteligente, con un gran corazón, generosa, siempre ayudando a quien que lo pidiera”.

En la tercera novela de la escritora Sara Aharoni (Israel, 1953) la historia de la familia Rothschild da impulso a la ficción. D. R.
Entre cuatro paredes

Lo hacía desde la cocina. Allí pasaba sus días. La inmovilidad intrahogareña se había añadido a su forma de ser. La pose del clavo ya era un reflejo. De adolescente, Gútale miraba a diario por la ventana de casa. Buscaba los ojos de un chico de pelo castaño con quien una vez había cruzado la mirada. Se había enamorado, estaba convencida, de Meir Amschel Rothschild. Y él de ella. Sin haber compartido más que contacto visual, el joven pidió la mano de Gútale. Al tercer intento, tras haber logrado la simpatía pública de un príncipe, los padres aceptaron. Gútale pasó de la ventana a la cocina y Aharoni, del punto de vista que comienza a acaudillar series, películas y novelas en 2019: sus actos no se retuercen para ajustarse a los valores contemporáneos.

Su cocina, explica, era su guarida. Entre sus paredes sucedía lo que sucede en todas las cocinas después de las fiestas. Mientras se prepara y recoge la cena, las voces se aflojan, las confesiones se cuchichean. Pelar patatas mientras se habla, razona Aharoni, parece restarle importancia a la revelación. Aligera el peso de las palabras. “Quien quería abrirse a ella iba allí. Tenía un corazón sabio y un gran entendimiento. Por ejemplo, Gútale solía enviar camisas a su hijo Nathan en Londres. Ella sabía que era un hombre muy rico y podía comprar camisas caras allí, pero estaba preocupada por que su hijo hubiera cambiado. Se había puesto en contacto con la alta sociedad y demostraba signos de vanidad. No quería que olvidara de dónde provenía y sabía que cuando la camisa tocara su piel sería imposible que lo hiciera. Era muy importante para mí que la mujer contara qué pasa con la familia. Con ella, además, podía contar mucho más que solo con Mayer. Su esposo estaba en el trabajo y muy poco en casa, casi siempre. Gútale, sin embargo, estaba en la casa y sabía lo que pasaba dentro y fuera”.

Ed. Lumen
En grupo

Fuera, en el gueto, los judíos se apretujaban. La ciudad estaba cercada y la población aumentaba. En las casas se hacinaban las familias. Para que los consideraran humanos, puso Aharoni en boca del primero de los Rothschild, debían antes conseguir dinero. Solo despegarse por completo de la pobreza fijaría su honor. “Hoy esa relación entre dinero y prestigio continúa. Lo vemos en todos los países. No sé cuántos sabrán que la de los Rothschild es ahora una familia rica que empezó desde la extrema pobreza, con muy malas condiciones y que, cuando decidieron cambiar, nunca Amscheld lo hizo solo por sí mismo. No quería traer dinero y honor a toda su familia, sino a toda su comunidad”. 

Ahora, dice, espera que el rechazo concentrado hacia los judíos se haya suavizado. Admite que hay lugares en los que “también sufren, pero quizá no como antes. Tal vez porque tenemos ya un país propio y si uno tiene un problema sabe que tiene un lugar que lo recibe. Quizá esto cambia la situación de los judíos en el mundo. Tenemos un país fuerte, moderno y democrático y con desarrollo en ciencia, agricultura, salud, medicina. Tenemos un país con logros en el mundo. Lo teníamos que hacer para continuar viviendo. Da esperanza”.

 

 

 

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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