Vuelve Woodstock: en su 50 aniversario, el festival regresa

El 16, 17 y 18 de agosto, el festival de música que le cerró las costuras a la década de los 60 regresa. Con su promotor, repasamos el hito de Woodstock.

"El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos", le dice Rick a Ilsa en una de las escenas más memorables de Casablanca. No es difícil imaginar a algún romántico repitiendo la cita en los años 60, dos décadas después del estreno de la película. Porque, en 1969, el mundo asistía a un seísmo político, social y cultural, y muchos se refugiaban en el amor. Nixon presumía de su (aún) reluciente y recién estrenada presidencia de Estados Unidos, el país acaparaba la atención global con la Guerra Fría y la de Vietnam, los pestañeos mundiales recuperaban su regularidad después de ver al hombre pisar por primera vez la luna y los movimientos civiles ganaban presencia gracias a su propio star system. Y, en medio de ese torbellino, cientos de miles de jóvenes paraban la rotación terrestre durante tres días y sincronizaban el planeta con un nuevo compás: el de los temas de Jimi Hendrix, Janis Joplin y demás músicos que cantaban las reclamas de toda una generación.

Ese fue el gran logro del festival de Woodstock, aquellos autoproclamados 3 días de paz y música que en agosto de 1969 consiguieron que muchos se plantearan si no habría que hacer las cosas de otra manera, con menos bombas y más cariño. Un mensaje que quiere demostrar su vigencia este verano durante la edición conmemorativa del 50 aniversario del festival, orquestada, de nuevo, por Michael Lang. El neoyorquino es ahora un asentado productor musical que supera los 70 años, pero en su juventud fue uno de los intrépidos copromotores del evento. Ni siquiera sabía si se recuperaría de aquello, económicamente hablando. En lo personal, haber organizado aquella macrorreunión es una medalla que aún luce con orgullo.

"En Woodstock celebramos la libertad personal y el deseo de construir un mundo más justo y compasivo, y esos valores siguen teniendo la misma resonancia y relevancia a día de hoy", asegura Lang. A pesar de estar inmerso en los preparativos de este remember hippie, para el que quedan menos de dos meses, se presta a contestar unas breves preguntas vía e-mail. Incluso tiene tiempo para recomendar una fuente extra de información: el documental Woodstock, 3 días de paz y música, dirigido por Michael Wadleigh, que quiso capturar el antes y el después del festival.

Fuera de cuentas

"¿Cuántos asistentes esperan?", le preguntaba a un Lang de 25 años el entrevistador de la cinta, que se paseaba como si tal cosa por las tablas del escenario a medio construir. "Unas 200.000 personas", contestaba él. "¿Y cuánto le ha costado montarlo?" "Un par de millones", reconocía con total tranquilidad antes de afirmar, con la misma entereza, que no confiaba en recuperar su inversión.

Los cálculos de Lang y sus socios, Artie Kornfeld y Joel Rosenman, nunca podrían haber previsto el desarrollo del evento, que se saldó con un coste de unos tres millones de dólares de los que ingresaron poco más de la mitad. Y eso que la cifra de asistentes se disparó tanto que ni siquiera se conoce con exactitud. Los cronistas de la época coincidieron en la estimación: más de 450.000 personas se mudaron a esta ciudad efímera. Algunos vecinos de Bethel, el diminuto pueblo del estado de Nueva York que acogió el festival y quedó temporalmente convertido en el epicentro de la contracultura norteamericana, sostenían ante la cámara que la migración había rozado los siete dígitos.

La capacidad de convocatoria impresiona incluso ahora, cuando los macrofestivales están a la orden del día. Económicamente hablando, lo que entonces parecía una fortuna ha pasado a ser una cifra ridícula e impensable para organizar una cita de esas dimensiones. "Los costes de materializar este tipo de eventos se han disparado, al igual que el precio del talento", señala Lang, que después de aquella primera experiencia (y de las ediciones posteriores que organizó en el 94 y el 99 para mantener vivo el espíritu de Woodstock) puede considerarse todo un experto en la financiación festivalera. Aunque algunos números siguen sin cuadrarle.

A menos de noventa días del aniversario, las entradas no se han puesto a la venta. Ni siquiera se conoce el precio y, preguntado por el mismo, el organizador esquiva elegantemente el tema. Hace medio siglo, los tickets se vendieron por 18 dólares. Un precio más que tentador para escuchar a artistas como Richie Havens, encargado del concierto inaugural.

"Mañana, todo el mundo hablará de vosotros. Todo el mundo sabrá lo maravilloso que es esto", vaticinaba el cantante de folk antes de comenzar su show. No le faltaba razón. El efecto psicotrópico que experimentaron los habitantes de Woodstock (unos por el consumo de sustancias y otros por las clases de yoga improvisadas en las zonas de acampada) llegó mucho más allá de la localidad norteamericana. El Daily News y otros periódicos internacionales dedicaron sus portadas al fenómeno. Incluso nuestro NO-DO se rindió ante la congregación, que quedó retratada en los televisores españoles con unas palabras sorprendentemente amables teniendo en cuenta la oposición que suponía con respecto al régimen nacional: "La imaginación soñó nuevas formas de vida, de expansión, de convivencia, de expresión, de hacer aflorar las sensaciones", rezaba el narrador del noticiario.

El eco de Woodstock

Woodstock sigue dando que hablar, pero los motivos son otros. A finales del pasado abril, la prestigiosa revista Billboard publicaba un comunicado de Dentsu Aegis Network, empresa a cargo de la financiación del festival de este año, anunciando su cancelación. En la nota, los responsables expresaban su preocupación por "la capacidad del evento, la preparación del lugar y los problemas con los permisos". Lang no tardó en desmentirlo y empezó a buscar un nuevo matrimonio de conveniencia para sacar adelante el proyecto. Sigue en ello.

Sin embargo, el talante del promotor no parece verse afectado por la amenaza de los números rojos. No sería la primera vez que se topa con ellos. En lugar de amedrentarse por la barrera económica, prefiere centrarse en sus metas sociales. Con problemas como el calentamiento global y movimientos de alcance internacional como Black Lives Matter o Me Too, el pionero considera que el activismo es ahora "más importante que nunca". Y es esa nueva militancia la que pretende reunir, entre el 16 y el 18 de agosto, en Watkins Glen, el pueblecito al suroeste del estado de Nueva York elegido para la ocasión.

Con un cartel encabezado por The Killers, Miley Cyrus y Santana, y la participación de grupos como las Pussy Riot (las activistas rusas encarceladas por cantarle las cuarenta a Putin), esta nueva edición quiere ser un nuevo punto de encuentro para jóvenes con las mismas inquietudes que los de 1969. De hecho, el septuagenario conserva una fe ciega en las nuevas generaciones. "El grueso de la juventud americana sigue representando los valores que defendimos en Woodstock”, aunque no opina lo mismo de los coetáneos transatlánticos: “Es inquietante que muchas naciones europeas estén tomando la dirección de nacionalismos de extrema derecha", aventura.

Pase lo que pase, siempre quedará para el recuerdo la imagen de Jimi Hendrix ataviado con su bandana roja y meneando su chaqueta de flecos en el concierto de clausura. La instantánea ha pasado a la posteridad como el símbolo del festival, pero representa una parte mínima de lo ocurrido durante esos tres días. A pesar de que muchos lo recordarán como una apoteosis de drogas y sexo sin control, todo se desarrolló de manera pacífica, tal como rezaba el eslogan. Se atendieron tantos nacimientos que defunciones (solo dos, una por sobredosis y otra por atropellamiento con un tractor ) y hubo incluso pedidas de mano anunciadas por megafonía: "Marylin Cohen, donde quiera que estés, Greg quiere verte en la caseta de información. Quiere casarse contigo".

Ni siquiera Swami Satchidananda, monje hindú y reconocida personalidad de la Gran Manzana, quiso perder la oportunidad de subirse al escenario y compartir sus reflexiones sobre el papel de Estados Unidos en la espiritualidad mundial. El evento fue, en definitiva, toda una oda a la contracultura y sirvió para evidenciar la profunda escisión de la sociedad norteamericana, dividida hoy por las políticas de Donald Trump.

De ahí que Lang confíe en que el espíritu de Woodstock conserve su vigencia. Respaldan su teoría otros festivales históricos como el de la Isla de Wight o el Live Aid, y actuales como su compatriota Burning Man, heredero de esa voluntad de entendimiento y basado en el trueque, el voluntariado y la expresión artística. Son infinitos los caminos que recorre la música para velar por una sociedad más armónica como la que muchos aspiran a construir, aunque sea de manera efímera, en Woodstock 2019.

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