Los desnudos en el Museo del Prado: cómo un pintor y un mayordomo salvaron la historia del arte

El escritor y jurista Mario Garcés repasa la ausencia de ropa en las obras expuestas en el Museo del Prado y recuerda a los reyes que ordenaron quemar todos los desnudos de la pinacoteca y a los dos rebeldes que decidieron desobedecer sus mandatos.

En los salones del Museo del Prado, una de las mayores pinacotecas del mundo, la historia comprendido entre los siglos XVI y XIX se pinta en las paredes.

Lo habría hecho de forma diferente si no hubiera sido por la desobediencia de un pintor y un mayordomo real. La piel expuesta en sus estancias estaría ahora, en su mayoría, cubierta. Los desnudos habrían desaparecido. Dos reyes, recuerda Mario Garcés, diputado, jurista y escritor, ordenaron quemarlos. Querían que el nudismo se esfumara del museo nacional y de las residencias reales. Un motivo presente en el arte por su relación con la belleza y la armonía, ya desde el período de esplendor grecorromano, habría perdido su rastro en el principal museo de España por una cuestión, se aventura, de cerrazón moral. Y eso que incluso las tradiciones bíblicas invitan a representar el cuerpo humano desnudo. O semi, como Adán y Eva.

Cuándo y quién

Durante la época de los Habsburgo, en el siglo XVI, la rectitud moral, cuentan, se filtró en el arte. No fue así. El propio Carlos I encargó un retrato suyo en el que encarnaba a Neptuno desnudo. Felipe II, por su parte, sentía una notable fijación hacia con el Jardín de las Delicias de El Bosco. Se empecinó en traerlo a España. Lo logró. Cuando se quemó el Palacio del Pardo, la primera pregunta de Felipe III se refería a un cuadro: quiso saber si se había salvado la Venus de Tiziano. Sus descendientes y sucesores en el trono continuaron la tradición. Los borbones, también. Carlos III sintetizó la apertura que lo precedía. Para muchos, recuerda Garcés, representa la aspiración al conocimiento. Para otros, su mito es un anagrama. O sea, un timo. Lo acusan, algunos historiadores, de moralista. Recuerdan que después de tres años en el trono, en 1762, el monarca dio la orden para que los retratos de desnudo que acogían el Museo del Prado y las casas aristocráticas del reino fueran destruidos. Exigió su quema. Tal vez, han aventurado los historiadores, por motivos religiosos. La influencia del confesor real, sospechan, pudo ser determinante.

Los pintores a los que fue encargada la tarea, Raphael Mengs y Alejandro de la Cruz, se negaron a completarla. Consideraron la orden casi una herejía. Se perderían cuadros de Durero, Rubens y Tiziano. Mengs decidió desobedecer. Se llevó las obras condenadas a su casa.

Con antecedentes

No había sido la de los desnudo españoles la primera prohibición artística ordenada por Carlos III. Como rey de Nápoles, durante el desarrollo de las excavaciones de Pompeya y Herculano, ya había hecho de las suyas. Cuando los trabajadores se toparon con un conjunto de estatuas que representaba el cuerpo femenino, el monarca pidió que se ocultaran.

En 1792, Carlos IV retomó la piromanía pictórica de su padre. Quiso que una veintena de pinturas ardieran. El marqués de Santa Cruz, mayordomo del rey, ordenó, por su parte, que en la Real Academia de Arte se construyera una cámara para esconder del rey las obras señaladas por el monarca. Años más tarde, con José Bonaparte, las pinturas pudieron salir de su escondrijo.

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