Pasadizos secretos y cadáveres: los secretos del Congreso de los Diputados

En el Congreso de los Diputados, en Madrid, los pasadizos secretos y los cadáveres empolvados se ocultan tras dos leones de bronce. Mario Garcés, jurista, escritor y político, desvela los secretos del edificio de las Cortes.

Es difícil, señala Mario Garcés, escritor, jurista y político, acercarse a Madrid y no visitar el Congreso de los Diputados. Frente al hotel Palace, en la desembocadura de la carrera de San Jerónimo, dos leones de bronce flanquean uno de los edificios más representativos de la capital. Tras sus seis columnas corintias reside la voluntad popular.

El edificio, recuerda Garcés, fue construido en 1850. Siete años, bajo el reinado de Isabel II, tardó en levantarse. Antes, su sede se encontraba al sur de España. Cádiz acogía a las Cortes. Tras cruzar Despeñaperros, el Teatro Real madrileño ejerció de corazón del poder legislativo.

En la zona que ahora ocupa el Congreso de los Diputados, antes se erigía un convento. La basílica del Espíritu Santo cedió su espacio al actual hemiciclo. En sus 13.000 metros cuadrados las reformas y ampliaciones se sucedieron: consiguieron es estirarse hasta los 73.000.

Pese a lo ahora característico de los leones que enmarcan la entrada principal, no todos estuvieron de acuerdo, en los inicios, con su presencia. Al principio, en su lugar solo levantaron dos pedestales. Con el tiempo, dos felinos se posaron sobre ellos. Eran de yeso. La condiciones meteorológicas se ocuparon de despejar la puerta del Congreso.

Pese a lo ahora característico de los leones que enmarcan la entrada principal, no todos estuvieron de acuerdo, en los inicios, con su presencia. Al principio, en su lugar solo levantaron dos pedestales. Con el tiempo, dos felinos se posaron sobre ellos. Eran de yeso. La condiciones meteorológicas se ocuparon de despejar la puerta del Congreso. Sus sustitutos, de piedra y menor tamaño, no complacieron a los madrileños. Los leones se mudaron al Jardín de Montforte, en Valencia.

Debió llegar el bronce para quedarse de forma definitiva. Las armas fundidas de las guerras africanas se moldearon en la Maestranza de Sevilla para dar forma a los felinos, de nombre, en honor a los héroes de la Guerra de la Independencia, Daoiz y Velarde.

En la plaza de Cibeles, los leones del Congreso encuentran a sus hermanos. Dos animales de piedra, con la pata alzada, tiran del carro de la diosa frigia. Como los de las Cortes, solo uno de ellos tiene testículo. Quizá, aventura Garcés, se trate de una hembra y un macho.

En el interior del Congreso, los 350 escaños se ordenan, en cuestiones de espacio, según el partido mayoritario. Si el presidente, explica el jurista, pertenece a un partido de izquierdas a ese lado se colocará su agrupación. La razón camina hacia el pasado. A, en concreto, 1789: durante la Asamblea nacional francesa, cuando se hubo de decidir la posibilidad de permitir un veto al rey, aquellos a favor se situaron en la derecha. Los que estaban en contra se ubicaron en la izquierda. 

En la profundidad del edificio, revela Garcés entre otras anécdotas, tras una estatua de Isabel II, un pasadizo laberíntico conecta el Congreso con el Palacio Real, el Ateneo y hotel Palace.

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