Baleares: el perfecto destino para disfrutar de las mejores playas, calas, paisajes y gastronomía

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Desconectar en la playa, en una cala perdida, en sus pueblos con encanto o en un restaurante exquisito, es posible en las Islas Baleares.

Esencia isleña

Cala pregonda
Cala Pregonda ; Foto: Gonzalo Azumendi

Rara avis del Mediterráneo, Menorca es mucho más que sus calas de ensueño. La recorremos de punta a punta a golpe de gastronomía, tradiciones y paisajes.

Tranquilidad. Caminos rurales flanqueados por paredes de piedra y silencios cómodos. Un inmenso y calmado mar turquesa que nada tiene que envidiar al del  Caribe o el Sudeste Asiático, y que contrasta con los campos verdes del interior. Un turismo todavía sostenible que se despliega por casi 200 kilómetros de rutas para ser recorridas a pie, a caballo o en coche, esa máquina casi siempre imprescindible para conocer, de punta a punta, todos los rincones de este singular paraíso. Eso y más es Menorca, una isla prodigiosa que por algo en 1993 la UNESCO declaró Reserva de la Biosfera.

En este marco envidiable, tan alejado de esas otras masificadas y encementadas costas mediterráneas españolas, manda lo local. Las tradiciones, la gastronomía y las especies autóctonas sobreviven con fuerza frente a lo foráneo, y ahí radica su encanto. Aquí pastan las vacas frisonas blancas y negras, o las menorquinas pardas, que se encienden casi rojas al sol de la tarde. Una escena habitual cuando uno conduce con el ánimo de descubrir la isla. Esos animales que observan indiferentes nuestro paso son los responsables de uno de los manjares de la isla: cuadrados y de bordes redondeados, con un color que varía entre el blanco y el amarillo, los quesos de Mahón tienen un sabor suave, a la vez que algo salado.

A pesar de su nombre, se produce en toda la isla y no solo en la capital, y debe su Denominación de Origen a que en el siglo XVIII, con el auge del comercio marítimo, se dedicaron en exclusiva cuatro barcos para transportar el queso que sería vendido en otros rincones del Mediterráneo. Las naves zarpaban del puerto de Mahón, y el nombre que recibía el cargamento era el de su lugar de procedencia. En 1998, y tras casi 15 años con esa nomenclatura oficial a cuestas, la denominación se amplió de forma más justa y pasó a ser Mahón-Menorca

Sabores

Cala Binibèquer
Cala Binibèquer

Es un orgullo para los habitantes de Mahón tener uno de los puertos más bellos del mundo, crisol de culturas y motivo de luchas por tener su control. Era un lugar idóneo para el desembarco de las flotas, y con ellas también una parte de su costumbres descendían de los barcos. Fenicios, griegos, cartagineses y romanos, turcos… Hasta ejércitos franceses y británicos recalaron en la isla. Estos últimos la ocuparon en el siglo XVIII y, aunque para alimentar sus cuerpos tenían queso, los miles de soldados también necesitaban una solución para elevar el espíritu. En aquella época, la ginebra era la bebida que causaba furor en Inglaterra. Unos artesanos locales dieron con la tecla: introduciendo bayas de enebro en el aguardiente que producían podrían adaptar esta bebida norteña al clima de Menorca. Y así lo hicieron.

En el mismo puerto podemos visitar y degustar Gin Xoriguer, conocida como la marca del molino y todo un icono asociado a la isla. La mezcla más popular en la que se utiliza, y quizás la más exquisita, es la pomada menorquina, elaborada con una parte de ginebra, dos de limonada casera, hielo picado y hojas de menta para decorar.

Raro es no acabar las noches de verano ante un vaso fresquísimo en las terrazas de Mahón. O en el puerto de Es Castell, que situado en la entrada de la ensenada, debe su origen a la defensa de este punto estratégico con el Castell de Sant Felip como baluarte. La huella de los británicos queda también presente en el urbanismo del cercano Fort Marlborough, con calles que desembocan en el puerto de Cales Fonts, un antiguo muelle de pescadores con veleros, llaüts  (barcas de pesca tradicionales) y deliciosas terrazas en las que sentarse y ver salir la luna justo enfrente, sobre la isla de Lazareto, sintiéndote como un oficial británico de hace tres siglos.

Ciudadela

Cala Galdana
Cala Galdana ; Foto: Gonzalo Azumendi

"Que les den pomada", debió pensar Richard Kane, primer gobernador inglés de la isla, cuando disgustado por el poco aprecio del pueblo de Ciudadela a su invasión, trasladó la capitalidad de Menorca a Mahón. La ciudad se aisló para preservarse como la más bella de la isla, y su puerto, sus edificios señoriales o sus palacios de interés histórico como Ca'n Saura o la catedral gótica, acogen hoy a los visitantes cercados por sus calles antiguas y adoquinadas con casas blancas de paredes gruesas y ventanas asimétricas.

Cada San Juan, Ciudadela estalla de una particular manera. Su nombre lo dice todo: Jaleo. Caballos y jinetes perfectamente ataviados con sus ropajes se presentan ante una multitud que año tras año les espera muy animada mientras baila, canta y jalea y los protagonistas galopan, lanza en mano,  con un claro objetivo: ensartar una anilla. Lo mejor es que tal hazaña no se celebra solo a finales de junio, ya que se repite durante todo el verano en las diferentes fiestas de cada pueblo.

Menorca siempre ha estado estrechamente ligada a sus caballos. A principios del siglo XIV, el rey Jaime II obligó a los habitantes que poblaban la costa a tener preparado un caballo armado y vigilante para defenderla de posibles ataques. Así nació el Camí de Cavalls, una de las sendas más populares formada por 185 intrincados kilómetros que rodean la isla, divididos en 20 etapas a través de las cuales descubrir Menorca. Alguna, incluso, con final en el mar.

Una de ellas, al sur de la isla, desemboca en Cala Macarella, una playa con forma de U, de agua turquesa y arena blanca, rodeada de acantilados, y casi siempre, de turistas. La alternativa es su hermana pequeña, Macarelleta, a solo 10 minutos andando por una de las rutas. Eso sí, no es apta para perezosos. Llegar temprano es la única manera de asegurarse un trozo de arena en la que estirar la toalla. Pero hay más opciones: Cala Galdana, quizás la más familiar y ordenada de todas; Cala Trebaluger, de acceso complicado y por tanto, menos concurrida, o Escorxada, muy salvaje y a cinco minutos de Cala Fustam. Quedarse solamente con una es imposible, pero por qué elegir cuando se puede ir cada mañana a una. Añade a la lista de imprescindibles Cala Turqueta, Son Saura, Binibéquer, Cala Pilar, Pregonda y Tortuga. Pocas veces habrás visto una selección igual.

Más que aplausos

FARO PUNTA NATI

Tras la caminata y el baño, el ritual: ver el atardecer. Si en tu paseo has llegado al norte de la isla, coge sitio en el bar del faro de la playa de Cavalleria. Si estás en el noroeste, más cerca de Ciudadela, tu lugar es Punta Nati, cuyo faro le está robando la hegemonía al anterior con un público entregado que regala sistemáticamente aplausos al caer el sol. Aquí no habrá aperitivo que tomar, pero sí burros autóctonos campando a sus anchas.

Y menos popular, porque no está orientado al atardecer, pero le rodea un paraje espectacular, es el faro de Favàritx. Está al noreste, vigilando la salida del sol, erguido como un centinela que vigilase el Parque Natural de S'Albufera, una espectacular laguna formada por 5.000 hectáreas en las que conviven una singular flora y fauna y en la que también es posible hacer senderismo. Dice la leyenda que quien camine por estas aguas las noches de luna llena se empapará de la energía de la luna y el mar.

Si la costa es espectacular, el interior de la isla, más íntimo, es igual de cautivador gracias a sus pueblos, costumbres y gastronomía. De nuevo, toma uno de los caminos de caballos, esta vez el que unía Mahón con Ciudadela y que lleva el nombre del gobernador Kane. Esta carretera estrecha, de 20 kilómetros de largo y salpicada de tramos por los que no pasan dos vehículos a la vez, atraviesa parte de la isla por el centro. Puedes recorrerla en coche, bicicleta, a lomos de caballo o incluso andando, dada su baja dificultad. Hoy en día solo se conserva parte del camino, el que conecta Es Mercadal con Mahón, pasando por Alaior. Suficiente para dejarse llevar por la tranquilidad que inspira esta isla de paisajes armoniosos y tradiciones sosegadas. Un lugar donde dejarse atrapar por un vida más razonable, pero rodeada de tesoros.

GUÍA

GUÍA

DORMIR

  • Hotel Torralbenc

La arquitectura del siglo XIX y el buen gusto de esta finca son lujo y autenticidad. Para un momento y reserva habitación (con vistas). torralbenc.com

  • Barceló Hamilton

Ubicado en Es Castell, su impresionante terraza sobre el mar se ha convertido en un place to be mañana, tarde y noche. barcelo.com

COMER

  • Es Cranc Pelut

Sumérgete en la gastronomía local con una buena caldereta de langosta, típica de la isla. Aquí la bordan. Gumersindo Riera, 98. Fornells. 971 376 743

  • Mercado de pescado de Mahón

Paséate por sus puestos y elige la pieza que más te atraiga para comer, allí mismo la cocinan. Pregunta por sus especialidades y disfruta de ellas en mitad de la algarabía local. Plaza de España, Mahón.

  • Pastelería Cas Sucrer

Abrieron sus puertas en Es Mercadal en 1884 y desde entonces son famosos por sus ensaimadas. Ahora venden también online. cassucrer.es

PLANES

  • L'Hort de Sant Patrici

Quesería, bodega y también museo de tradiciones menorquinas donde sentarse relajadamente a tomar un vino. El queso es aperitivo obligado.

  • Palacio Oliver

Esta casa señorial es hoy un museo especializado en los siglos XVIII y XIX, especialmente en el periodo de la dominación británica. Fantástica terraza sobre los tejados. Anuncivay, 2. Mahón.

  • Isla de Lazareto

Es el lugar perfecto al que escaparse en una excursión en barco. Allí encontrarás una antigua fortaleza sanitaria en la que aislaban a leprosos e infectados. lazaretodemahon.es

  • S'Albufera des Grau

Parque natural a unos dos kilómetros de Mahón, idóneo para pasear tras una jornada de playa y turismo. Termina la visita tomando un vino en Grau, su pintoresco y agradable pueblo. Carretera de Maó a Es Grau, Km 3.5

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