Si el Caribe está en tu lista de deseos, este es el destino ideal para comenzar

Al este de la República Dominicana, el amanecer madruga y las horas se dilatan. En Cap Cana, 'il dolce far niente' pisa por arenas blancas. Con esta guía, lo único que deberás hacer en tu primer viaje al Caribe será aplaudir las bachatas en directo del bar.

cap cana caribe
Durante medio año, entre junio y diciembre, la temporada de ciclones encapota el cielo de la República Dominicana. Casi a diario, los relámpagos arañan el cielo y, tras la aparición de rigor, se esfuman y dejan pasar al sol.

Al este de la isla de La Española, en la República Dominicana, una mujer vestida de negro canta una bachata. Los gorgoritos, suaves y pulidos, intercalan recuerdos de celos y promesas quebradas. Junto a la barra de Helios, el club de playa del hotel TRS Cap Cana, dos camareros bailan. Entre comandas, un tercero boquea las letras de la canción. De golpe, las notas cambian. La mujer dilata las vocales de un cumpleaños feliz. Una de las camareras se hace mayor. Los huéspedes aplauden. Es lo único que van a tener que hacer en toda su estancia.

En Cap Cana todo está servido. Los mayordomos, uno asignado para cada grupo de huéspedes, recorren el recinto del hotel tomando notas en el cuaderno que llevan bajo el brazo. Esperan en el rellano de la escalera para ofrecer toallas refrescantes que alivien la humedad. Aparecen tras la columna de un restaurante y junto a la barra del bar integrado en la piscina para asegurarse de que las copas rebosan. La disponibilidad es plena. Lo que el invitado desee, el invitado obtendrá.

El lujo ha construido Cap Cana. En un par de décadas, una fortaleza de murallas melocotón se ha elevado al este de la isla. Los controles de seguridad se escalonan entre bulevares despejados y amplios. Conducen al embarcadero, a la zona residencial, al club ecuestre y a los complejos hoteleros. En busca del mar, el césped aparece. Aquí la arena se controla y redondea. En ocasiones luce una bandera triangular. En este campo de golf, el Punta Espada Golf Course, los 18 hoyos bordean aguas celestes y turquesas. Para que la arena pierda forma y modales, el paseo, mejor motorizado, debe continuar hasta Playa Juanillo.

Pueden llamarme Juanillo

Cuentan que era pelirrojo. En que era sajón coinciden todos. Cuando el marinero arribó a la puntita de República Dominicana, no hablaba ni una palabra de español. Los locales lo llamaron John. Little John, en ocasiones. Les divertía colgar el adjetivo de los hombros de un hombre tan recio y robusto. Cuando hubo aprendido castellano, pidió que lo llamaran Juanillo. La playa que lo saludó en mitad del mar Caribe asumió su nombre.

Lo que aún repele el lugar son las aglomeraciones. En las playas privadas de los hoteles, la arena se abre a los turistas. A los que las alcanzan. Las pulseras de todo incluido se quedan con frecuencia en la piscina. Las que tocan la costa encuentran playas de arena blanca, densa y compacta como harina húmeda, y orillas de coral. Los chamizos que ejercen de bares y las barcas de pescadores, rojas y azules, animan la paleta de colores. Los paladares solo necesitan de los cocos que vienen y van a la cocina.

Aquellos están presentes en recepciones y bienvenidas. El mamajuana lo está en la boca de los guías turísticos. En la mezcla de ron, raíces maceradas, vino y miel, aseguran los dominicanos, se esconde el mayor afrodisíaco natural de la zona del Caribe. Hablan del licor nacional a recién casados y grupos de amigos que prolongan, antes de la boda, la soltería. Aquí los niños no suelen llegar. En hotel de TRS, el cartel de 'solo adultos' cuelga de la puerta.

Un origen de película

En Punta Cana, a menos de una hora en coche, los niños pueden agitarse sin llamar la atención. En sus resorts, grandes como ciudades de provincias pequeñas, con capacidad para millares y con más de una decena de restaurantes en el interior de los recintos, las familias pasean de la piscina a la mesa. La cinta en la muñeca ordena la preparación de cócteles, masajes terapéuticos y cenas de orígenes internacionales. Ni siquiera para llegar al spa se necesita caminar. Un cochecito recoge a los huéspedes y, como en el caso del Grand Palladium, los deja en la puerta del balneario. Sus músculos hoy los moverán otros. El ejercicio del día consiste en quitarse la ropa.

Frank Rainieri lo había visto antes. Había leído que en Puerto Vallarta, en México, un estudio de cine planeaba la construcción de un gigantesco edificio que, tras el rodaje de una película que tenían entre manos, convertirían en hotel. Le gustó la idea. Estudiaba Ciencias Empresariales y acababa de comprender que los destinos turísticos se crean. A principios de los años 70, antes de cumplir la treintena, el primer hotel de Punta Cana había sido construido. Solo había necesitado convencer a unos inversores estadounidenses para que se arriesgaran con él. Compraron el terreno por 250.000 dólares. Las hectáreas ya tenían nombre. Los indígenas las llamaban Yauya. Él lo reescribió. Veinte años más tarde, Óscar de la Renta y Julio Iglesias se sumaron al negocio. Hoy, los hoteles, el aeropuerto y los campos de golf de Rainieri facturan 5.200 millones de dólares. Dice que a lo largo de 2020 se retirará del proyecto. Sus hijos ya tienen las manos en la masa.

Salidas controladas

Una que permanecerá detrás de las murallas color melocotón. En los complejos turísticos, las excursiones individuales al exterior se desalientan. La seguridad solo está garantizada tras las paredes. Incluso los trabajadores viven protegidos por ellas. Las salidas deben ser concertadas.

La que lleva a isla Saona atrapa solicitudes como si solo el nombre las aspirara. Desde la zona de Altagracia, el área de Cap y Punta Cana, las alarmas de unos 2.000 despertadores se infiltran a diario en el periodo vacacional. Deben llevar a sus dueños al desayuno para que, con el estómago lleno, viajen frescos al puerto de Bayahibe. Un catamarán los espera para hacer buceo y ver estrellas de mar.

La impuntualidad del amanecer logra que antes de las once de la mañana el alcohol haya tocado el fondo de los vasos sin que ninguna ceja se enarque a cambio. En el barco, la fruta natural llega hasta la proa mientras el ayudante del capitán, con pellizcos de sándwich, juega a chinchar a las gaviotas, atentas a las migas como un perro a un bumerán. Más de medio millón de extranjeros al año raspa los parches de azul klein y turquesa que tejen el mar Caribe. En las embarcaciones cercanas, la bachata se saltea con reguetón. Suena suave y pegajoso. Como pasan las horas cuando se hace nada.                                     

Guía de viaje

hotel TRS CAP CANA
En el hotel TRS Cap Cana todo está servido. Los mayordomos, uno asignado para cada grupo de huéspedes, recorren el recinto del hotel tomando notas en el cuaderno que llevan bajo el brazo.

Dónde dormir

Los techos son altos y la temperatura de sus habitaciones, bajísima. Pero tú tienes el control del termostato. Y el de la hamaca de tu terraza que cuelga sobre la piscina. En el TRS Cap Cana, los niños no entran. Las únicas voces altas que oirás serán las que entonan una bachata desde el club de playa.

 

Dónde comer

En cualquiera de sus tres restaurantes. El Gaucho trae al Caribe la cocina de Argentina. Izakaya, la de Japón. En Capricho y en Helios, de inspiración ibicenca, se cuelan los platos mediterráneos. No necesitas reservar ni hacer cola. La única llamada que debes hacer es al spa. Y si lo deseas, tu mayordomo se encargará de hacerla por ti.

 

Cómo llegar

La compañía aérea Evelop ofrece vuelos directos desde Madrid a precios razonables. En solo diez minutos en coche, habrás llegado a Cap Cana desde el aeropuerto dominicano.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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