Cinco cosas que gracias a Simonetta Agnello Hornby hemos aprendido sobre los londinenses

La lectura de este libro es tremendamente recomendable, al igual que lo son todos los libros que edita Gatopardo Ediciones (gatopardoediciones.es), una editorial relativamente nueva, que en poco tiempo se está afianzando en la publicación impecable (buen papel, traducciones excepcionales -a Agnello Hornby la traduce Teresa Clavel- gráfica austerra y de bueníssimo gusto...), de libros de viajes realmente especiales. Gracias a la transcripción de algún passaje de este texto conoceremos mejor el carácter de los londinenses. Eso sí, la lectura de este libro tiene un peligro que debemos advertir: después de leerlo te entran unas ganas imparables de salir corriendo hacia el aeropuerto rumbo a Londres.

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La portada del libro, Mi Londres, de Simonetta Agnello Hornby editado por Gatopardo Ediciones

1-Los londinenses organizan las casas por dormitorios, no por habitaciones:

«Las relaciones con las agencias inmobiliarias resultaron dificultosas desde el principio porque no hablábamos el mismo lenguaje. Yo quería una casa que tuviera como mínimo siete habitaciones; ellos, en cambio, me preguntaban cuántos dormitorios deseaba, una pregunta, en mi opinión indiscreta.

-Eso da igual, ya decidiremos después dónde dormir, pero quiero siete habitaciones. Además de los lavabos.
-Debe decirme cuántos dormitorios quiere, señora.  Aquí se hace así.
-¿Y si le digo que quiero dos?
-Le sugeriría que buscase un cuatro piezas.
-¡Pero yo la quiero más grande!
-Entonces debe decidirse por una casa con más dormitorios.»

2-Los londinenses se parecen más a los (antiguos) romanos de lo que pudiera parecer a primera vista:

«En la City se establecía entre empleados y directivos la misma relación de interdependencia que existía entre patricios y plebeyos en la antigua Roma: el bien común dependía de la colaboración entre ambos grupos, un conflicto entre ellos lo comprometería. El East End proporcionaba obreros y empleados dispuestos, competentes y bien formados en excelentes escuelas estatales. La clase alta, educada en los espartanos colegios privados, las public schools, poseía una ética del trabajo igualmente sólida. Sólo los hombres que ocupaban los puestos más altos -mujeres no había- podían permitirse una vida relajada: hacer largas pausas para almorzar en los mejores restaurantes (los llamados liquid lunches, en los que se bebe mucho y se come poco) y ausentarse del despacho cuando se celebraban las carreras de caballos en Ascot  o las partidas de críquet en el Lord's; no en el Oval, el campo de criquet situado en el sur de Londres, no muy lejos de Brixton, donde jugaban los equipos nacionales caribeños e indios y que, por lo tanto, ellos desdeñaban. Todos los demás trabajan duro. Y estaban bien pagados. Cualquiera podía confiar en hacer fortuna: la City premiaba a quienes tenían talento y aspiraban a tener éxito.

3-Los londinenses nunca levantan la voz (a no ser que estén animando a su equipo de fútbol o a su pura sangre favorito):

«En Inglaterra los abogados, tanto en los tribunales como en las negociaciones, hablan siempre en el mismo tono de voz y, sobre todo, no la levantan nunca. Las frases indirectas son mejor recibidas que las directas; es preciso hacer creer al adversario que es competente, que sus propuestas son buenas y que sus argumentos legales son impecables, pero que, lamentablemente, los nuestros son mejores. En las negociaciones y el contrainterrogatorio, una vez que el adversario ha expuesto su versión de los hechos, en lugar de replicar: "¡No es verdad!", se contraataca con un … "You may well say that, but…"»


4-Los londinenses están orgullosos de ser londinense.

«Los habitantes del sur de Londres no conocían a los del norte, salvo que  se encontraran en el trabajo, y viceversa. Podían haberse comportado como completos extraños y, sin embargo, eran y se sentían semejantes. Y londinenses.

Underhill Road se halla a ocho kilómetros del centro, pero Doris, una viuda sexagenaria que vivía tres casas más allá de la nuestra, y me ayudaba en las tareas domésticas y cuidaba de los niños cuando era necesario, sólo había cruzado el Támesis una vez: el 8 de mayo de 1945, el día de la victoria contra los alemanes».

5-A los londinenses les gusta mucho el teatro y no se visten especialmente cuando van como espectadores a ver un espectáculo.

«La verdadera alma de los londinenses se revela en el teatro. Este pueblo tranquilo, que no habla en los vagones del metro, que hace cola en silencio, que responde con un automático sorry cuando lo empujas o les dan un pisotón, sin una queja ni un reproche, de vez en cuando necesita abandonarse a la farsa (…) y dejar a un lado el recato de la vida cotidiana (…). Los londinenses van van al teatro directamente desde el trabajo, sin pasar por casa. A diferencia de los espectadores de provincias y del resto de Europa, no se acicalan: ir al teatro se considera una actividad corriente, cotidiana. En Londres, la cultura no es un lujo reservado a una élite».

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