11S, cuando las heridas se curan

Este año se han cumplido 15 de los atentados a las Torres Gemelas que cambiaron el mundo. Hoy, esta parte de Nueva York recupera su esplendor con el permanente recuerdo a las víctimas. Así es la antigua zona cero.

11S, cuando las heridas se curan

Están corriendo. No por sus vidas, como lo hizo la gente en este mismo lugar hace 15 años, cuando en Manhattan ardían las Torres Gemelas, que se derrumbaron poco después como castillos de naipes. Pero tampoco corren por la victoria. Corren porque cada uno de ellos perdió a un ser querido: compañeros de trabajo, amigos, familiares. En el maratón conmemorativo del 11 de septiembre corren por sí mismos y contra el dolor que todavía arde en el alma, en algunos casos, como el primer día. Los corredores han escrito los nombres de sus familiares y amigos fallecidos sobre los dorsales de color azul celeste. Cerca de la meta, un grupo de bomberos extiende sus brazos hacia los corredores para saludarlos o los animan aplaudiendo.

Una de los muchos que acaban de cruzar la línea de meta es Linda Maurer. Sobre su camiseta gris, debajo de la inscripción '9/11 Memorial Run/Walk', se lee: “Por mi hermana Jill”. La hermana trabajaba como oficinista en la torre sur cuando el primer avión se estrelló contra la torre norte. Por casualidad, Linda estaba en la calle y vio la primera torre arder. Sabía que su hermana menor estaba atrapada en la segunda. Linda dice: “El problema fue que dijeron que se estaba seguro en la torre sur y que todo el mundo se quedara”.  Pero, 17 minutos más tarde apareció el segundo avión e impactó contra el piso 78 de la torre sur, precisamente donde estaba la oficina de Jill. “Me fui a casa. Pero la llamada que todos esperábamos, la llamada aliviadora de mi hermana nunca llegó”. Y explica: “Trato de desterrarlo al rincón más recóndito de mi cerebro. Pero el recuerdo siempre está ahí. No puedo reprimirlo”. Y a media voz añade: “He corrido por los niños. También por Jake, el hijo de Jill. Solo tenía 10 meses cuando perdió a su madre. Quiero que los niños aprendan y no olviden. Tenemos que mantener vivo el recuerdo para las generaciones futuras. Deben saber lo que ocurrió”.
Unas pocas manzanas más allá, en medio del apacible barrio de Greenwich Village con sus casas adosadas de ladrillos rojos del siglo XIX, se encuentra el puesto de bomberos número 18. Adrienne Walsh está sentada en el cuarto de estar. Mientras la bombera espera la próxima misión, su mente evoca imágenes y recuerdos de los atentado. “Es como si hubiera ocurrido ayer. No logro superarlo. Es una herida sobre la que se ha formado una costra. Apenas pienso que se ha curado cuando, sin querer, rozo la puerta, la costra se abre y empiezo a sangrar de nuevo. Sé que será así durante toda mi vida”.

Lenguas de fuego

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Oficialmente, Adrienne Walsh no estuvo de servicio el 11 de septiembre. Iba en coche por Manhattan camino de un curso de capacitación cuando empezaron a llover papeles blancos. Miró hacia arriba y vio que tres pisos de la torre norte del World Trade Center estaban en llamas. Lenguas de fuego se asomaban por las ventanas rotas. Gente desesperada se tiró de los pisos superiores. Se alzaron gigantescas humaredas. Fue entonces cuando Adrienne Walsh vio la segunda explosión. “Es la mayor tragedia que jamás he visto. Una catástrofe sin precedentes. Me dirigí a mi puesto de bomberos lo más rápido que pude, cogí mi equipo y me subí a un coche del cuerpo. Con 12 personas, llevaba el doble de gente que en una misión normal. No había espacio suficiente en el interior del vehículo. Algunos nos subimos al techo y nos agarramos. Cuando pasamos por el ayuntamiento, el cielo había desaparecido. Solo había humo oscuro”, recuerda con amargura. 

Minutos después, los bomberos pararon enfrente de la torre norte que estaba en llamas. Adrienne cogió una mascarilla y miró hacia arriba. “Allí había una nube negra de 110 pisos de alto. Giraba alrededor de sí misma y se nos acercó como un tornado a toda velocidad. Les grité a mis compañeros: ‘¡Corred!’.  Cuando cayeron las primeras vigas de acero y fragmentos de hormigón delante de nuestros pies, ya no pude ver nada. Una oscura nube de cenizas nos envolvió como una avalancha y me lanzó contra el marco de una puerta". Y continúa: "La torre de 521 metros de alto voló por los aires en cuestión de segundos. Nos rodeó una oscuridad total. Reinaba un silencio sepulcral. Entonces supe que nadie había sobrevivido. Todos estaban muertos. Se han pulverizado y nosotros los hemos inhalado. No quedaba nadie al que pudiéramos ayudar. Y cuando sopló el viento no pudimos cogerlos. Desaparecieron".

Adrienne Walsh mira por la ventana. Después de guardar silencio durante un momento, continúa: “La política ha utilizado la tragedia. Como neoyorquina sé que la política tiene un lado oscuro. Para nosotros es importante que recordemos lo que pasó y que enseñemos a generaciones futuras a respetarse mutuamente. Todo eso fue causado por el odio. Por eso tenemos que enseñar a la gente a ser más tolerantes. Y tengo que contar mi historia para contribuir a un mundo mejor”.  

Los efectos secundarios

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Ground Zero o zona cero es un término que los militares utilizan para denominar el centro de una devastadora explosión. Treinta edificios desaparecieron para siempre. Casi 3.000 personas murieron durante los atentados; otros miles, por las secuelas. Gente que había inhalado el polvo, que contenía amianto y dioxina, sufrieron primero 'tos de Ground Zero' y después cáncer. Al menos 20.000 ayudantes han recibido tratamiento médico desde ese día, y el doble se somete regularmente a exámenes de prevención. Meses después de los atentados, muchas viviendas eran inhabitables por gases y polvo. Desde entonces, Ground Zero es el nombre con el que la fosa común y el barrio convertido en polvo y cenizas han entrado en la memoria colectiva de la humanidad.  

Es un día lluvioso y Leokadia Glogowski recibe a un grupo de visitantes de origen muy diverso. Nacida en Polonia, Glogowski dejó su patria durante la Guerra Fría y huyó a Nueva York. Una vez a la semana trabaja como voluntaria en el 9/11 Tribute Center. El centro es una organización sin ánimo de lucro que ayuda a los familiares de las víctimas de los atentados. Su misión consiste en reunir a afectados y visitantes y crear una comunidad 9/11. Cada vez que Leokadia hace de guía en el 9/11 Tribute Center, la superviviente comparte su historia personal de ese día con personas del mundo entero. Es una terapia para sí misma.

Junto al monumento a los bomberos muertos, Leokadia cuenta su historia: “Mi trabajo estaba en el piso 82. Fue una mañana soleada. No había ni una nube. Un momento de paz y silencio roto por una enorme explosión. El vuelo 175 de United Airlines había impactado seis pisos encima de donde estaba. La torre se inclinó hacia la izquierda y pensé que se iba a derrumbar. Un compañero de trabajo gritó: ‘¡Salid de aquí, enseguida, todos fuera!’”. Segundos después, Leokadia cogió su bolso y abrió la puerta a la escalera. Se topó con un muro impenetrable de humo negro. Gritos. Fuego. Y recuerda: “Pensé que era el fin. Voy a morir. Después me puse a rezar y reuní todo mi valor”. Bajó 82 pisos corriendo por las escaleras. Una vez fuera del edificio, no paró hasta cinco minutos después. Se dio la vuelta y en ese momento la torre sur se derrumbó. 

A voz de los testigos

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A buen paso, Leokadia lleva al grupo por la Plaza de la Memoria hacia dos estanques. Reconoce que “quiere ayudar a otras personas que tal vez se encuentren algún día en una situación donde tienes que ser fuerte en medio de la desesperación. Quiero darles ánimos con mi historia”. Hace un gesto hacia el fondo del estanque. Allí donde se encontraban los pilares de las torres gemelas, ahora el agua se desploma nueve metros y cae sobre placas de granito negro. Sobre los bordes de las dos piletas se alza una balaustrada de placas de bronce oscuras, que llevan inscritos los nombres de las 2.977 personas que perecieron en el atentado. Abajo, en el Museo 9/11, los visitantes escuchan las voces de mujeres, hombres y niños. Recuerdan a las personas que han perdido en el atentado: “Mi maravillosa hija Jessica, mi querido hijo Jason, mi padre Michael Joseph Cunningham”. Unos pasos más allá, las paredes están cubiertas de fotografías de todos los que murieron esa mañana. Cerca del museo está el puesto de Harry Roland. Cada día llama la atención de niños y adultos con rimas melódicas. Algunos lo llaman 'el hombre historia', otros lo conocen como el 'hombre del World Trade Center'. “Aquel día cambió la historia, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Nada es como antes –dice Harry–. Desde entonces estoy aquí”. Como testigo ocular de los acontecimientos, Roland quiere enseñar a la gente –y sobre todo, a los niños– la historia, la tragedia y las consecuencias de los atentados. 

No lejos de Roland, Gary Marlon Suson ha creado un museo privado en el que ha reunido fotos y objetos hallados entre los escombros. Es su  manera de superar el trauma. Cuando le preguntas cómo cambió su vida el 11 de septiembre, Gary responde: “Hay muchas cosas que me dan ganas de gritar". Gary era fotógrafo de moda y tenía cerca su estudio de fotografía. Como quiso plasmar los sucesos con su cámara, no tuvo nada más que salir a la calle porque vivía al lado de  las torres. Al final, apenas le dio tiempo para fotografiar porque comenzó a ayudar a las víctimas y a los bomberos que buscaban supervivientes entre los escombros. Días después recibió una llamada del jefe del sindicato de los bomberos de Manhattan, Rudy Sanfilippo. Había visto sus fotos y le habían hablado de cómo Suson ayudó a sus compañeros. Le preguntó si quería documentar por encargo del sindicato los trabajos de despeje en Ground Zero. Aunque el trabajo no estaba remunerado, Suson aceptó. Durante los siete meses siguientes trabajó 18 horas al día. Sus fotos muestran a bomberos buscando restos humanos durante las tareas de desescombro, a bomberos asistiendo a entierros... Muestran a hombres y mujeres al borde del agotamiento, a menudo con la mirada vacía, es la 'mirada de la zona cero'.   

Todos vigilados

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Día y noche, helicópteros sobrevuelan la Memorial Plaza ante el nuevo One World Trade Center en el corazón de Manhattan. El edificio está vigilado las 24 horas: hay coches de policía en los cuatro lados de la plaza, que es como cinco campos de fútbol. Tiene 92 farolas dotadas con cámaras de vigilancia: en puntos estratégicos cuelgan esferas de cristal con cámaras teledirigidas capaces de girar 360 grados. Unidades antiterroristas fuertemente armadas patrullan el lugar. Las cabinas de los vehículos telescópicos de la policía se pueden convertir en torres de vigilancia en cuestión de segundos. Fuerzas especiales con unidades caninas rastrean el recinto en busca de explosivos. Y los muchos agentes de paisano entre los miles de turistas solo llaman la atención porque algunos están disfrazados de obreros y llevan zapatos limpios. A ellos se suman los vigilantes de seguridad del museo y del Centro de Conmemoración Once de Septiembre con sus uniformes azules. El edificio más costoso del mundo es al mismo tiempo el más vigilado. 

La nueva plaza es un trapecio de 6,5 hectáreas de superficie. Allí están naciendo siete World Trade Centers. Tres ya están terminados, dos se están construyendo actualmente; otros dos, en fase de planificación. Uno de los primeros en concluirse fue el número 1 o 1WTC, One World Trade Center, en 2014. Desde lejos, el gigante vítreo sobresale en la silueta de Nueva York, alzándose 541 metros (1.776 pies, el número coincide con la fecha en que Estados Unidos declaró su independencia). Sus ventanas reflejan el cielo. Imagen y reflejo se funden cuando miras al cielo, de manera que la torre parece infinita. Y esa fue la intención de los arquitectos Daniel Libeskind y David Childs. En cada uno de los 104 pisos, las ventanas se extienden del suelo al techo. El coste: 4.000 millones de dólares.

Vista hacia el futuro

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Es el edificio más costoso del mundo y al mismo tiempo, el más alto de América. Empinado y enorme, se alza como la torre de una gigantesca catedral de acero y cristal. Como los arquitectos de las catedrales góticas, los autores del One World Trade Center crearon una altura vertiginosa e impresionante que hace sombra a todo y empequeñece al ser humano. Los nuevos edificios del recinto del World Trade Center, el centro de conmemoración, el museo y la nueva torre con la plataforma de observación son un imán para turistas. 

El objetivo terrorista número uno de Estados Unidos está construido como una fortaleza. La torre se alza sobre un zócalo sin ventanas de 51 metros de alto, hecho de hormigón especial desarrollado en Alemania. El esqueleto de la fachada está compuesto por 40.000 toneladas de acero. En el interior hay 70 ascensores para transportar a visitantes y empleados.  En tan solo 47 segundos, los ascensores más rápidos de Occidente transportan a los turistas a la plataforma de observación del piso 102. “Con la nueva torre miramos al futuro. Estamos de vuelta. Es el renacimiento de Nueva York", dice John Urban, gestor de este observatorio.

En cuanto se abren las puertas del ascensor, comienza un show de dos minutos. Después se abre el telón y ofrece la más espectacular panorámica de 360 grados desde el edificio más alto del mundo occidental. Ground Zero es el pasado. Lo que queda son las historias de las personas cuya vida ha sufrido aquí un brusco giro. Para unos, Ground Zero sigue siendo el lugar de la catástrofe; para otros, es el lugar de un nuevo comienzo; y para algunos, ambas cosas.

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