Carta de la directora: "Emociones preventivas"

De vez en cuando, especialmente en épocas de intenso agotamiento mental y físico, que en mi caso suelen coincidir con el final de las semanas de la moda, el ultimo día de las reuniones comerciales ...

Carta de la directora

De vez en cuando, especialmente en épocas de intenso agotamiento mental y físico, que en mi caso suelen coincidir con el final de las semanas de la moda, el ultimo día de las reuniones comerciales o el cierre de un número doble como este, justo en la antesala de nuestros Prix de la Moda, me viene a la cabeza una escena de la película Broadcast News (estrenada en España en 1987 como Al filo de la noticia), protagonizada por Holly Hunter (por cierto, ¿dónde esconden a las actrices en Hollywood a partir de los 50 años?) y William Hurt, el rubio interesante de Hijos de un dios menor. En la peli, Holly es una intrépida periodista que trabaja de productora de un guapo, poco inteligente y muy exitoso presentador de noticias de televisión (el rubio William, del que evidentemente está enamorada, pero nunca lo confiesa). Ella es aguerrida, supereficiente, lista, resuelta, resolutiva (que no es lo mismo) y vive a un ritmo frenético su carrera profesional, cargada de estrés y preocupaciones. Familiar, ¿no? El caso es que, cada mañana al despertar, la pobre mujer dedica sus primeros cinco minutos a llorar. Mira el reloj, pone una increíble cara 
de pena y las lágrimas brotan de sus ojos con una facilidad pasmosa. Pasados los cinco minutos, Holly se seca las lágrimas y arranca con su día como si nada. Magistral actuación y mítica escena, que ojalá pudiéramos replicar en la vida real. Porque si la medicina preventiva es cada vez más importante para la salud, lo mismo debiéramos aplicar con las emociones preventivas. 
Y así cuando la vida, el trabajo, los viajes, los niños, el hambre, el sueño, el cansancio, los fracasos, las malas noticias, las injusticias, los días torcidos, las discusiones de pareja, las decepciones de los hijos o el saldo de la cuenta corriente te pasen por encima, serás capaz de mantener la calma porque ya vendrás llorada de casa. Escribí hace ya muchos meses en uno de mis editoriales que la risa falsa tenía el mismo efecto que la risa genuina, así que tendría sentido que las lágrimas de cocodrilo funcionaran igual que la pena más grande. Porque si las mujeres no nos dejáramos llevar tanto por nuestras emociones, otro gallo nos cantaría. ¿O quizá no?

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