Mi año de locos con Trump

Katy Tur, periodista de la NBC, cuenta en primera persona cómo ha sido la campaña del nuevo presidente de EE.UU.

Mi año de locos con Trump

Sí, ahí está, al fondo, la pequeña Katy, ahí está, al fondo”. El que así habla es Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. Y la pequeña Katy, soy yo, la periodista que por aquel entonces llevaba seis meses cubriendo la campaña de Trump para la MSNBC y la NBC News. Y ahí estaba, en Mount Pleasant, Carolina del Sur, en las tripas de un acorazado de la Segunda Guerra Mundial, en una zona improvisada para la prensa rodeada de miles de seguidores de lo más exaltados.

 

Mi año de locos con Trump

Días antes, en otro mitin había tuiteado en directo cómo oleadas de los allí presentes se iban levantando como protesta durante su discurso. “Ahora 10”, escribí in situ, contando las interrupciones. “Trump concluye su discurso de manera abrupta y abandona el escenario”. Trump entendió que mis tuits fueron “una vergüenza” y “nada agradables”, según rezaba una dura nota de Hope Hicks, su jefa de prensa, de 26 años. Donald Trump hizo públicas sus quejas a las pocas horas, metiéndose con la reportera de la CBS News, Sopan Deb, y conmigo, por la cobertura que habíamos hecho de ese mitin.

Sus siguientes tuits dan fe de ello: “@KatyTurNBC, reportera de tercera regional & @SopanDeb @CBS mintieron”. Exigió disculpas por mi parte. No lo hice, por lo que Trump decidió ir más allá en Mount Pleasant, señalándome con el dedo y lanzándose a un ataque personal contra mí delante de millones de telespectadores norteamericanos. Trump dijo “qué mentira tan grande”, en alusión a la afirmación de que había abandonado el escenario de golpe. "Pero qué mentira tan grande, Katy Tur. Vaya mentira. Reportera de tercera regional”. Los abucheos rebotaban contra el casco de hierro del USS Yorktown. 

De ciudad en ciudad. He estado viviendo en la carretera un año y medio siguiendo a Trump de ciudad en ciudad. He realizado más de 3.800 conexiones en directo y he visitado más de 40 estados. En este tiempo, Trump también ha hecho historia. Obtuvo más votos en las primarias que ningún otro candidato del partido republicano en toda su historia, y es el primer candidato del partido en seis décadas que antes no ha sido senador, ni gobernador ni miembro de la Cámara.

Pero para entender lo verdaderamente sorpresiva que ha sido esta campaña, una tiene que tener claro de antemano una serie de cosas sobre las elecciones presidenciales norteamericanas. La principal: que los políticos idean estrategias de cómo cortejar a los potenciales donantes con años de antelación, de la misma manera que los periódicos y los canales de televisión deciden con cuidado qué reportero seguirá a cada candidato.

El momento oportuno. Trump no entraba en los planes de nadie, y yo no era una excepción. De hecho, cuando el multimillonario pelirrojo anunció su candidatura a la Casa Blanca el 16 de junio de 2015, tengo que reconocer que no recuerdo haber oído hablar del tema. Entonces estaba en Londres como corresponsal, lo que significaba que estaba atenta a todo lo que pasara en el mundo, menos en Norteamérica. 

Un día recibí la solicitud de Aarón, un adolescente de Pennsylvania gravemente enfermo, a través de la Fundación Pide Un Deseo. Quería conocer la sede de la NBC y tener la oportunidad de ser mi sombra todo un día. Me saqué un billete para Nueva York, y estuve con Aarón y su familia. Justo entonces, Trump anunció su candidatura a la nominación del Partido Republicano. Y puesto que estaba a mano, los directores del programa de noticias de la NBC Nightly News & Today me dijeron que me encargase del tema. Un par de días más tarde y con la historia de Trump todavía de actualidad, recibí una llamada. El jefe de noticias de la NBC tenía algo que ofrecerme. “¿Cómo verías pasar el verano en Nueva York? Queremos que seas tú quien siga la campaña de Trump. Serán seis semanas como mucho.Pero si acaba ganando, serás tú quien vaya a la Casa Blanca”.

Acudí a mi primer mitin de Trump esa misma noche de junio. Trump estaba en una casa de New Hampshire, vendiéndose a sí mismo ante unas 200 personas de lo más emperifolladas. Afirmaba, presumiendo: “Recibo más ovaciones con la gente puesta en pie que nadie”. Trump me debió de reconocer de cuando trabajaba en la oficina de Nueva York de la NBC; me llamó por mi nombre para captar la atención de la gente y me dijo: “Está mirando su móvil”, a lo que le contesté: “Estoy tuiteando lo que está diciendo”. Más tarde, le pedí a Hicks una entrevista exclusiva con el candidato; una semana después accedió. Yo tenía fama de ser una reportera de directos tenaz e imperturbable. Llevaba meses cubriendo desastres aéreos en Asia y Europa, pero no era una redactora política, y no sabía gran cosa de Trump. Tuve una noche para preparar la entrevista. A la mañana siguiente, Donald Trump y yo nos sentamos para charlar en la torre que lleva su nombre. El resultado fue una entrevista muy cañera de 29 minutos, que la MSNBC emitió hasta tres veces en ocho horas.


Trump me llamó ingenua. Me dijo que no sabía de lo que estaba hablando. Me humilló cuando me trastabillé con una pregunta. Y cuando las cámaras se apagaron, se puso furioso conmigo. No le habían gustado ni mis preguntas, muy directas, ni mi tono, que le resultaba desenfadado. “No puede hacer usted lo que ha hecho”, me dijo para hundirme. “Se ha trastabillado tres veces”. Yo le contesté que “no importa si me trastabillo, yo no soy candidata a la presidencia”. Acto seguido pronunció lo que entendía como su mayor insulto hacia mi persona: “Nunca será usted presidente”, a lo que me empecé a reír .¿Qué otra cosa se suponía que podía hacer?

Los titulares se fueron acumulando. Que si Trump sostiene que Obama ‘schlonged’ a Hillary Clinton (término sexista alusivo al miembro viril masculino, con el que supuestamente ‘abofetearía a Hillary’) o que si John McCain no fue realmente un héroe de guerra. Luego llegaban las aclaraciones de Trump a las reacciones políticas de sus comentarios, y vuelta a empezar de nuevo.

Mi año de locos con Trump

Ritmo casi infernal. Una campaña presidencial tradicional cuenta con un autobús de prensa con el nombre del candidato en cuestión y un itinerario que es de dominio público con varios días de antelación. En cambio, Trump tiene un avión con su nombre (al que no estamos invitados) y un itinerario que a menudo sufre cambios en el mismo día, al igual que los temas que va a tratar.

Como resultado, mi trabajo empieza muy temprano en una habitación anodina de hotel en una ciudad cualquiera. Luego vienen las conference calls y los directos matutinos. Para hacer un directo necesito un cámara y rellenar dos o tres minutos de retransmisión, ya sea en un programa de la NBC o de la MSNBC, con las noticias que yo misma me he preparado.

Más tarde, me toca hacer los directos de la tarde y de la noche. Nunca me separo de mi iPhone, que siempre está vibrando. Casi todas las tardes o noches, Trump da como poco un mitin, una mezcla entre una actuación circense, un revival religioso y un concierto de rock. Suele congregar a millares de seguidores, que cogen sitio antes del amanecer con sillas y tiendas de campaña. 

Cinco horas antes de que llegue Trump, el Servicio Secreto nos permite meter nuestras cámaras y equipos, para acto seguido echarnos y hacer un barrido en busca de bombas. Nadie entra sin pasar por los controles de seguridad. El aspecto de su público refleja la base de votantes de Trump que, según las encuestas, son mayoritariamente blancos y varones.

Van vestidos de camuflaje, o totalmente de rojo, blanco y azul, o incluso de lo más trajeados, puesto que van a ver a un millonario. Se puede observar a madres, con sus niños bien arreglados, y a grupos de jóvenes deambulando por el recinto. Todo tiene un aire a feria de pueblo, pero sin la noria. Trump sabe leer muy bien a sus audiencias.

Ralentiza ciertas frases, reformula algunas ideas, hace pausas cuando lo cree oportuno, y se deja llevar por la energía que desprende su público hasta donde le lleve. Durante 45, 60 e incluso 90 minutos, ejecuta una serie de frases tópicas, como que hay que bombardear hasta su aniquilación al ISIS, o que hay que construir un muro (con México), o que hay que volver a hacer grande a Estados Unidos.

Mi año de locos con Trump

La vida interna. Luego toca coger otro vuelo o hacer un largo viaje en coche. Mi productor, Anthony Terrell, y yo viajamos como auténticos señores. Aún así, al final del día, es difícil no estar reventada. Llevo perdidos un pendiente de diamantes, un anillo de oro, un guante, dos sombreros, una chaqueta y un novio. Durante esta campaña, se han casado y divorciado amigos y familiares míos, han nacido hijos suyos, algunos han muerto, y todo eso, me lo he tenido que perder.

Pero también están los recuerdos que siempre me acompañarán, de gente a la que nunca olvidaré. Los reporteros que hemos seguido a Trump seremos amigos de por vida. Muchas veces nos ayudamos, dejando a un lado las rivalidades corporativas o el día a día de quién consigue tal o cual exclusiva. Todos hemos cumplido años en la carretera (el regalo más popular es la crema de ojos antibolsas), hemos comido muchas veces en gasolineras, y muy de vez en cuando hemos probado la mejor comida del país. 

Al final somos como una residencia estudiantil itinerante con cuartos de baños mixtos, y todo rodeado de cierta sensación de vértigo, puesto que cada día es como si fuera el día de exámenes finales y el último día de colegio. Así que, sí, pasan cosas. Miradas poco disimuladas. Roces que no pretenden ser demasiado sutiles. Risotadas por un chiste que no es nada bueno. De hecho, conozco al menos a una pareja que tiene planes de boda después de las elecciones.

Pero muchas cosas han cambiado respecto a antiguas campañas. Para empezar, los chicos en el autobús ahora son las chicas en el avión. Mis compañeras de la NBC Andrea Mitchell, Kasie Hunt, Hallie Jackson, Kristen Welker y yo somos el primer equipo de analistas políticos integrado solo por mujeres en la historia de una cadena de televisión; esta es una muestra de los cambios que se han producido en una campaña presidencial en la que la única regla es que parece que no hay reglas.

Durante la emisión del programa Fox & Friends, Trump dijo de mí que “no es una reportera muy buena”. Unas semanas más tarde me presentó a varios inversores como  “una gran reportera”, pero rectificó de inmediato y añadió “a veces”. Sin embargo, es poco probable que ningún futuro ataque por su parte sea igual de aterrador que el acaecido en Mount Pleasant, donde la multitud, retroalimentándose de Trump, parecía cebarse conmigo, como si fuera una alimaña enfurecida que no estaba encadenada.

No asumí la gravedad de este incidente hasta que el Servicio Secreto, varias horas después y de manera excepcional, me acompañó hasta mi coche. La cascada de insultos, de acoso y de amenazas en las redes sociales no ha parado desde entonces. Muchos de los ataques no son publicables. Pero todavía sigo al pie del cañón.

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