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¿Por qué suceden (o eso parece) tantas calamidades en los años bisiestos?

"Algo tendrán los bisiestos", escribe Mario Garcés, "cuando en 1912 se hundió el Titanic, en 1948 asesinaron a Ghandi, en 1968 a Martin Luther King y en 1980 a John Lennon. 'Imagine'".

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¿Mediría dos metros la tabla de Rose en 'Titanic'?

España es un país de encuentros en la tercera fase con distanciamiento decimal. Que no hay modo alguno de encontrar la forma de reducir los dos metros de seguridad, la distancia que media o debería medir entre cualquier humano en la era de las curvas doblegadas. Porque esos dos metros desde tus pies a los míos se han convertido en la medida de la prudencia, pero también del extrañamiento. Para aquellos que no frecuentaron los colegios de sotanas con Padrenuestro de primera hora, en los que se formaba la fila a un metro en posición de brazo extendido sobre el hombro del prójimo, el cálculo de los dos metros puede resultar singularmente complejo. Y a falta de que con el kit de la mascarilla y los guantes nos entreguen un metro de carpintero, debe saberse que dos metros son un hombre tendido en el suelo con sombrero de copa como Abraham Lincoln, un alero dotado de la NBA, dos perros golden retrievers de pie, dos gatos adultos para los anticaninos, un colchón de cama de dos metros para las parejas que no se reconocen, las astas de un alce americano en la medida de Muy Interesante, una puerta al uso, un sofá estándar por el que se cuelan las monedas entre los cojines o una bañera en la que asome los pies Julia Roberts. En suma, dos metros es la distancia entre el todo y la nada en la nueva normalidad donde todo es rotundamente anormal.

 

 

Porque anormal sería que quien ha yacido a dos metros de distancia de su pareja busque ahora mayor proximidad, como anómalo sería que quien duerme anudado a su cónyuge buscara ahora los confines del colchón. Ni qué decir tiene de los encuentros furtivos en la tercera fase con amantes clandestinos, donde la separación ya se convierte en ausencia. O nuestros hijos, a dos metros en el autobús, en el comedor escolar, en el aula con pupitres separados. Otra solución en el reparto de espacio hubiera sido dividir a los niños por mitades, de modo que la ratio de ocupación hubiera sido la misma a razón de cuerpos presentes. La gran ventaja de la desescalada a dos metros es que los niños víctimas de afrentas por fin estarán alejados de los imbéciles que hacen del acoso su causa. Allí os quedéis toda la vida, a dos metros de vuestra víctima. Y, ante todo, las asociaciones de madres y padres extrañadas en la distancia de seguridad de una reunión colegial, únicamente abortada por la inminencia del WhatsApp. 

Cotidianeidad a distancia

El móvil. El maldito cacharro tecnológico que nos yugula y que nos humaniza deshumanizándonos. Porque la única distancia obsesiva del nuevo ser humano digital es la que media de su mano al móvil, ese artefacto que nunca puede estar a más de dos metros de distancia de su usuario. Mientras, nos hemos convertido en seres isopropílicos e hidroalcoholizados, como si Obélix hubiera caído en la marmita de la higiene eterna. Bastaría en algunos casos que la prevención fuera duradera porque algunos parroquianos llevaban sin gel desde que los echaron de casa en sus tiernas pubertades. 

No sabemos dónde quedará el beso de los novios en el oficio de tinieblas de sus bodas, cuando los juzgados separan las sillas de los contrayentes dos metros, como si por la noche fuera a mantenerse la distancia de seguridad. Matrimonios a dos metros a ras del suelo. Porque hasta los testigos del enlace habrán de mantener la distancia, que ya no hay novia blanca y radiante en brazo de padre resignado. Y qué decir de esa misma administración de justicia, que siempre se había reclamado que fuese de proximidad. Dos metros de distancia en el Registro Civil, dos metros de distancia entre investigados, peritos, testigos y demás cofradía de la buena equidad. 

Un invitado en el capazo

Además, entre juicio y juicio, entre vista y vista, desinfección a la vista, tan desigual como las mujeres que limpian la tribuna del Congreso de los Diputados. Allí no hay igualdad, ni siquiera a dos metros de distancia, la misma que separa a los hombres y a las mujeres en la nueva era de la normalidad inducida. Harían bien los agitadores en el hemiciclo en reclamar la igualdad efectiva del servicio de limpieza, atribuido consuetudinariamente a las mujeres mientras los hombres actúan de manera mayoritaria como ujieres. Se espera un Plan de Igualdad del Ministerio del ramo en la época de los dos metros vitales, que haga posible la igualdad desde la perspectiva de la nueva distancia. También la estupidez y el odio tomarán distancias aunque solo sean presenciales, porque son pecados que se transmiten con la velocidad de un virus que no muta. Se reducirán las agresiones, en Núñez de Balboa o en Vallecas, que entre dos personas a esa distancia no hay brazo que atice un mandoble. 

 

 

Y nos reconoceremos con mascarillas, al igual que lo hacemos en las playas de antaño cuando nos cruzábamos en la orilla con un vecino ventrudo y de rizo alambicado en pecho descubierto. Entonces nos sorprendíamos de haberlo reconocido en su plena desnudez con bañador retorcido a la cintura, como ahora nos asombramos de recocernos en nuestro nuevo papel de Curro Jiménez al asalto de cualquier diligencia cordobesa o como los protagonistas de La casa de papel con máscara de uso múltiple. A dos metros y embozados con mascarillas no podremos saber si sonríen o si se nos ríen. Será cuestión de leer los ojos. Con olas de dos metros de altura y con distancia precautoria con mascarilla sumergible y a juego con el bikini de temporada, ya no habrá opción de abrazos y enjuagues de cuerpos de novios, ni de noche ni de día. Y para los que jueguen a las raquetas, manténgase la distancia preceptiva pero no yerren en el lanzamiento porque la bola no podrá impactar en otros cuerpos. Extraño verano en que no habrá tienda de campaña a sotavento para protegerse del Levante y en la que las toallas aparcarán a los rutinarios dos metros. 2020 va a ser el año del 2 y del 0. Que corra el calendario y que finalice ya este año bisiesto. Algo tendrán los bisiestos cuando en 1912 se hundió el Titanic, en 1948 asesinaron a Ghandi, en 1968 a Martin Luther King y en 1980 a John Lennon. "Imagine".

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