La importancia de que las ventanas sigan abiertas (después de la desescalada)

Para el número de junio, el escritor y jurista Mario Garcés mira al futuro a través de dos lentes: la del cine y la del cristal de su ventana, siempre, desde ahora, abierta.

Audrey Hepburn en una escena de 'Desayuno con diamantes'
Audrey Hepburn en una escena de 'Desayuno con diamantes'

Que no somos los mismos que en febrero, no cabe duda. Que no somos los mismos que vamos a ser en junio, tampoco es cuestión que admita réplica. Que nos han robado el mes de abril por una malaria china y que nos han abierto los jardines en mayo para transitar como en un safari por el Serenguetti, tampoco se somete a cuestión. Que ahora que los niños no son de sus padres, hemos descubierto que los padres son de sus niños, ya que los infantes sacan a pasear en horario de retén a los adultos, tan necesitados como estaban. Que el ahora es un presente continuo con posibilidad de freno y marcha atrás. Que el mañana es una incógnita a dos metros de distancia, es algo que ya descontamos por mucho que algunas parejas en la cama, antes del confinamiento, ya mantenían las distancias reglamentarias. Que el ayer es un Dorado insondable de nostalgia y de melancolía, más cuando el amante que dejaste antes de la reclusión se ha convertido en un ser alopécico y fondón, un badulaque que ha perdido el fuelle a costa de sacar el perro a pasear.

 

Asunto de cine

Un buen día, muy a nuestro pesar, nos hicimos protagonistas de nuestra propia película, y el que más o el que menos se quedó prendido en una silla, como James Stewart en “La ventana indiscreta” (Hitchcock), burlando la mirada de los vecinos con un instinto de destrucción masiva cuando la sociedad capea el temporal al ritmo de Resistiré en versión bulería, jota aragonesa y esperanto. Para los héroes de la resistencia al Dúo Dinámico y que han hecho de la prisión un nido de amor pasajero y mendaz, han convertido su casa en la pensión Bertolini, sobre el río Arno y sobre la vetusta Florencia, como los amantes de la película de Ivory, “Una habitación con vistas”. Y hasta para los más veteranos, los que más sufren, siempre estará la melodía de Moon River cruzando la mirada única de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Y yo que fui niño de balcones, parroquia y botijo en fuente cristiana, sin jardín con enanitos ni pozos de película de terror, he vuelto a contemplar el mundo desde el vano de una silla.

Porque hay ventanas sicalípticas como las de las pantallas de nuestros ordenadores, en las que chateas con el prójimo mientras la prójima asoma por detrás sus hechuras naturistas a flor de piel. Vaya pillada. Merlo para creerlo. Pues yo también quiero hacer un “merlos” clandestino y furtivo, con pillada final, que no hay mejor fórmula para que todo estalle que un imprevisto de estas características. Que más de uno, y así me consta, aproximó la imagen de la pantalla no para explorar el valle del sexo convexo de ese cuerpo sin mácula sino para comprobar si la conocía o si podía ser ella, la nuestra, que acababa de salir de nuestra casa diciendo que iba a pasear al perro o a comprar a la farmacia. Tanto confinamiento sin el calor del amante, ni es confinamiento ni es amancebamiento.

Una escena de 'El planeta de los simios'
Una escena de 'El planeta de los simios', pesadilla actual de Mario Garcés

En mi abstinencia social confieso que me he flagelado conscientemente en la contemplación de las redes sociales y definitivamente no tenemos remedio o Freud no hizo escuela. Ante el “seguimos trabajando” con el que se acompaña alguna foto lumbrosa de varios especímenes del género postvirus, vestidos para la ceremonia con una pelambrera entre Maradona y “el Puma”, antepondría el lema “vamos a empezar a trabajar de una vez por todas”, que la reunión es la excusa perfecta para no hacer nada. En este mundo de ventanas de oportunidad, de ventanas sin cristal y de ventanas a un patio de luces sin luz, avanza a paso firme el adanismo de garrafón, porque a nadie le van a pillar en una foto trabajando de verdad. Si bebes, no conduzcas. Si trabajas, no te fotografíes.

 

Una monada

Confinados en el espacio, pero también en el tiempo, en esa dimensión oblicua en la que ya no sabemos qué seremos dentro de unas semanas. Temo haber soltado papada y uniceja de Charlton Heston, uno de los peores actores de la historia, en “El planeta de los simios” porque cuando regrese a la calle me temo que voy a encontrar la Gran Vía repleta de monos capuchinos, titis, micos nocturnos y tamarinos, inmunes y dispuestos a “okupar” nuestras viviendas en esa nueva normalidad a la que nos encaminamos. Y como se ha comprobado que los perros y, en general, los seres sintientes no humanos tienen más derechos que los octogenarios, no habrá quien los desaloje. Animalismo en toda regla.

Ignoro si volveré pronto al cine o me veré abocado a ver las películas desde el balcón de un quinto piso sin ascensor. Ignoro si el cielo de Madrid sigue exprimiendo azules y añiles de Velázquez, ahora que El Retiro es un parterre al servicio de las ocas y de los barbos castizos. Ignoro si volveré a contemplar Central Park desde mi ventana una noche de verano desde una habitación en la Sexta Avenida. Tampoco sé si podré volver a ver, desde las celosías de un carmen de Granada la Alhambra, que ha resistido varias pestes a lo largo de su anaranjada vida de adarves, torres y fuentes del amor hermoso.

Porque la vida en tiempos de cólera, como el amor y la muerte, seguramente no volverán a ser igual. Porque el sexo a dos metros, no es sexo tántrico sino un enorme sufrimiento carnal. Porque el abrazo sentido de un hijo o de un amigo se convierte en una prueba de riesgo en la era de la nueva afectividad. Porque el tiempo después del tiempo, ya no será como el tiempo antes del tiempo. Porque las perreras harán su negocio y ya nadie abandonará a su mascota en verano, que se ha convertido en salvoconducto para pastear el asfalto de las avenidas. Porque buscaremos entre los recuerdos y entre las sombras de esa memoria efímera a los que ya no están. A los que se fueron. A los que leían esta tribuna con la sonrisa vertical o con el ceño fruncido, y ya no leerán.

Y, ante todo, que nadie cierre las ventanas. Para recordar que parte de los que se han ido han sido siempre loa que las tuvieron abiertas de par en par para ventilar las habitaciones, ahora que el aire se corrompe como la luz de gas. Que esas ventanas nos enseñan el camino y la nueva vida, que nos devuelve a los nuestros, a los que iluminaron nuestra senda en los peores momentos y nos regalaron la vida misma, sin confinamiento y en libertad. Por ellos, por nosotros, la ventana seguirá abierta. El futuro está aquí.

 

 

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