Visto en Marie Claire México, ¿Casada o…?, según María de la Mora

Las bodas nos siguen haciendo ilusión, y aunque hacia fuera y desde nuestra perspectiva más intelectual muchas consideremos el matrimonio como una institución caduca y demodé, una parte de nosotros sigue persiguiendo el ramo

¿Casada o…?

Recientemente me tocó estar en una comida, de esas que se celebran en fechas cercanas al final del año y donde de pronto te encuentras sentada en medio de personas con las que hablas a diario y poco conoces. En esta ocasión, casualmente, éramos sólo mujeres: 14 para ser exacta. Una muy heterogénea mezcla de edades (de 22 a 57), códigos postales, estilos de vida y trayectorias profesionales. Después de los obligados comentarios sobre el frío, el tráfico y la decoración del restaurante, me sorprendió que la conversación instantáneamente se centró en esa pregunta que a las mujeres, por distintas que seamos entre nosotras, nos identifica y hace que acerquemos la silla a la mesa, poniendo más atención: ¿Y tú, estás casada o…? Una a una, más o menos brevemente, fuimos dando testimonio, entre palitos de pan y limonadas sin azúcar. El marcador: cinco divorciadas, tres casadas, una viviendo con su novio hace cuatro años, dos solteras y tres estrenando roca en dedo y camino al altar. Lejos de querer llegar a alguna conclusión estadística, más aun me llamó la atención que en las dos ocasiones donde las interrogadas declararon algo cercano a: “Felizmente ya desde hace 20 años”, todas casi instintivamente (yo incluida) soltamos un “woooow” o un aplauso. Me queda claro que hace tiempo la enorme mayoría de nosotras nos pasamos por el arco del triunfo las sandeces de la epístola de Melchor Ocampo (déjenme decirles: soltero empedernido), esa que los jueces siguen leyendo en las bodas y que define al matrimonio como “el único medio moral de fundar la familia y conservar la especie…”, pero pareciera que la parte de “… sirve para suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse por sí mismo para llegar a la perfección” nos sigue haciendo mella, por muy millennial y contemporáneas que queramos ser. Las bodas nos siguen haciendo ilusión, las nuestras y las ajenas, y aunque hacia afuera y desde nuestra perspectiva más intelectual muchas consideremos al matrimonio como una institución caduca y demodé (al menos cuestionable para las modernas más moderadas), una parte de nosotras (hipsters, millenialls, gen x, niñas bien o no tanto) sigue persiguiendo el ramo (aunque sea con cuidado de que no se note). De las cinco divorciadas que compartíamos mesa, dos se volvieron a casar (con todo y Melchor Ocampo dictando sentencia), otra jamás lo volvería a hacer (aunque vive con su pareja desde hace tiempo) y sólo una se declaró “incapaz para ejercer la monogamia”. La quinta soy yo que se debate entre llorar de emoción o llevarse las manos a la cabeza con cada invitación rotulada de fiestas que celebran segundas (y terceras) nupcias. Es decir, devoro con pasión las ediciones especiales de novias de las revistas y visualizo cómo sería mi segunda boda, la luna de miel y los miles de likes que tendrían nuestras fotos en Instagram, pero cuando mi novio se queda en mi casa por más de cinco días seguidos, me acuerdo de lo que dijo Nietzsche: “el matrimonio termina muchas locuras cortas con una larga estupidez”. Y entonces el coro formado por mi mamá y mi cuñada (ambas felizmente casadas) suena de fondo: “Te hacemos una fiesta cada año, con vestido blanco y todo, pero por Dios ¡quítate esa absurda idea de la cabeza!”. A lo que mi novio responde siempre, discreto como que no quiere la cosa, con una franca sonrisa de placidez. Posiblemente Nietzsche tenía razón, es probable que jamás lo sepamos.

Continúa leyendo...

COMENTARIOS