Fernando Aramburu: "Los lectores merecían que yo les abriese una ventana en mi interior"

El fenómeno editorial más espectacular de la España reciente lleva la firma de este escritos vasco que, con 'Patria', ha encontrado la forma de exorcizar muchos de los demonios que dejó en la sociedad el conflicto que desgarró su tierra natal. Aquí hablamos con él de eso y de literatura, de su crianza humilde y de amor, de cómo se ven Cataluña, España y Europa desde su hogar alemán. Y descubrimos el gran conversador que hay detrás de un maestro de la palabra escrita.

 

En un país como el nuestro en el que se lee muy poco, Patria ha sido poco menos que un milagro. La historia novelada de familias golpeadas por el horror y el desgarro del terrorismo de ETA ha vendido cientos de miles de ejemplares en pocos meses.  Su autor, Fernando Aramburu, vasco que vive en Hannover desde hace más de 30 años, nos cita esta tarde de marzo en un hotel de la Gran Vía de Madrid. Nos presenta un nuevo libro, Autorretrato sin mí, íntimo, poético, muy personal. Un libro que nos permite conocer mejor a este escritor de éxito que nació en San Sebastián en 1959 en una casa sin libros, que se marchó a vivir a Alemania por amor y que escribe al lado de una ventana que da al norte, como su vida. 

Gemma Nierga: ¿Cómo es la vida después de Patria?

Fernando Aramburu: Ha cambiado en algunos sentidos, he perdido mi placentera rutina. Es un libro que me está haciendo viajar mucho, me aleja del escritorio; de todos modos, lo llevo bastante bien, es una experiencia gratificante y además ya tengo un límite establecido a partir del cual recuperaré mi pequeña rutina cotidiana, que me es muy necesaria. A partir del verano será difícil sacarme de casa, salvo que sea algo muy importante

Rodolfo Irago: Ahora está presentando su nuevo libro, supongo que no tiene nada que ver con las presentaciones anteriores a Patria, ¿no?

F.A.: Las primeras presentaciones de Patria fueron más bien modestas, aunque ya se empezaba a formar un torbellino alrededor del libro. Confieso que me gustaría hacer una promoción un poquito más suave, un poquito más íntima. También este libro invita a un tipo de lectura muy distinto del que se suele hacer con una novela. 

G.N.: ¿No le ha sido difícil hablar de parcelas tan íntimas de su vida?

F.A.: Me ha costado mucho. He tenido que superar un pudor que iba conmigo desde la niñez, pero, por otro lado, me parece que los lectores también merecían que yo les abriese una ventana a mi interior. Si uno quiere dejar un testimonio del mundo que le tocó vivir,tiene que atreverse a abrirse un poco más y a mostrar el paisaje que lleva uno por dentro. Es un paisaje del que forma parte la infancia, los paisajes y tantas cuestiones que afectan a los seres humanos, la soledad, la risa, la tristeza. 

R.I.: Para usted escribir es como un antídoto contra la soledad. ¿No es una sensación contradictoria?

F.A.: Sí, pero es que esa contradicción, probablemente, sostiene toda mi vida. El hecho de que uno, para estar en un grado intenso con los demás, para decirles a los demás cosas que puedan ser complejas, se ha de retirar de los demás.

 G.N.: Es entrañable el relato de su marcha a Alemania, el amor por su mujer a quien llama La Guapa y dice que además le cae bien…

F.A.: Este es un asunto importante. Porque el amor es una pulsión intensa, que es muy difícil mantener con la fiebre inicial a lo largo de tantas décadas. Por debajo del amor, un cimiento que a mí me parece más duradero e incluso cohesionador de la pareja es la amistad, es un añadido al amor. El amor es algo más esporádico y depende más de ciertos momentos, pero cuando dos personas viven juntas y comparten problemas y dolores y tienen bajo sus pies un suelo de amistad, me parece grandioso. Y en ese suelo a veces surgen, si es posible, pequeños episodios de amor y quizá este sea el secreto que hemos alcanzado La Guapa y yo.

G.N.: ¿Cuántos años llevan juntos? 

Como matrimonio oficial solamente 33, añadamos dos o tres más, además nosotros hemos llegado a un grado de identificación pleno. Es como si entre los dos formáramos un solo yo, hasta el punto de que si a mi mujer le duele la cabeza, a mí también. Esos son los mayores regalos que me ha hecho la vida.

G.N.: Ese regalo llegó a su vida porque llamó al timbre de su puerta. Cuéntenos. ¿Qué ocurrió? 

F.A.: Eran las 10 de la mañana en Zaragoza, una hora criminal para estudiantes de la época. Yo hacía quinto de filología hispánica, éramos tres en un piso y teníamos la sala de estar vacía. Entonces yo les dije a los otros dos: oye, si la habilitamos como dormitorio y viene otra persona, pues pagamos menos alquiler. Nos pusimos de acuerdo enseguida.

Yo mismo puse cartelitos por las distintas facultades y alguien leyó esos pasquines y vino un día de sol de octubre, maravilloso otoño en Zaragoza, y sonó el timbre. Salí a abrir la puerta con una chaqueta de lana que me hizo mi madre y que he conservado durante muchos años como una reliquia. Abrí la puerta y no me lo podía creer, no podía ser. En aquel barrio de las afueras de Zaragoza, al otro lado de la puerta, una chica tan guapa, con unos ojos grises azulados, una melena de largo bucle de color claro, tirando a rubio; vi que se expresaba en un tono más o menos extranjero pero encantador y se instaló con nosotros. El resto de la historia 33 años después no hace falta contarla porque cualquiera se la puede imaginar.

G.N.: Dos hijas en común y también, episodios dolorosos porque dedica en su nuevo libro un capítulo a hablar de su hija Isabel, que sufrió una meningitis. 

F.A.: Sí, cuando tenía 3 meses. Fue una dura prueba para nosotros con la consecuencia positiva de que todavía nos unió más. A lo que era una relación amorosa, se sumó un ingrediente nuevo que es el de la responsabilidad, dos personas se unen para luchar juntas en la vida y superar una serie de adversidades, empezando por la que le tocó a mi hija. 

 

 

 

 

 

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Aramburu se emociona al hablar de su mujer y sus hijas. Isabel tiene ya 28 años y Cecilia, la mayor, 31. Las dos se han independizado y ahora se han vuelto a quedar solos en casa La Guapa, el escritor y su perra, que le acompaña siempre tumbada debajo de su mesa. 

R.I.: Usted se fue a Alemania hace 30 años y allí escribió Patria. Hay quien cree que para escribir sobre acontecimientos tan dolorosos como el terrorismo hace falta un poco de distancia. Si se hubiera quedado aquí, ¿habría sido mucho más difícil escribirla?

F.A.: Si te soy sincero, no lo sé, porque solo he conocido esta perspectiva; no sé cómo habría sido mi vida ni mi obra literaria si yo me hubiese quedado. Yo he jugado las cartas que tenía en mis manos, y la distancia geográfica yo la contrarresté con la cercanía emocional. A mí, lo que se le estaba haciendo a algunas personas me dolía lo mismo que si me hubiera quedado aquí.     

G.N.: ¿Para qué cree que ha servido Patria en el País Vasco? 

F.A.: No sé hasta qué punto estoy legitimado para determinar qué consecuencias ha podido tener mi libro; lo que sí he percibido es que en la sociedad vasca ha dado lugar a un debate, y este debate se ha llevado a cabo de forma razonada. Hay personas que discrepan de mí y me han hecho una serie de reproches, pero de manera argumentada, y esto me ha parecido una evolución muy positiva. Esto hace 20 o 25 años no habría sido posible. En aquel momento me hubieran llamado enemigo. 

R.I.:  Y las víctimas de ETA, ¿cómo han reaccionado? 

F.A.: Con ellas he vivido momentos muy emocionantes. No ha sido extraño que el hijo o la madre de una víctima se acercara a mí muy agradecido por el libro, por el hecho de que exista, e incluso nos hemos abrazado. Para mí ha sido realmente emocionante y me costaba retener las lágrimas.

R.I.: Hace unos días hubo un homenaje a unos etarras que acababan de salir de la cárcel y volvían al pueblo y se volvieron a abrir las heridas. ¿Cuánto queda para que el País Vasco recupere la normalidad total?

F.A.: Desde luego que homenajear a unas personas que asesinaron o contribuyeron con su acción a que fueran asesinadas otras personas no ayuda mucho a recomponer los lazos sociales y a facilitar la convivencia, ya que esto sigue siendo un aplauso a la agresión y desde el punto de vista humano me parece reprobable en todos los sentidos. Por suerte, también se producen hechos que son más alentadores, como que el alcalde de Bildu tuviera el coraje y la decencia de participar en el homenaje a las víctimas de su localidad o que el otro día, uno de los representantes de la izquierda abertzale fuera al homenaje a Isaías Carrasco. Estos gestos contribuyen a pensar que es posible que convivamos juntos, sin agredirnos, sin insultarnos. 

G.N.: Usted cuenta que en la casa de sus padres había mucho afecto pero ni un solo libro. ¿En qué momento descubre que las palabras le pueden suponer un ascensor social para salir de ese mundo del que usted quiere huir?

F.A.: Esa reflexión me la hice a los 14 o 15 años. Yo le debo mucho a mi padre en el sentido de que él fue para mí un contraejemplo. Él era obrero en una fábrica, trabajaba muchas horas y apenas lo veíamos. Llegaba a casa muy cansado. Una vez lo visité en la fábrica; aquel día se había producido un escape y lo recuerdo con el agua hasta los tobillos. Entonces comprendí que aquello no es lo que yo quería para mí. Tuve una iluminación que también se la debo a mi padre. Él nos contaba escenas de la fábrica, su conversación con el encargado o el jefe, y yo comprendí que los que estaban por encima de mi padre hablaban mejor que mi padre. Además las palabras son baratas, como yo digo. Si uno adquiere el dominio de los idiomas, si adquiere conocimiento, tiene la capacidad de hacerse a sí mismo y de tener criterio propio. Y pronto me di cuenta de las repercusiones positivas que tenía en mí el acercamiento a la cultura y a los libros. Por ejemplo, yo notaba el éxito que tenía con las chicas. Cuando uno por ejemplo les decía un poema o se expresaba con cierta altura lingüística. Y entonces concebí el sueño de ser escritor a los 15-16 años, y toda mi vida consiste en cumplir mi sueño.    

G.N.: ¿Y su padre lo aprobó enseguida? 

F.A.: Yo tuve de mis padres un apoyo enorme. Me pagaban mis libros, me costearon la universidad a costa de sacrificios y, en cierto modo, les debo a ellos también esta responsabilidad, este espíritu de trabajo que me persigue día y noche. Aunque yo pudiera estar todo el día en la cama, sería incapaz. En casa no había ni un piano ni un nivel cultural alto, pero sí había una serie de valores que me fueron transmitidos y me siguen siendo útiles. 

G.N.: De su madre dice que nació en una mala época dedicada al hogar. A casarse, tener hijos y la cocina…  

F.A.: La cocina y la misa. Mi madre pertenece a esa generación; es una mujer con gran temperamento, luchadora, y tiene algo que yo admiro. Es la enorme fortaleza que le sirve como antídoto para la tristeza. Mi madre es de esas personas que aprietan los dientes cuando hay problemas, cuando hay una desgracia. Ella tira de la familia.  

R.I.: Usted siempre ha vivido rodeado de mujeres. ¿Cómo ve este movimiento global de las mujeres y la huelga del 8M?

F.A.: Yo tengo dos hijas y no me gustaría que ellas fueran discriminadas por su condición de mujer, que cobrasen menos por hacer el mismo trabajo que realizan los varones. Estoy absolutamente a favor de este movimiento feminista. Y me ha gustado mucho la iniciativa de la huelga feminista. Hay unas inercias en los varones que no tienen mala intención, pero sí que les vienen por la educación, o por sus hábitos, y no está mal que se les despierte un poco y que se les diga que aquí hay cosas por mejorar. En otros hay un machismo declarado.

G.N.: Llegar a Alemania hace 30 años, ¿le supuso un choque cultural? 

F.A.: España es como es. Murió Franco, y a los pocos años llenábamos las pantallas de cuerpos femeninos, no tenemos freno. En cuanto a la liberación de las costumbres, cuando yo me establecí en Alemania en el año 85, España no tenía nada que mejorar en ese sentido. En otros quizá sí. Además, en el 86, España ya ingresó en la Unión Europea. Fue una época buena en cuanto a conquista de derechos o de libertades. Un país que resultaba muy interesante en Europa.  

R.I.: Y ahora, ¿ha dejado de ser interesante?  

F.A.: España ha perdido cierta presencia en Europa, las cuestiones que ocupan a los españoles son un tanto locales: la corrupción, el paro, la jubilación, Cataluña… Son temas que la prensa extranjera recoge de vez en cuando pero que no tienen una repercusión internacional.   

R.I.: Pero el tema catalán sí ha tenido repercusión internacional…

F.A.: No mucho. Cuando hubo aquella declaración de independencia de ocho segundos sí se prestó atención, se vieron imágenes. En los noticiarios alemanes se vieron comentarios jocosos, por cierto. Ahí se vio que esto no tenía un gran fundamento. 

R.I..: ¿Cómo analiza todo lo sucedido con el procés? En España nunca se había hablado tanto de patrias, de naciones o de banderas. 

F.A.: El caso es que cuando yo escribí Patria, estos temas no estaban tan candentes. Esto de la patria, de la pertenencia a un lugar, no es un asunto privativo de España. Esto se da casi en todos los países europeos. Hay miedo a la globalización, llegan refugiados. La gente tiene miedo de no reconocerse en su país, hay una gran inseguridad. Y entonces la gente necesita grandes verdades que las ve representadas en banderas, en himnos, y se aferran a ellos de una manera que no veíamos hace décadas. Esto es bastante preocupante, me parece a mí.   

R.I.: ¿Hasta qué punto se están poniendo en cuestión los valores europeos?

F.A.: Hay movimientos nacionales que son de extrema derecha, movimientos de repliegue, de cerrar puertas. La comunidad ideal son los puros, los puramente polacos, los verdaderamente alemanes… Son movimientos que rompen con todos los valores comunes que hemos creado: la tolerancia, el abrazo entre los distintos, la democracia. 

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Preocupados por el futuro de Europa, terminamos una charla que ha sido una delicia. Además de un maravilloso escritor, Aramburu es una persona cercana, cálida e irónica. Se reconoce en el tópico de que los vascos tienen el sexo en el paladar por lo mucho que le gusta comer, y se nota que está deseando volver al calor del hogar alemán y ponerse a escribir. Nos dice, antes de despedirnos, que su cerebro ya está ahí trabajando en una nueva novela. Y nosotros tenemos ya ganas de leerla.

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