Talento español: la madrileña que ha reinventado el chándal y el bilbaíno que escribe a las madres

Sus diseños pasean por la alfombra roja. Las caras de ellas, en las marquesinas. Las palabras de él, en los suplementos culturales. El futuro de la moda, la literatura y el teatro está en sus manos. Y en sus caras.

Olivia Monjardín

Modelo. (Madrid, 2002). Cursa su último año de colegio. Objetivo: ser, como Lily-Rose Depp, bandera de Chanel.

Su cara era la de Nícoli. Solo la de Nícoli. Cuando de niña posaba con la ropa de la firma infantil, la exclusividad se impuso como requisito. Las cejas amplias de Monjardín solo aparecían bajo su logo. La entrada en una agencia se pospuso. Algo mayor, la estatura se hizo impedimento. Ya no. Con su agencia actual, cuenta, "puede trabajar muchísimo". Y estudiar. Si no sobresaliera en los exámenes de Bachillerato, lo saben bien sus padres, las poses de modelo se habrían quedado en la infancia.

 

Katia Gutiérrez-Colomer

Modelo, influencer y estudiante de diseño de moda. Nació en Madrid en el año (toma aire) 2000.

Cuando tenía 16 años, se pusieron en contacto con ella. La habían visto por Instagram. Querían ofrecerle un hueco en la agencia. Hubo, recuerda, varios problemas. Los centímetros no marcaban altura suficiente para ser modelo de pasarela. Pero apostaron por ella. Katia reforzó sus redes sociales y, hace un año, abrió un canal de Youtube. A veces es complicado. Los comentarios pueden roer el ánimo. Al principio contestaba. Ahora se centra en quienes disfrutan de las publicaciones. La moda, dice, le hace sentir bien. Y sus padres, felices. Él la acompañó a la agencia.

María Simún

Diseñadora de moda. Nació en Madrid en 1994. Sus chándales pisan la alfombra roja y llevan, a menudo, un micrófono por delante.

Si ella ostentara el poder ejecutivo y (o) representativo de un país, el primer asunto que trataría sería el de la vestimenta. La suya. Mira a Kim Jong-un. Él no le gusta, pero la ropa que lleva es otro asunto. Hoy no hay nadie mejor vestido en el mundo. No lo puede evitar. "Es", ríe, "como Cruella de Vil, que era la elegante de la película". Ella distingue. Una cosa es la persona, aclara, y otra, su trabajo, sus ideas. Las suyas no persiguen el trap. Sus diseños, de chándales y logos, caen en la estética urbana con naturalidad. Su gusto musical se ha unido a su gusto por la moda. Aitana o Rosalía han llevado su firma sobre la alfombra roja. Su apellido está oculto, pero no escondido. Es Urquijo. Como el del fallecido Enrique. Aquí, apunto, no hay "chicha" que rascar. Ser hija de su padre solo es un orgullo.

Jaime Adalid e Íñigo Galiano

Actores. Los dos nacieron en Bilbao (1982 y 1987). Y los dos descubrieron, con la lengua en inglés, que lo suyo eran las cámaras, los focos y las tablas.

El teatro, dice, es "la esencia". Íñigo Galiano encontró la suya en Londres. Con 16 años, comenzó a trabajar como acomodador en un teatro y empezó, recuerda, a notar "una sensación muy rara". Parecía volver a casa. Quería formar parte de lo que veía. Lo hizo. Lo hace. Tras Rusia, en sus billetes de avión, Madrid, Lisboa, Londres y Málaga se saltean. Su destino ideal: la poesía de Lorca. El de Jaime Adalid es una serie. Lo que quiere, admite, es estabilidad. Los rodajes de 2019 han ametrallado su agenda. Ahora, mientras descansa, imparte clases de interpretación. Le costó desviarse del carril. Debía, marcaron sus padres, terminar Empresariales. Birrete impuesto, se fue a Londres. Convenció a sus padres de que mejoraría su inglés. Lo hizo. En las clases de teatro que su abuela financió. Y que su padre, hace un punto y seguido, acaba de descubrir.

 

José Ignacio Carnero

Escritor y abogado. Nació en 1986 en Portugalete, Vizcaya. Ama es su primera novela.

El pasado verano José Ignacio se fue al invierno. Durante algo más de un mes, en Buenos Aires esquivó bermudas y sandalias. Y llamadas y al panadero. La distancia física, explica, es también psicológica. Ayuda a ser "otra persona". Un escritor. En Barcelona es abogado. Con el Atlántico en medio, quiebra distracciones. Cuando escribió su primera novela, no rompió el ritmo. Tecleó de un tirón. No quiso releer. En Ama, el vasco recuerda y celebra a su madre. Al escribir toma "conciencia de lo que pienso, de lo que sé, de lo que aprendo" y se topa con una averiguación: el sufrimiento no perfecciona.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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