Arte en el suelo: entrevista exclusiva con Nani Marquina

Hablar con Nani Marquina de alfombras es hacerlo con alguien que derrocha pasión por este objeto, un indispensable de las casas a la hora de transmitir la identidad de sus dueños.

Arte en el suelo: entrevista con Nani Marquina

Acaba de ceder el relevo en la dirección a su hija María, pero Nani Marquina sigue al pie del cañón en la compañía que fundó en 1987 y por la que recibió el Premio Nacional de Diseño. Sus alfombras artesanales son un ejemplo de creatividad y compromiso con el planeta. Diseñadores como los hermanos Bouroullec, Ron Arad, Christian Zuzunaga, Doshi-Levien o Nao Tamura trabajan para esta empresa familiar que es un ejemplo de rigor y buen hacer.

¿Te enseñó tu padre (Rafael Marquina) lo que era ser diseñador? Con 11 o 12 años yo no tenía ni idea de lo que significaba ser diseñador, pero sí veía que mi padre llegaba a casa con un objeto cotidiano y había una expectación, una curiosidad. La gente de mi familia miraba un vaso con un interés particular. Así entendí que aquellos objetos eran especiales, distintos.

¿Tenías ya una idea de la diferencia del arte respecto del resto de las cosas? No, para mí el arte vino después, lo fui descubriendo ya de mayor. En aquella época no era como ahora que a los niños les hablan de estas cosas. Tengo un nieto que desde los 3 años conoce a Miró. Y con él he tenido conversaciones sobre creatividad.

¿Qué le cuentas? Pues que la creatividad es algo que no es sistemático, que uno tiene una idea y entonces la desarrolla. Me señala un semáforo y me pregunta si eso es creativo o no, de modo que yo tengo que pensar cuándo las cosas responden a imperativos funcionales. Pero en mi casa no se hablaba de creatividad, sino de diseño industrial y de cómo hacer buenos productos a bajo coste.

¿Te inculcó después algunos principios? Al contrario, quizá yo sea el resultado de rebelarme contra él. A pesar de ser uno de los referentes del diseño español, él se dedicó muy poco al mismo y pretendió convencerme de que yo no lo hiciera, me decía que me moriría de hambre. Sí que le debo dedicarme al diseño por este espíritu de contradicción que tenemos los hijos.

Decides centrarte en las alfombras porque no hay alfombras contemporáneas en aquella época, era 1987… En realidad esa es la fecha en la que monté la empresa, la primera alfombra era del 82, eran tres, y las hice con trozos de moqueta de los colores que encontraba, y con un señor que recortaba y pegaba, las vendíamos a través de Gancedo.

¿Fue Mariscal al primero que le encargas un diseño de alfombra? Sí, la Estambul, que curiosamente con el tiempo ha pasado a ser un símbolo de nuestra filosofía, de recuperar la tradición de un modo contemporáneo. Y sigue siendo superactual.

Entrevista exclusiva con Nina Marquina

 

¿Hay modas en las alfombras? Absolutamente, en la alfombra el color es fundamental y en eso siempre hay tendencias. La única que hacemos desde el primer día es la Estambul, una pieza icónica, cosa rara en una alfombra. A mí me disgusta esto de las tendencias porque hay una parte creativa que se queda mermada. Aunque hay gente que lo hace, este es un tipo de trabajo más cercano al arte.

A lo largo de los años has trabajado con muchos diseñadores interesantes, cada uno con un vocabulario muy distinto, ¿supongo que no trabajas con todo el que te lo propone? No, porque aprendí. Hubo una época en que me tragaba lo que me dieran, el haber tropezado varias veces te da una buena visión comercial, y ahora sé qué quiero hacer.

¿Siempre te dejan intervenir en el diseño? ¡Qué va! Los hay que no te dejan ni tocar un centímetro, por ejemplo, Nipa Doshi. Cuando vieron terminada la Rabari, resultó que les gustaba más por detrás. Aunque es casi idéntica por ambos lados, por delante tiene relieve en algunos detalles, y después de estudiarlo vimos que la alfombra se tenía que quedar como estaba. Un día vi una foto de su casa ¡y la tenía colocada del revés!

¿Qué criterio sigues para seleccionarlos? Sobre todo elijo a los diseñadores porque su trabajo esté relacionado con lo que es la marca Nanimarquina: mucha sensibilidad con la materia prima, con el tejido, con los colores y el interés por la artesanía. Es todo muy personalizado, depende del diseñador.

Igual que con la Flying Carpet (Emiliana Design) hicisteis una transgresión entre lo que es un asiento y una alfombra, ¿contemplas investigar nuevas tecnologías? Es verdad que la tecnología podría aportar cosas, pero es política de marca habernos centrado en la artesanía.  Veo la alfombra como un elemento muy decorativo, que más que darte un servicio, te da una sensación de bienestar por una cuestión estética y que refleje tu identidad, porque el tipo de persona, su sensibilidad, se ve también en el tipo de alfombra que compra.

Que las alfombras se hereden es lo más sostenible que hay… Sí, pero hay un problema con este asunto. Cuando yo apuesto por hacer cosas de cierto precio, de calidad, artesanales, en las que la durabilidad está implícita, encontramos que lo que funciona es lo efectista, porque la venta va muy dirigida a través de Internet.

Entrevista exclusiva con Nina Marquina

Hace poco que has pasado el testigo a tu hija María. A nivel de dirección y de gestión ya lo hemos hecho hace un año. Yo llevo el tema de imagen y diseño, y en teoría tengo el cargo de presidenta, pero es en teoría porque allí se hace lo que ella dice. Yo ya sabía que para mí iba a ser difícil porque no me he retirado.

El Premio Nacional de Diseño te lo dieron por empresaria no como diseñadora, ¿te supo mal eso? No me molestó porque, aunque ante todo soy diseñadora, a partir de un momento decidí que tenía dos profesiones. Me hice empresaria por accidente, pero un día comprendí que si no quería lo podía dejar, que cada uno puede decidir qué quiere hacer con su vida.

El trabajo manual implica un grado de imperfección… Mi idea de la belleza ha cambiado, antes tenía una idea más conservadora, en la que importaba la perfección, el que todo estuviera alineado y encuadrado, y sin saber por qué un día comprendí que no. He sido siempre muy neurótica y obsesiva en el orden y la limpieza.

Siempre has mantenido que la sensibilidad por el color es algo femenino… Sí, cuando empecé tuve una tienda y allí se veía clarísimo que venían las parejas a elegir las cosas, pero siempre había un punto en el que si se trataba de cuestiones de color ellos delegaban en las mujeres, como si la mujer tuviera una sensibilidad especial para descifrar el color. En la India también lo ves, ellos van de blanco y ellas mezclan los colores increíblemente.

Sybilla vuelve con su moda y también con esta colección de alfombras, ¿cómo surgió? Tengo un vestido suyo que lo guardo desde hace años, para los de mi época ella es un mito. Tiene una capacidad de innovar en la que me reconozco. La colección Melange es geométrica, pero por la técnica empleada ya que originalmente su idea es que todo fuera más redondeado, más sinuoso. La colección tiene su historia porque la iniciamos en el 98 más o menos. Era para Sybilla Casa, y ella quería hacer kilims. Entonces conocían a unos refugiados de Afganistán en el norte de Pakistán.

¿Cómo sobrevive a la crisis una empresa pequeña? Haciendo las cosas bien antes de la crisis. Habíamos hecho reservas, de modo que no nos agobiamos, y además nos permitió apostar por una aventura muy importante: abrir en Estados Unidos, y también abrimos la tienda en Barcelona. Al ser una empresa familiar lo que nos interesa no es solo el beneficio, nosotros pensamos más en el futuro, en la continuidad. 

Continúa leyendo...

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS