La fábrica de las maravillas

En el real sitio de La Granja de San Ildefonso, en Segovia, un grupo de trabajadores, en su mayoría mujeres, se afanan en preservar una herencia centenaria: La fórmula de un cristal único, que encontró aquí un nivel de excelencia reconocido en todo el mundo.

Desentrañar las peripecias históricas que rodean la fundación de la Real Fábrica de Cristal de La Granja es un laberinto de conquistas y pérdidas, avances y retrocesos. El germen lo plantó Felipe V, el primer rey Borbón, para sembrar, proteger y fomentar las artesanías españolas siguiendo el modelo instaurado por Colbert en Francia. La primera fábrica de cristal de La Granja fue un pequeño horno establecido por el vidriero catalán Ventura Sit que, aprovechando que en 1727 se estaba construyendo un palacio real en La Granja, y calculando que se iban a necesitar espejos y cristales de cerramiento, se ubicó en los alrededores. "En La Granja había leña suficiente para garantizar la combustión de los hornos, arena de muy buena calidad en las zonas de Segovia, también había espacio, agua y el palacete, que necesitaba de estos productos", explica Paloma Pastor, directora del Museo Tecnológico del Vidrio. Ventura Sit conocía las últimas técnicas francesas, pero trabajaba el vidrio plano, no hueco, y en una época de mucha competencia con el cristal de Bohemia o Venecia, hubo que ampliar el campo de acción para crear cristalerías, lámparas y otras piezas suntuarias.

La Granja

Diplomacia clandestina
Gracias a una eficaz gestión diplomática, casi clandestina, se logró traer a maestros vidrieros franceses, alemanes, bohemios y noruegos de alto nivel, que se convertían en tránsfugas de sus países de origen y exigían altísimos sueldos y el trato de gentilhombres. En algún momento de su desarrollo, y a pesar del secretismo con que, celosos, guardaban sus fórmulas, esas escuelas se fundieron y eclosionaron en una joya: el cristal de La Granja de San Ildefonso. El vidrio, esa materia mágica descubierta por accidente 3.000 años a. de J. C., compuesta por sílice (arenas), cal, sodio y potasa, que pierde su color verdoso gracias al manganeso –jabón de vidrieros– , devino en cristal, propiamente dicho, cuando un químico inglés del siglo XVII añadió plomo a la composición logrando su característica transparencia y belleza.

Un cristal con carácter
De la fusión de las escuelas española, francesa y alemana surgió un cristal extraordinariamente transparente, brillante, sonoro, fino y con mayor peso que otros cristales de su categoría. Así es la personalidad de este tesoro nacional del que sabemos muy poco. Ni siquiera dónde se puede ver y comprar, pues su distribución es casi inexistente. Sin embargo, este gigantesco edificio, construido en 1770 en época de Carlos III, famoso por sus proyectos de gran envergadura, es hoy un universo vivo. "Tras los incendios en la fábrica de Ventura Sit y en la de los franceses, se proyectó este edificio que permitía trasladar las manufacturas extramuros del Real Sitio –aclara Paloma Pastor–. A finales del siglo XVIII halló sus años de mayor esplendor, pero con la guerra de la Independencia, la producción se paralizó prácticamente hasta la llegada de Fernando VII, hacia 1815, cuando se vuelven a reanudar los trabajos para recuperar el prestigio y esplendor perdidos. Durante la regencia de María Cristina, en la segunda mitad del XIX, los edificios terminaron arrendándose a vidrieros privados, hasta su cierre definitivo en 1970".

Los años ochenta
Con la llegada de la Democracia, en una España efervescente, se creó la Fundación Centro Nacional del Vidrio. "Nace en 1982, cuando un grupo de segovianos, y el propio Ministerio de Cultura, conscientes del legado histórico y de su prestigio, reconocido universalmente, se plantean la necesidad de recuperar la antigua Real Fábrica y darle un uso acorde con su historia, ofreciendo una institución que integrara todas las actividades relacionadas con el mundo del vidrio a una rama de las artes decorativas un poco olvidada. Y se instaló aquí, en uno de los edificios industriales más emblemáticos de la Europa ilustrada".

La Granja

Presente y futuro
Hoy, la Fundación Centro Nacional del Vidrio engloba tres áreas de actividad: el Museo Tecnológico del Vidrio –un espectáculo de 17.000 m2, con 300 piezas históricas procedentes del Museo del Prado, el Museo de Artes Decorativas, Patrimonio Nacional y fondos de la Fundación. Un segundo ámbito: el Centro de Producción de Piezas de la Granja, donde se realiza la actual manufactura, y, finalmente, la Escuela del Vidrio. "Comenzó como una escuela-taller de dos años, y de ella han nacido los operarios que tenemos hoy. Porque los primeros sopladores que trabajaron aquí, en los ochenta, vinieron de fábricas de Gijón o Madrid y se incorporaron ya mayores, y hoy ya están jubilados. Ellos fueron los que enseñaron a la última plantilla. Y ese es uno de los objetivos de la Fundación, salvar el oficio, que pase de mano en mano para que no desaparezca."Desde 2006 se ha implantado la Escuela Superior del Vidrio, donde se consigue el Título Superior en Diseño: Especialidad Vidrio, equivalente al título de Grado Universitario del Plan Bolonia, con intercambios de estudiantes y profesores con países como Dinamarca, Finlandia o Portugal. La visita al actual museo ofrece, al final de su recorrido, el acceso a un mundo abierto donde unos 50 trabajadores, con una abrumadora mayoría de mujeres, se afanan en preservar este arte milenario.

Horno en vivo
La nave de hornos es el corazón de la fábrica. Allí donde el hombre –o la mujer– lucha con el fuego, la materia y su capacidad pulmonar. Quien asiste al espectáculo del soplado de vidrio no lo olvida nunca. Es absolutamente mágico, primitivo y, en gran medida, secreto. "Los sopladores son celosos a la hora de explicar sus destrezas. Uno de los últimos maestros sopladores, Juan Manuel Ramos, decidió, cuando se jubiló, traspasar toda su pericia y conocimientos a Diego, nuestro actual maestro soplador. ¿Cómo enseñas este oficio si no es a base de muchos años, utilizando los ojos y las manos?", concluye Paloma Pastor.

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Trabajar con fuego
Ana del Río Vallejo, especialidad soplador de vidrio, se formó en la escuela-taller. "Siempre quise aprender a hacer vidrieras, pero al final no se creó la especialidad de vidrio plano, y me quedé en horno. Me atraían las posibilidades del vidrio para crear de la nada lo que tienes en la mente. El vidrio es un mineral al que se le dan 1.400 grados para que funda; tras unas horas se le va bajando la temperatura hasta que está a 1.100 grados, y empiezas a trabajar con él. Según vas interviniendo, va bajando grados, y cuando tiene 400 o 500, ya no puedes alterarlo, pero en ese transcurso se puede manipular y hacer lo que quieras. Lo más duro es manejar el peso de ciertas piezas con la caña y trabajar con las dos manos haciendo maniobras independientes. La ayuda estatal hace falta para todo lo que es cultura, y la artesanía es cultura. Hay que tomar conciencia de todo lo que hay detrás de una pieza elaborada a mano."

Talla y Decoración
Raquel Cuesta de Lucas es talladora, lleva 21 trabajando, más tres en la escuela-taller. "Empezamos 50 alumnos, solo tres chicos, y hoy quedamos siete mujeres. En mi departamento somos seis talladoras y el jefe de taller, que fue mi maestro en la escuela. Nuestra especialidad es más desconocida, porque la visita al museo no incluye el taller de talla, pero cuando la gente lo ve en directo, empieza a valorarlo."Cristina Velasco, especialidad decoración, es trabajadora única en el departamento. "Cuando las piezas salen del horno, unas pasan a talla y otras a liso. De las que se tallan, algunas vienen a decoración y yo realizo ese trabajo. Ahora estoy pintando con oro. Mira cómo huele.  Después, para que se fije, hay que volver a someter la pieza al calor. Solo así será inalterable, durará siglos."

Restaurar la belleza
María Gómez Casado se dedica a la especialidad de lámparas, que incluye restauración y reproducciones. Es evidente que disfruta con ello. "Antes se trabajaba mucho para instituciones, ministerios, pero con los recortes se han ido muchos pedidos. Es un artículo de lujo. Pero también vienen parejas jóvenes y encargan lámparas a medida: 'La queremos de un metro, con cuatro luces', y las hacemos al gusto. Los precios varían; esta pequeña valdrá unos 1.500 o 1.700 euros; las de dos niveles, unos 4.000 o más, según la cantidad de brazos".

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