Viaje al corazón de Vista Alegre

Visitamos la fábrica de la gran firma de cerámica portuguesa, un proyecto humanista que se ha convertido en imperio.

Fachada fábrica

A las 12 de la mañana, el sonido de la sirena se impone al canto de los pájaros. Es la hora de comer y un grupo de trabajadoras se dirige a la cantina. El pequeño edificio, diáfano y de una sola planta, es uno de los  que forman el complejo de la fábrica de Vista Alegre, la prestigiosa porcelana portuguesa cuyas vajillas reposan en alacenas del Palacio de Buckingham o la Casa Blanca. Enfrente de la cantina está la antigua creche, la guardería, ahora talleres donde se imparten cursos de cerámica o pintura, y muy cerca el teatro, una impresionante capilla barroca y la fachada más antigua de la fábrica, que alberga el museo. Un paseo de nogales y castaños lleva al bairro, la colonia de 80 casas, de diferentes épocas, donde siguen viviendo muchos trabajadores.

Vista Alegre es mucho más que una fábrica. Cuando José Ferreira Pinto Basto compró en 1816 la finca del mismo nombre al borde de uno de los brazos de la ría de Aveiro, en su cabeza asomaba algo más que dotar a Portugal de una manufactura de porcelana a la altura de las europeas. Pinto Basto pertenecía a una rica familia de comerciantes de Oporto. De ideología liberal y casado con la hija de un cónsul inglés, conocía las ideas más avanzadas de la época, que pasaban por fomentar el progreso económico y humano con unidades industriales donde los obreros pudieran trabajar y vivir provistos de vivienda, educación o salud. Quiso llevar a cabo algo parecido en Portugal, y ese proyecto ha perdurado dos siglos. Vista Alegre tiene, todavía hoy, su grupo de teatro, orfeón, banda de música y cuerpo de bomberos. Hay incluso un equipo de fútbol, el Sporting Club Vista Alegre: la familia Pinto Basto fue una de las introductoras de este deporte en Portugal, allá por 1886.

Paseo bairro

En sus comienzos, Vista Alegre producía solo cerámica polvo de piedra, porque se desconocían las técnicas para fabricar porcelana. Todo cambió en la década de 1830, siendo ya Real Fábrica, cuando los herederos del fundador pudieron ir a aprender los procesos a fábricas de Francia y Alemania. El descubrimiento de unos yacimientos cercanos de caolín, el material básico de la porcelana, facilitó las cosas. Desde entonces no ha dejado de producir piezas de excelente calidad, convirtiéndose en toda una institución portuguesa que ha vivido en paralelo a los vaivenes del país, y que es desde hace décadas una referencia internacional. Hoy no hay acto diplomático en Portugal sin una pieza de Vista Alegre. Hasta el Papa se volvió con algunas tras su última visita. Nombres clave del diseño, como Marcel Wanders, Oscar de la Renta o Christian Lacroix, han concebido colecciones para la firma, con gran éxito.

Las reformas del último año han dejado un conjunto que luce más espectacular que nunca. El antiguo palacio de los administradores se ha ampliado hacia el río para construir un hotel de cinco estrellas. Al lado, la entrada principal de la fábrica da paso al museo, en cuyo hall se alza, imponente, uno de los antiguos hornos. Tras recorrer varias naves, pasillos y escaleras, llegamos a una estancia alta y silenciosa, con amplios ventanales que la llenan de luz. Es el departamento de pintura a mano, que se ocupa de la parte decorativa de las piezas más especiales. Son casi todas mujeres (mandan en el conjunto de la empresa: 400, frente a 200 hombres), y copian diferentes motivos sobre porcelana. Utilizan el pincel con increíble precisión, unas perfilando, otras llenando de color la superficie blanca.

Colección Oscar de la Renta

Rosa María, 36 años en la fábrica y 33 como pintora, se concentra en el Invierno y el Otoño, de Giuseppe Arcimboldo, en el que ya lleva tres días trabajando. Su padre también fue pintor de Vista Alegre durante 50 años. Su caso es muy común en la fábrica. “Con la edad ganas experiencia, concentración, calma… pero también pierdes vista”, bromea. Fernando Mouzinho, el responsable de manufactura, nos explica que cada pieza pintada viaja varias veces al horno. “Primero solo el dibujo. Después, en varios turnos, los colores. Las tintas se van fijando a diferentes temperaturas”. Una pieza compleja tarda una semana en estar lista.

De la tranquilidad se pasa al ruido de la zona de pulido a mano. Lo hacen los aspiradores que ayudan a retirar el polvo de porcelana después de pulir las piezas. Su tacto antes y después no tiene nada que ver: áspero al principio; luego suave y brillante, casi como si fuera cristal. Aquí la porcelana es todavía blanca. Igual que en la cercana sala de escultura a mano, donde Olaria saca de unos grandes barreños de madera, con una jarra, la pasta de porcelana, que después verterá en moldes. Está haciendo caballos: de un molde salen la cabeza y el tronco, patas y cola provienen de otros. Ella se ocupa de ensamblar las diferentes partes y depurar imperfecciones. Las piezas tienen todavía el color grisáceo de la pasta. Será el secado el que las convierta en blancas y reduzca su tamaño. El proceso es muy minucioso: en una figura de la virgen de Fátima se empeñan tres horas solo para montar el rosario, cuenta a cuenta.

Trabajo con calcos

La zona con mayor trasiego de la fábrica es el área de decoración de grandes series. Hay máquinas de transporte en continuo movimiento y un gigantesco almacén con tres millones de piezas blancas, fruto de un solo mes de producción. Aquí la decoración es más rápida y sencilla, porque solamente se hacen filetes a mano o se utilizan calcos. Francisco Ferreira pinta en oro el asa de una tacita, pero se ve negra. "Para que no moleste a la vista, la pintura es de ese color. Adquiere el tono dorado en el horno", nos cuenta. Manuela, a su lado, traza con un pincel, el plato apoyado sobre un torno que gira, un borde dorado (aún negro) perfecto. Los platos pertenecen a la colección de Christian Lacroix, y los deja caer con fuerza en una pila de varios. El ruido estremece. “Es el primer test de calidad”, bromea.

Los operarios pegan los calcos a toda velocidad, y después los repasan para eliminar burbujas de aire o agua. Vista Alegre es una de las pocas empresas del sector que hace sus propios calcos, en unas impresoras serigráficas gigantescas. Una vez en las piezas, los calcos tienen por debajo un color amarillo, el “transportador” de base de los colores, que desaparece con el calor. Los hornos están en la parte posterior de la nave. Son largos túneles (alguno de más de 20 metros) a diferentes temperaturas, dependiendo de su función. El oro, por ejemplo, se fija a 900 grados. Dentro, las piezas avanzan muy lentamente: algunas pasan hasta cinco horas. Uno de los hornos está reservado a Ria Stone, la marca fruto de un acuerdo con Ikea que fabrica solo para el gigante sueco.

Ya fuera de la fábrica, al otro lado de la plaza, se encuentra el ID Pool. Una preciosa construcción del siglo XIX encierra el corazón creativo de Vista Alegre, donde un pequeño equipo diseña la mayoría de las piezas. Alda Tomás es su coordinadora, y nos enseña orgullosa algunas de las creaciones recientes: desde el proyecto de mural Eden, del artista David Marques, hasta la colección Emerald, de estilo art déco y diseñada por Ana Araujo. También nos presenta a los diseñadores en prácticas, cuatro jóvenes de distintas nacionalidades (una, Ana, es española) que disfrutan aquí una beca y residen en el bairro. Si hay suerte, quizá vean cómo la firma produce alguna de sus creaciones.

Mural

Pinto Basto, la familia fundadora de Vista Alegre, estuvo en la propiedad de la empresa hasta 2009. Ya en 2001 la compañía se había fusionado con el grupo Atlantis, la empresa hermana que actualmente produce, en otra fábrica, el vidrio de la firma. Otra de sus marcas es Bordallo Piñeiro, también con fábrica propia pero que se vende, como Atlantis, en las tiendas del grupo: las de la propia fábrica (hay boutique y outlet) y las repartidas por el mundo. La de Madrid, con nueva sede en Claudio Coello, 53, y la que acaban de abrir en Barcelona (Rambla de Catalunya, 57-59) podrían ser casi embajadas de la vida y la historia de Portugal. El proyecto humanista y artístico de un visionario expande hoy en día su imperio, como hizo su país en tiempos pasados, más allá de fronteras y océanos.     

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