15 días sin tacones

Para nuestra protagonista, los tacones son un básico para su vida profesional y personal... tanto que se confiesa adicta a ellos. ¿Superará nuestro reto?

Aunque pueda parecer banal, en según qué entornos, ir a ras del suelo o diez centímetros por encima puede tener sus consecuencias. Es el caso de quien se tapa la cara con la almohada. Se trata de una ejecutiva con un alto cargo en una multinacional con sede en Madrid. Aceptó nuestra invitación con la condición de permanecer en el anonimato. Por eso nos referiremos a ella con el nombre ficticio de Ángela. Su entorno laboral no vería con buenos ojos que aceptara este reto por la parte de frivolidad que parece conllevar. Sus jefes y sus clientes podrían dejar de verla como la profesional seria y de confianza que ha sido siempre. Un amigo suyo, director de recursos humanos de una importante consultora, le dice: "¿No se te ocurrirá aceptar esa propuesta, verdad? Si se enteran en tu empresa, puedes tener un serio problema".

Finalmente solo sus hijos y su marido, a quien tampoco le hace mucha gracia que se baje de los zapatos de once centímetros, saben que ha accedido. Llegado el momento de la sesión de fotos, la máxima prioridad de Ángela es que no se la reconozca en las imágenes. Sin duda, este reto, que podría parecer el más llevadero de todos, pone de manifiesto las obsoletas y estrictas etiquetas que, aún hoy, encorsetan a la mujer. Parece que subversión rima con tacón.

Pisando fuerte

Ángela es una mujer con una importante carrera profesional, decidida y con una energía arrolladora. Por si fuera poco, sin tacones roza el 1,80 de altura. Es una mujer que pisa fuerte. Entonces, ¿por qué se inventa en el trabajo una excusa para bajarse de los tacones durante dos semans? La excusa perfecta: una lesión de rodilla haciendo deporte.

"Eso me permite ir plana sin dar muchas explicaciones. Pero lo peor es darme cuenta de que, salvo unas bailarinas, no tengo más zapato bajo. Y todo esto coincide con un importante viaje de trabajo a Latinoamérica, donde todas las mujeres llevan taconazos. Empiezan las complicaciones al hacer la maleta: faldas, vestidos e incluso algunos pantalones son desterrados porque sin tacón no estilizan. Voy a tener que ir casi de uniforme durante dos semanas. Tampoco tengo ropa de sport con la que salir sin algo de tacón y a mi marido le gusta verme con esos zapatos espectaculares que me regala. ¡Esto va a ser un calvario! No paro de darle vueltas en la cama. Con las cosas que pasan en el mundo, y ¡yo preocupada por esto! Me desvelo…", confiesa.

La primera semana

Durante su viaje, Ángela empieza a darse cuenta de que sin sus queridos tacones no se siente a gusto. No se encuentra cómoda porque el calzado bajo no la favorece y la obliga a ir menos arreglada de lo que suele ir.

Lo peor está por llegar: la vuelta a Madrid, donde siente la presión del entorno: "Mi primer día en la oficina tras el viaje es viernes y es algo más casual. Pero veo que la gente me mira con extrañeza. Yo me apresuro a comentar a casi todo el mundo que voy así porque me he lesionado. Hay quien llega a decirme: por fin te vemos a nuestra altura…".

Ángela reconoce haberse sentido de mal humor por no verse bien con nada, y añade: "Este reto me ha hecho darme cuenta de lo importante que es la imagen en mi mundo profesional y, también, en el personal. Uno de los días acabé por tomarme varias chocolatinas para calmar la ansiedad que sentía. Incluso me encontré anulando algún plan o posponiendo alguna reunión no urgente hasta que pasaran estos días a ras del suelo".

 

Las cosas se complican

Otro viaje, esta vez a Londres, hace que Ángela se enfrente a una situación laboral complicada. La City es un lugar muy exigente donde hay que pisar con seguridad. "No quería volver a saltarme el reto, pero acabé metiendo unos zapatos altos en el bolso. ¡En el taxi de camino a la oficina me puse y me quité los zapatos tres veces! Opté finalmente por dejarme los bajos, pero tuve claro que si al final me sentía incómoda, me pondría los otros. Era una reunión muy importante y no quería sentirme insegura".

Sorprendentemente, una mujer de éxito, una profesional valorada y respetada acaba poniéndose más nerviosa por el calzado que lleva que por la reunión. "Supongo que, como otros complementos, reflejan parte de nuestra personalidad. Y mientras te sientes tú misma, elegante y femenina, te aportan seguridad. A los hombres también se les exige ir impecables, corbata, gemelos…", responde. Pero, ¿acaso un hombre en su misma situación tendría que esconder su identidad por haber aceptado el reto de estar 15 días sin corbata?

Por Germán Jiménez/ Fotos: Gema López/ Estilismo: Berta Fdez-Abascal.

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