El zapato María Antonieta

La última reina de Francia, con perdón de Josefina (que de hecho fue emperatriz), sigue inspirando tendencias.

d
Modelo de Roger Vivier.

La pasión reciente de diseñadores y fashionistas por los años ochenta hacen revivir también los volúmenes prerevolucionarios impuestos por la corte del Petit Trianón. Curiosamente el siglo XVIII francés y los ochentas están relacionados. Este fenómeno es una buena excusa para volcar aquí un pequeño perfil sobre la controvertida María Antonieta.

La madre de María Antonieta de Austria, María Teresa (archiduquesa de Austria, además de Hungría, Bohemia y Croacia, duquesa de Mantua, Milán, Galitzia y Lodomeria, Parma y los Países Bajos Austríacos, que por su matrimonio con Francisco I, el padre de la niña, fue también emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, duquesa de Lorena y gran duquesa de Toscana), que era de aúpa, decidió que su hija, que entonces tenía doce años, se casara con el delfín de Francia.

Delfín le llaman los franceses lo que aquí Príncipe de Asturias, o sea el heredero. La cosa tenía miga porque Francia y el imperio Austrohúngaro, ese que luego heredarían Sissí y Francisco José, habían estado a la greña durante siglos. 

La tremenda María Teresa  creía que así se calmarían los ánimos entre austríacos y franceses y que con esta fuerte alianza se reduciría la amenaza guerrera de los prusianos, que es como en el siglo XVIII se llamaban a lo que hoy conocemos como alemanes. Se amainaría la influencia de Gran Bretaña así como la de Rusia. Y a los hechos me remito (Revolución Francesa y Primera Guerra Mundial) para constatar que la archiduquesa tenía menos dotes de vidente que Raphel.

Una cosa te digo también, la tal María Teresa, la madre de María Antonieta, da nombre a un tipo de amarillo que tiende al crema que las pijas siempre utilizan en decoración, ¿sabes cuál te digo? Ese amarillo avainillado…

Para que una princesa austríaca se casara con un príncipe francés, como es el caso, había que poner en marcha la maquinaria diplomática de ambos países. Los embajadores iban y venían con contratos y propuestas, que si la dote, que si las garantías, que si esto y que si lo otro. Igual que Podemos con Izquiera Unida. Las tácticas de los embajadores eran similares a las del márketing más agresivo de los teleoperadores. La presión máxima.

Mientras duró la negociación (durante dos años) a la niña le enseñaron francés, dicción, baile y a tocar el clave (nada más y nada menos que con Gluck). Vaya, lo típico para poder ser reina en Francia algún día. Equitación no hizo falta que le enseñaran porque en aquella época si nacías archiduquesa en Austria a los dos días te ponían un pony entre las piernas. A mi me hubiera encantado nacer archiduquesa, para que les voy a engañar.

La niña María Antonieta era muy mona y muy pizpireta, pero todas las crónicas aseguran que no prestaba demasiada atención. Era, por mucho que su madre fuera muy estricta en cuanto a la educación (consistente en higiene severa, régimens estrictos y fortalecimiento del cuerpo), una niña pija y consentida que hacía moínes para ganarse al personal. 

Finalmente los embajadores y emisarios (antes había emisarios, ¿qué habrá sido de esa profesión?) se pusieron de acuerdo y el 1770 se celebró la boda entre esa niña de catorce años y el delfín de Francia, futuro Luis XVI.

El día de la boda en París, 132 personas murieron accidentadas a causa de los fuegos artificiales que se lanzaron en honor a la pareja real. Un mal augurio que confirmó todos los presagios. La pareja se va a vivir a Versalles: un auténtico nido de vívoras, lleno de nobles, arribistas, protocolos insoportables y cambiantes, modas absurdas, religiosidad combinada con libidinosidad, rezos y naipes…

En 1774 son coronados reyes de Francia.

El matrimonio se consuma en 1977. Siempre se ha dicho que el rey era un poco parado y que le costaba arrancar. Pero hay que recordar que él tenía 16 años y la niña 14 y que en aquellos tiempos los reyes lo hacían todo con público, vamos que lo de los paparazzi al lado de eso era pecata minuta

Luis XVI tiene fama, insisto, de parado, de tímido, de retraído, pero fue un rey ilustrado, cultísimo y modesto. Mucho antes de la Revolución Francesa intentó en balde hacer unas reformas (de las que hoy llamaríamos estructurales) como por ejemplo imponer impuestos a las grandes rentas que fueron rechazados, precisamente y como siempre, por las grandes rentas. En fin, que lo digo porque en esto de la historia, como todo en general, simplificar los juicios nunca es bueno.

María Antonieta se adaptó mal a la corte aunque lo intentó por todos los medios. Pero no se lo pusieron fácil y hay que decir que ella provenía de una de las cortes más duras de la Europa del Antiguo Régimen, la de los Habsburgo (cuyo protocolo, por cierto, era el de la corte española). La llamaban despectivamente la austríaca o incluso esa perra austríaca y posiblemente a causa de ello, del desprecio que sentía a su alrededor, empezó una huída hacia adelante para abstraerse de la hostilidad. De algún modo se encerró en su mundo, lleno de vestidos, juegos eróticos y diversiones, mascaradas y dicen que algún que otro amante. Su marido le regaló el Petit Trianón, un pequeño Versalles, en el que la reina instaló una corte paralela.

Allí montó también lo que se conoce como La aldea de la reina, una casita como de pueblo bretón, en la que montó un huerto urbano y puso gallinas ecológicas y corderitos blancos… Vamos, como hacen todas las pijas hoy en día, que, de repente les da por ser sanas. 

Mientras tanto su marido, el rey, deprimido por la imposibilidad de gobernar realmente, se encierra también en su propio mundo: caza y estudio ilustrado.

A lo lejos, ninguno de los dos fue capaz de oir la desesperanza de un pueblo hambriento, arruinado y herido por las guerras y las malas cosechas y cada vez menos servil. El mundo feudal, el antiguo régimen, estaba a punto de caer

Nace la prensa tal y como hoy la conocemos, en sus dos vertientes, la seria y la amarillista y, como hoy, los reyes fueron víctimas, en parte a causa de su poca empatía y falta de agudeza política, del descrédito. Se utilizó su persona para ejemplificar, exagerándolos la mayoría de las veces, los abusos de las clases altas con las bajas. 

Los reyes simbolizan prosperidad cuando la hay, pero también, si no juegan bien sus cartas, pueden llegar a ser el símbolo del abuso de los fuertes y poderosos contra los débiles. No contaron, además, con la creciente influencia de la burguesía, cada vez más culta y enriquecida, ávida de su propio espacio de poder. 

Y olvidó María Antonieta que la mujer del César, amén de serlo, debe parecer decente; básicamente porque el pueblo llano ni tiene sentido del humor, ni entiende de ironías. 

Los pecados (básicamente despilfarro, incultura y desdén) de María Antonieta se exageraron hasta el punto de ser acusada en el jucio exprés al que fue sometida por la Revolución, una vez encarcelada, de abusar de su propio hijo. Una farsa inmoral, que sólo  tenía que servir para enrabiar todavía más los ánimos del pueblo, siempre manipulable y no sobrado de espíritu crítico.

La reina fue condenada a la guillotina.

Cuando llegó a la tarima donde se encontraba el artefacto tropezó y pisó al verdugo: “disculpe”, dijo, “no fue a propósito”.

Continúa leyendo...

COMENTARIOS