¿Eres una ‘pievieja’?

Sí, el término nos lo hemos inventado en la redacción. Pero puede que, una vez descubras de qué estamos hablando, te sientas identificada.

¿Eres una ‘pievieja’? (I)

El término apareció un día en la redacción mientras hablábamos tranquilamente de nuestro amor por los zapatos y recordábamos a la vez el infierno que resulta en ocasiones pasar del cerrado a las sandalias, el dolor que nos producen los tacones –sean de la altura que sean-, y nuestra adicción reconocida a las tiritas y demás apósitos para cicatrizar heridas y curar ampollas. ¿El diagnóstico que obtuvimos? Que somos unas pieviejas.

Por pieviejas entendemos que nuestros sufridos pies no representan nuestra edad real y se encuentran más cerca de las necesidades de los de nuestras abuelas –con todo el cariño hacia ellas-, que de los de alguien con nuestros mismos años. Si ves cómo tus amigas lucen sin problema sandalias hechas con plástico, pero a ti te cuesta en ocasiones dar hasta un paso con zapatos de piel -de plástico ni hablamos-, es tu caso: bienvenida al mundo de las pieviejas.

Aunque cuidado, el problema puede no terminar con dejarse el sueldo en un par de zapatos de lujo fabricados con materiales de primera calidad. Hasta el mejor zapato puede tener una pequeña costura -esos hilos mortales...-, reborde o tira incómoda que hará aparecer una ampolla, herida o rozadura en tu pie en menos de un minuto. En resumen, acabarás caminando como un pato, sufriendo a cada paso, y con bastante menos dinero en el banco.

Y es que para una pievieja las heridas, marcas y ampollas son nuestras compañeras diarias; por no hablar de callos, juanetes y demás que, por desgracia genética o por haber maltratado durante mucho tiempo tus pies, hacen su aparición estrella en la temporada estival, cuando el pie más se luce y tú más acomplejada te sientes. ¡Horror!

¿Eres una ‘pievieja’? (II)

¿La solución para no ser una pievieja que sufre? Saber qué tipo de calzado es el que mejor se adapta a ti y a tus pies, así que ponte a buscar como loca y no te rindas al primer día. Al final, después de varios días de búsqueda infructuosa, puede que des con el modelo adecuado de zapato que te hace sentirte en las nubes; o incluso que encuentres una marca que se convierta en tu proveedor de cabecera, que además aúne diseño y calidad.

Eso sí, como consejos básicos, recuerda apostar por tacón bajo o medio para evitar problemas, y pruébatelos durante un rato en la tienda para asegurarte de que no resultan incómodos (adiós, compras online a ciegas). ¿Un truco? Aprovechar las épocas de rebajas o acudir a outlets para ello, pues encontrarás buenos zapatos con grandes descuentos y conseguirás no arruinarte.

Aparte, mima tus pies al máximo a diario, usando con cremas específicas y tratamientos para mantenerlos hidratados y sanos; también te recomendamos aplicar sticks protectores antes de ponerte unos zapatos nuevos como medida de precaución, y no está de más hacerlo durante un tiempo hasta que se adapte a tu pie.

En el bolso no olvides llevar siempre un kit de emergencia con apósito adhesivos para ampollas y heridas, además de tiritas y algún spray desinfectante y cicatrizante para loa casos más extremos. Unas bailarinas plegadas que ocupen poco espacio también serán una buena opción.

Y lo más importante de todo, tengas los años que tengas, ¡acepta la edad de tus pies! Ellos te lo agradecerán (y tú también).

Etiquetas: sandalias, zapatos

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