Adiós a Edmonde Charles-Roux

La periodista y escritora francesa que luchó incesantemente contra los nazis, presidió el jurado del premio Goncourt hasta 2014 e inventó la fórmula de la prensa femenina contemporánea de la que hoy todos somos deudores, ha muerto a los 95 años de edad.

Chanel
El siglo de Chanel de Edmonde Charles-Roux

Para recordarla nada mejor que transcribir, a modo de homenaje, unas líenas de la introducción de su famosos libro El siglo Chanel, editado por Herce Editores en 2007, y traducido magníficamente por Laura Freixas. El libro, profusamente ilustrado, constituye una de las mejores lecturas para acercarse al personaje mítico de Gabrielle-Coco Chanel.

«Chanel nació  en el siglo XIX. Esta mujer que siempre nos ha parecido tan de nuestro tiempo vino al mundo en 1883 (…) El padre era un vendedor ambulante oriundo de la región de Cevenas, la madre una joven campesina rural de Auvernia (…) ¿Por qué será que esa mujer, que no cayó nunca en los ridículos esnobismos del mundo de la moda, se empeñó toda su vida, en disimular sus orígenes? Pintaba a su padre como un hombre misterioso, que gastaba más de lo que ganaba, engendraba más hijos de los que podía alimentar y luego se esfumaba. ¿Pero de qué vivía? A esa pregunta, Gabrielle no contestaba. Nunca averiguaremos el motivo de su reticencia cuando se hablaba de su familia, de sus muchos hermanos, de su madre, cuya muerte prematura la convirtió en una niñita dejada de la mano de Dios, sin otro hogar que un orfanato de provincias (…).

Christian Dior, en su apogeo, era el blanco perfecto para sus dardos. Ella se propuso una misión: aniquilarlo. No lo consiguió del todo, pero al menos logró inquietar a semejante rival. El éxito de Chanel fue inmenso. A sus setenta y un años, esa mujer irreductible redescubriría la pasión por su oficio. Trabajó encarnizada, ferozmente, con una indiferencia absoluta hacia las víctima de sus exigencias y sus ataques de ira. En esas ocasiones, la vida de un edificio de varios pisos y varios cientos de empleados quedaba en suspenso, pendiente de sus dedos, de su voz. Eso sólo lo sabe quien vivió junto a ella los días y las noches anteriores a la presentación de sus colecciones. Había que verla: agotada, no habiendo bebido más que un vaso de agua en toda el día, pero en la brecha, porque nunca estaba satisfecha (…).»

 

 

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