Boris Izaguirre entrevista a Carolina Herrera

Una conversación de lo más divertida.

carolina herreraMi cita en la sede de Carolina Herrera New York es a la 13.00 p.m. El fotógrafo y su asistente están esperando, vestidos con ese relax típico del asfixiante calor. Lo que nos rodea es impecable, un inmenso pasillo forrado con tela de barras color crema y chocolate, característica de la firma. Por una puerta surgen modelos vestidas y accesorizadas con detalles de irresistible ligereza, en colores que van del amarillo tigre al rojo, gris, blanco y negro. Alcanzamos a ver doce, catorce de esos trajes para la noche, para un día superglamuroso o para una tarde distinta, y una exquisita joven nos informa de que podemos pasar al despacho de la señora Herrera. Un espacio amplio, compuesto por dos habitaciones suavizadas por el tono vainilla de las paredes; con grandes ventanales que dominan la Séptima Avenida; con el histórico Warhol que retrata a la diseñadora y los no menos históricos Mapplethorpe, que también la inmortalizan, y fotografías de su familia y amigos distribuidas en varias mesas alrededor de los sofás y las butacas.

En una están Reinaldo Herrera, su marido, Steve Rubell, quien fuera el creador del mítico Studio 54, y ella, abrazados como si fueran una familia artística. Y entra ella, un paso menudo pero rápido, el pelo perfectamente colocado, la voz suave pero directa, ofreciendo primero la mano y luego la mejilla para que el beso no resulte baboso, sino más bien un ligero y cordial roce. Siempre he estado fascinado por esta mujer, por cómo ha construido su vida, por cómo ha contribuido a que nos sintamos orgullosos venezolanos y latinoamericanos, y cómo ha sabido ser esta magnífica presencia y a la vez una madre, amiga y creadora. «Mira esta foto de cuando era niña. Es de mi primera comunión. Y, sí, me lo diseñé yo misma.» Luego me señala un retrato en la parte creativa de su despacho, donde se prueban telas y colores y se generan hasta 200 piezas para una colección. En él, Herrera luce una especie de bata de pintor con unas mangas exageradas, casi iguales a las que le otorgaron fama internacional en 1981 con su primera colección en Nueva York. Se ríe, siempre esta riéndose o generando un comentario que dispare la risa. «En realidad, de esa foto me encantan los ojos; estoy seria, pero al mismo tiempo mirándolo todo con curiosidad y un poquito de no te metas conmigo.» Carolina decide hacer un tour impromptu por su taller. «Aquí está la contabilidad, muy importante. Allí tenemos una cocina, hacemos unos de los mejores sándwiches de la Séptima Avenida. Aquí más contabilidad. Es enorme, el pasillo de la recepción tuvimos que recortarlo porque parecía el más allá. Aquí todo lo de las novias, ya sabes que Carolina Herrera incluye Carolina Herrera Nueva York, que es mi colección, todo lo de las novias, y CH, que es importantísimo en España, claro, donde se ha desarrollado.»

 

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